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Los ríos que se borraron por la expansión urbana de Bogotá

El centro histórico de Bogotá es hoy uno de los mayores atractivos turísticos para locales y extranjeros. Su arquitectura colonial y republicana hace de este lugar un espacio apto para recorrer y aprender buena parte de la historia del país, gracias a sus museos y sus sectores emblemáticos.

Pero antes de llegar a su estado actual, esta zona representativa, que cuenta con el Eje Ambiental constituido por el espejo de agua del río San Francisco, ha pasado por múltiples transformaciones desde mediados del siglo XIX, época en la que se consolidó el centro tradicional a partir de las cuencas hídricas que lo configuraron.

Según el profesor Henry Valdemar Talavera, de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia (UN), en ese proceso de cambio, el centro tradicional le ha abierto espacios al agua, como la recuperación del río Fucha o de la Calle 7ª que, según el docente, “es una intervención que considero como pañitos de agua tibia, ya que no sirven para absolutamente nada porque le estamos cortando la lógica territorial al sistema hídrico”.

Por eso propone revalorar el tejido hídrico para revitalizar las áreas centrales en deterioro y recuperar el trazado de escala territorial que le dio origen. Por eso destaca casos como el del río Fucha, recurso importante de la huella hídrica de la ciudad, que fue clave en el proceso de urbanización del centro de Bogotá, pero que en los últimos años se vio afectado por la adición de vertimientos domésticos, industriales y de otras fuentes relacionadas con la alta densidad de ocupación y producción urbana.

En su trabajo “La huella hídrica en la estructura urbana. El centro tradicional de Bogotá”, el profesor Tavera explica que la huella hídrica es un indicador que define el volumen total de agua dulce (ríos, lagos y embalses) que se usa para generar los bienes y servicios producidos o consumidos por un individuo o una comunidad. Este indicador mide el volumen de agua consumida, evaporada o contaminada a lo largo de la cadena de suministro, ya sea por unidad de tiempo para individuos y comunidades, o por unidad producida para una empresa.

“La cuenca del río Fucha es la clave topográfica e hidrográfica alrededor de la cual se ha dado el desarrollo de Bogotá hacia el occidente, desde el cerro de Guacamayas hasta la quebrada de San Diego, que desemboca en los humedales de la UN, en el ahora canal del río Arzobispo y en el humedal de Capellanía”, dice el docente.

Indica además que antes del siglo XIX el pueblo de Santa Fe ya mostraba que sus sistemas de relieve, quebradas, ríos y humedales determinaba los caminos de acceso rural y de área urbana, y los trazados que dieron el orden espacial de la ciudad.

Frente a un mapa del centro histórico de la capital que data de 1791, el profesor señala el primer trazo que está definido a partir de la cruz que va por el eje del río Fucha con destino a la iglesia de Egipto, al oriente de Bogotá, y continúa a lo largo de las calles 10ª y 11, siguiendo la dirección oriente-occidente, transversal al eje de la capilla de San Diego, frente al Hotel Tequendama.

De tejidos hídricos a tejidos urbanos

Los trazados o la gran cruz que forman los ríos Fucha, Albina y Seco, que descienden de los cerros Orientales y atraviesan la Avenida Jiménez, dan cuenta de la estructura urbana relacionada con la orientación de solsticios y equinoccios utilizados por los pueblos indígenas hasta finales del XIX. De esta manera se puede verse que la construcción de la ciudad empezó mucho antes de la implementación de sistemas de alcantarillado en el siglo XX, aclara el profesor.

Agrega que “En el siglo XIX, la ciudad tuvo un cambio radical de sociedad republicana a moderna. No obstante, esta transformación no implicó cambios en el tejido social, que siguió siendo rural, aunque hubo un incremento poblacional por cuenta del desplazamiento de familias campesinas a la ciudad”.

Los ríos y las quebradas de finales del siglo XIX determinaron el tejido urbano, pero al consolidarse el urbanismo se produjo la progresiva desaparición del cauce de algunos ríos, que se transformaron en sistemas de acueducto para dar paso a la incipiente construcción de calles, vías y barrios periféricos. El encuentro de estos cauces hídricos dio lugar a espacios de convergencias como plazas, iglesias o colegios.

“Las calles y carreras importantes, al igual que los lugares significativos como iglesias o plazas siguieron la pista del tejido hídrico; sin embargo en los últimos años los proyectos de urbanización han conducido a la canalización de los ríos como una forma de rectificación de la huella hídrica de la ciudad”, señala el profesor Talavera.

Recuerda que a principios del siglo XX se inició la “disolución” del río Fucha. Luego, en la segunda mitad del siglo, pasó lo mismo con el río Salitre y actualmente se está evidenciando algo similar con el río Tunjuelo. En ese sentido, advierte que “si se sigue esta tendencia, a mediados del siglo XXI no habrá tejido hídrico en Bogotá e incluso esta práctica nefasta puede extenderse por el occidente de la Sabana donde se inserta la capital de la República”.

