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Los partidos políticos, de la historia a la crisis

Esta dinámica de poder comenzó a romperse en Inglaterra con la Carta Magna de 1215, la primera Constitución para muchos, pero sobre todo en la misma nación en 1649, cuando decapitaron al rey Carlos I. Más de un siglo después, en 1776, los estadounidenses desconocieron a otro rey de ese país europeo como líder en su territorio, y justo cuando estaban escribiendo una Constitución en la que decían “nosotros el pueblo”, en 1789, los franceses estaban derrocando a su propio rey, al que luego también decapitaron.


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Este modelo se difundió con mucha lentitud por el mundo, hasta que finalmente se afincó con fuerza en gran parte de Europa a partir de 1945 (Italia y Alemania incluidas, antes fascistas), en Europa del Sur en la década de los setenta (España, Grecia y Portugal, antes dictaduras de derecha), en Latinoamérica a partir de los años ochenta (Cono Sur, Países Andinos y Centroamérica, antes dictaduras de derecha), en Europa del Este en los noventa (la mayoría de las antes dictaduras comunistas), y hasta en países asiáticos y africanos con culturas de súbdito muy arraigadas (India y Suráfrica, pero no solo ellos).

 

Desde que se comenzó a decapitar o desconocer a los reyes, los súbditos fueron reemplazados por un nuevo actor colectivo al que se le denomina Sociedad Civil, constituida por ciudadanos, y el papel de los reyes lo asumió un ente artificial despersonalizado al que llamamos Estado. La fórmula que se inventó para que se relacionaran estos dos nuevos actores colectivos fueron las elecciones, y poco a poco los partidos políticos se convirtieron en los intermediarios autoproclamados entre gobernantes y gobernados, como en su momento lo fueron la nobleza y los grupos religiosos.

 

Pero esos partidos políticos a comienzos del siglo XX eran todavía vistos como unas mafias (Ostrogorsky y Michels), y no pudieron evitar ni las guerras mundiales ni las dictaduras que proliferaron, y tampoco solucionaron los problemas sociales. Siguieron en general teniendo mala fama la primera mitad de la centuria pasada.

Sin embargo, los partidos tuvieron su “cuarto de hora” entre 1945 y 1973, cuando hicieron posible el Estado del Bienestar en varias naciones importantes del mundo, cuya historia hasta entonces era de hambre, guerra e injusticias.

 

Nuevamente cayeron en el desprestigio a partir de la crisis del petróleo de los setenta, porque no pudieron encontrar la clave para mantener las exitosas fórmulas de justicia social en crecimiento permanente con las crisis fiscales que cada cierto tiempo se dan en la economía mundial por esos y otros motivos. Y ya avanzado el siglo XXI, los inventores de esas democracias de partidos empezaron a darse cuenta de que estas organizaciones no les estaban sirviendo más para llegar a consensos sobre temas claves, como el Brexit en Gran Bretaña, o los alcances del Estado Social de Derecho en Francia, ni los límites del liderazgo presidencial en Estados Unidos.

 

Además: “En Colombia no hay control sobre la financiación de las campañas electorales”.

 

Así se hizo evidente en el mundo entero lo que ya todos sabían pero nadie se atrevía a decir con fuerza, que el emperador estaba desnudo, es decir, que no sabemos qué hacer con estas democracias que conseguimos con tanta dificultad, porque la gente parece estar tan disgustada con ellas como en su momento lo estuvieron con Carlos I, Jorge V y Luis XVI, y sobre todo con los partidos que siguen diciendo querer ser intermediarios cuando ya casi nadie cree en ellos.

 

Los partidos políticos en Colombia

 

Colombia creó los partidos políticos Liberal y Conservador alrededor del mismo año en el que Duverger dice que estos comenzaron a existir estrictamente como tales (1850), y se dejó mal que bien representar por ellos durante 150 años, aunque sus triunfos hasta 1976 fueron más bélicos que electorales. Muy poca democracia hubo realmente entonces entre grandes periodos de hegemonías en nuestro país desde la Independencia hasta entonces.

 

Como la izquierda democrática, por diferentes razones, no pudo forzar la justicia social que sí logró en otros países, le correspondió promoverla ocasionalmente en el nuestro al Partido Liberal Colombiano. Pero su éxito no tuvo continuidad por sus divisiones internas, los magnicidios de los que fue víctima, los terribles problemas políticos del país (conflicto armado, narcotráfico y desigualdad estructural), y la crisis mundial de los partidos que la alcanzó en el momento en que ya comenzaba a perfilarse como la opción socialdemócrata que se necesitaba.

Y justo en 1990, el año en el que ya se estaba concluyendo la democratización del mundo, luego de más dos siglos de esfuerzos costosos, los analistas dijeron que en Colombia estábamos “Al Filo del Caos”, y se generó el movimiento social y político que dio lugar a nuestra actual Constitución.

 

Se diagnosticó en 1991 que la causa de los problemas en Colombia era el bipartidismo, desconociendo la realidad de que se había tratado de hegemonías monopartidistas o bipartidistas y no de un auténtico bipartidismo al estilo inglés, americano o incluso español (desde 1975 hasta hace muy poco). En ellos uno de dos partidos siempre gana y gobierna, pero por las buenas y sin pactos raros.

 

Con gran felicidad se creó entonces en Colombia un gran número de partidos políticos, que en el fondo son casi todos ramas independizadas de los originales Liberal y Conservador, y fue necesario hacer una audaz reforma electoral en 2003 para que se organizaran un poco y se redujera su excesivo número.

 

Pero esta normatividad, aunque logró que la izquierda democrática finalmente emergiera y se volviera opción de gobierno, se quedó corta, porque aún existen muchos partidos compitiendo y están poco institucionalizados. El sistema de partidos que se encuentran en términos de ciencia política no es el pluripartidismo armonioso y moderado que queríamos, sino una amalgama extraña de alianzas temporales con ideologías cambiantes.


Para escuchar: La corrupción y la reelección, culpables de la crisis en América Latina.

 

La buena noticia en esta confusión es lo que la gente cree que es la mala noticia, la polarización verbal, que tras el Acuerdo de Paz y otros acontecimientos reemplazó al enfrentamiento violento de manera importante pero con grandes lagunas (el asesinato de líderes sociales entre otras varias). Se han roto amistades, se han separado familias, ha habido persecuciones laborales, pero el panorama se aclaró como nunca se había visto en Colombia, incluso también con las últimas elecciones regionales.

 

La mala noticia es que realmente estas opciones se diluyen en un maremágnum de alianzas estratégicas, vieja politiquería clientelista, corrupción electoral organizada y muchos otros problemas irresueltos, que hay que seguir intentando combatir a partir de reformas políticas, acuerdos sociales, presión pública y, si tenemos suerte: liderazgos serenos pero audaces de izquierda, centro y derecha.

 

Escucha aquí el programa de UN Análisis de UN Radio (98.5) sobre las elecciones regionales.

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