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Los pobres que no entran en las mediciones del Gobierno

En los últimos años se han venido anunciado –con emotividad– las cifras oficiales sobre la disminución de la pobreza en Colombia. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane), esta pasó de 28 % en 2016 a 26,9 % en 2017.  Se trata de información que los gobernantes divulgan como un éxito de sus administraciones. Sin embargo, dichos anuncios dejan el sinsabor de una aparente reducción de la pobreza, cuando la impresión general de la sociedad es muy diferente.

Desde 2011 en Colombia se modificó la metodología para medir la pobreza económica. Ese año, la Misión de Expertos para el Empalme de las Series de Empleo y Pobreza (mesep) publicó las cifras desde dos perspectivas: monetaria y multidimensional. No obstante, la divulgación de los resultados provocó un debate entre académicos y políticos, a raíz del uso del coeficiente de Orshansky promedio de los países de América Latina (2,4), en vez del colombiano (2,87), que haría que la línea de pobreza (lp) hubiera pasado de 187.200 pesos a 226.200 pesos, y en consecuencia se habría desconocido a alrededor de tres millones de pobres. Dicho coeficiente se basa en una encuesta en la que se establece la proporción del ingreso familiar que se destina al consumo de alimentos.

La situación motivó la aplicación de una propuesta alternativa para las líneas de indigencia y de pobreza existentes en Colombia –como elemento clarificador del debate académico y social generado en el país–, cuyos aportes principales se presentan en este texto. Ello implicó comprender qué entiende el Gobierno por “pobreza” y cómo la mide, puesto que al responder a estos interrogantes se entenderán mejor los anuncios en torno a esta.

En teoría la pobreza se define como la carencia o insuficiencia de un atributo (monetario o no monetario) en relación con un umbral establecido. Así, si el atributo elegido es el ingreso y el umbral es por ejemplo los 187.200 pesos, si el ingreso mensual de un colombiano es inferior a esa cifra, se considerará pobre.

En cuanto a la medición, en el país se ha hecho a través de dos métodos: la lp monetaria y el índice de necesidades básicas insatisfechas (nbi), aunque recientemente también se ha utilizado el índice de pobreza multidimensional (ipm). Sin embargo, a efectos de comprender mejor los principales elementos de análisis con respecto a la propuesta, acá solo se explican los aspectos metodológicos del primer método y la importancia de contar con una medición adecuada de la pobreza.

Metodología no idónea

En los países de América Latina la adopción de la estimación de la lp monetaria se dio por influencia de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). El método calcula los recursos que requiere un hogar o individuo, con el fin de compararlo frente a un umbral y establecer si tiene o no la posibilidad de satisfacer sus necesidades básicas. Este tiene en cuenta tres aproximaciones: subjetiva, relativa y absoluta o monetaria. La última es la más utilizada en los países en vías de desarrollo.

El método define dos líneas: la lp alimentaria y la lp no alimentaria. La primera, más conocida como línea de indigencia, incluye una de las necesidades humanas más básicas: la nutrición, la cual debe ser saludable y ajustada a ciertas pautas nutricionales para conformar una canasta básica de alimentos que respete los hábitos observados del consumidor.

La línea de indigencia se construye a raíz de tres pasos: (1) se determina el requisito calórico mínimo necesario para mantener viva a una persona en reposo durante un día; (2) se elige un grupo poblacional de referencia de la sociedad cuyos hábitos de consumo no resulten en un marco de extrema escasez ni de gran abundancia, con el fin de determinar el cociente entre los gastos totales y los gastos de alimentación (este es el coeficiente de Orshansky) y (3) se especifica el contenido y costo de la canasta de alimentos.

La construcción de la segunda línea, la lp no alimentaria, sale de multiplicar el costo de la línea de indigencia por el coeficiente de Orshansky. Vale la pena indicar que la lp pretende incluir otras necesidades como vivienda, transporte y vestuario.

Pobreza subestimada

Al revisar los aspectos metodológicos en los que se basó la mesep, se determinó que había dos aspectos susceptibles de mejora. Por un lado, usar un Orshansky (2,4) que proviene de distintas realidades situacionales es desconocer la realidad misma de los colombianos, lo cual se ha traducido en una subestimación de la magnitud de la pobreza y la indigencia. De modo que, al trabajar con este indicador de los hogares colombianos (2,87), se encontró que para 2015 las cifras oficiales desconocieron a cerca de siete millones de pobres, solo porque su manipulación subestimó las cifras de pobreza.

Por el otro está la construcción de las canastas de alimentos que tuvo en cuenta los hábitos de consumo de los colombianos, lo que las hizo más completas sin necesidad de complicar la selección de los alimentos, que iría en contra de “la transparencia” que tanto le preocupó a la mesep. Además se incluyeron los demás alimentos de cada grupo, como lo hace la metodología de la Cepal, generando unas canastas más diversificadas y ajustadas a la norma calórica.

Estos dos puntos se tuvieron en cuenta con el fin de hacer una propuesta más incluyente en términos de las posibilidades y elecciones que podrían hacer los colombianos. En definitiva, la iniciativa permite tener mejores mediciones de la magnitud de la pobreza y la indigencia en Colombia, lo cual es importante porque el principal propósito que se persigue con la medición de la pobreza es la de contar con una base para identificar el número de personas que requieren asistencia y seguridad social subsidiada a través políticas públicas.

Teniendo en cuenta lo anterior, aunque el dane señaló recientemente que la pobreza monetaria pasó de 28 % en 2016 a 26,9 % en 2017, en términos de los hallazgos de la propuesta estas cifras estarían subestimando alrededor del 12,58 %, lo que significaría que la pobreza verdadera del país estaría alrededor de 40,6 % para 2016 y 39,5 % para 2017.

En ese sentido, es indispensable revisar al menos el uso del coeficiente de Orshansky con el fin de acercarse a una medición que se aproxime más a la realidad de los pobres en Colombia.

Las personas en condición de pobreza siguen esperando, en medio de la incertidumbre, que el país las reconozca, no solo en los libros oficiales, sino a través de la generación de oportunidades auténticas que hagan posible la transformación de sus vidas, no solo por medio del asistencialismo, sino a través de la inclusión en espacios vitales como la educación, el empleo y la vida misma.

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