Para el docente es claro que cuanto más se desarrollen proyectos de urbanización cerca de la Sabana más se generará que las aguas de los ríos se estanquen, produciendo así pantanos y riesgos de inundaciones en las épocas de lluvia. “Todo ese sector en el fondo es un terreno más o menos plano que hace que las aguas comiencen a bambolearse. Eso explica por qué en verano el Zipa tenía su cercado en Funza y en invierno se iba al cerro para evitar las inundaciones”.

Explica que la construcción de jarillones o la canalización con el uso de concreto son las peores formas para contener las aguas. Al separar el agua de la tierra se evita que se filtre, por lo tanto irá con mayor velocidad y al encontrar una falla se saldrá de control y causará inundaciones. Por eso existen los humedales, que actúan como esponjas de agua. “Aunque sabemos eso lo que hacemos es arrinconar el líquido para que la urbanización crezca; nos estamos olvidando de que al buscar su nivel esas aguas pueden hasta buscar su salida por las tuberías de las viviendas”.

Recuperar la huella para un futuro sostenible

En su investigación el profesor Talavera apunta que es posible recuperar esa huella hídrica en las estructuras colectivas. Incluso una adecuada reconstrucción de algunas calles originaría nuevas formas en las que se consideren alamedas exclusivamente peatonales, provistas de mobiliario urbano y dotado con ejes paralelos de arborización.

Es fundamental pensar que el tejido hídrico sea la base de un nuevo espacio de interacción social y de mejoramiento de las condiciones ambientales del centro de Bogotá.

Desde la calle 6ª hacia el norte y desde la avenida Caracas al oriente está más o menos diseñado el sector turístico. Sin embargo si nos dirigimos a la calle 6ª hacia los barrios Las Cruces y Belén es un caos total y eso también forma parte del centro histórico, al igual que la localidad de Santa Fe, donde deberían aprovecharse esos espacios para crear alamedas que les dieran de nuevo un espacio para los ríos que cruzan por allí.

En ese sentido y entendiendo que la ciudad continuará desarrollando sus procesos de urbanización, así no haya dónde expandirse, la gran crítica que surge a partir de esta investigación es que “si seguimos entubando, rectificando, alejando el sistema hídrico de nuestra vida cotidiana, lo más seguro es que la transformación ambiental de la Sabana va a ser radical”.

Entre los cambios que se podrían presentar está la variación climática y la consiguiente transformación de la riqueza productiva. Sin embargo, en cuanto a la desecación de los ríos, es posible que Bogotá replique el modelo de abastecimiento de agua de Ciudad de México.

“México era una laguna, pero hoy es una costra de concreto sobre ella. Allí toman el agua por extracción o de regiones más alejadas para abastecer a todos los habitantes. Eso es precisamente lo que nos puede ocurrir porque los urbanizadores, los alcaldes, la sociedad en general no saben cómo vivir con el agua”, señala el profesor Tavera.

El profesor Jhon Charles Donato, del Departamento de Biología de la U.N., explica que la huella hídrica se puede calcular para el resto del país, y para todos los procesos que requieran consumo de agua dulce. No obstante en Colombia son muy escasos los esfuerzos en tal sentido, como se ha visto en el caso de la Sabana de Bogotá.

Por eso advierte que “no tenemos metodología, ni huella, ni testigos, ni datos de la utilización del consumo de agua en el país, particularmente en la producción de bienes y servicios y mucho menos en las actividades agroindustriales, industriales y urbanas”.

“Colombia ha sido conocida como un ‘país del agua’, sus recursos hídricos son de enorme importancia y ocupan volúmenes importantes en su territorio; no obstante ese imaginario se confunde con el derroche, la sobreexplotación, la contaminación y el abuso del recurso”, señala el profesor.

Llama la atención sobre la trascendencia de los ríos y quebradas de la región Andina, importantes en la cosmogonía de los pueblos indígenas: “eran parte substancial de su territorio, su pensamiento, su sostenibilidad, e incluso eran sitios de la lúdica, del disfrute y generaban espacios de colectividad. Sin embargo esa concepción se diluyó con los procesos históricos y más con el crecimiento y la urbanización desordenada”.

Finalmente, los profesores Donato y Tavera comparten la visión de que los ríos y quebradas se han visto como un medio para desembarazarse de los desechos urbanos, industriales y de actividades propias de la ciudad, perdiendo así la noción de los ecosistemas fluviales como tejido urbano sostenible.

En suma, acabar la huella hídrica, que ha borrado los ríos, es de alguna manera ir borrando nuestro futuro.

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