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Los intentos por enfrentar la corrupción vienen desde Grecia y Roma

Antes de convertirse en un régimen imperial, Roma tuvo una constitución mixta de un marcado carácter oligárquico (poder ejercido por un grupo minoritario), en la que los más altos funcionarios eran elegidos por una asamblea popular, las Comitia Centuriata o asambleas por centurias. Cada año, estas asambleas elegían a dos cónsules responsables de gobernar la ciudad.

Con el fin de evitar que las elecciones fueran decididas mediante la distribución de favores personales, en el año 139. Antes de la Era Común (antes de Cristo) la Lex Gabinia tabellaria (ley Gabinia) introdujo el voto secreto. Irónicamente, esta ley lo que hizo fue incentivar la compra de votos. Propuestas de reforma posteriores, como la Rogatio Aufidia de ambitu, del año 61 AEC, pretendían disuadir a los candidatos de esa práctica, por lo que se pueden tomar como evidencia de que incluso en las postrimerías de la República, el proceso electoral en Roma era bastante corrupto.

La Lex Caecilia Didia del año 98 AEC pretendió prevenir que normas cuestionables - como las que coloquialmente llamamos “micos”– se incluyeran en el trámite de otra ley, es decir, que las disposiciones de un tema ajeno al de la ley en discusión tenían que ser excluidas. La Lex Alcinia Calpurnia del 67 AEC, era el equivalente de nuestra pérdida de investidura: impedía la elección a cualquier cargo de quien hubiera sido condenado en un caso de corrupción electoral.

Este recuento de los intentos por controlar la corrupción en la República Romana debería motivar una reflexión acerca del modo en que la competencia electoral contribuye a la corrupción y al mantenimiento de formas de poder de grupos minoritarios. De acuerdo con las Leges Genuciae (leyes), nadie podía ocupar dos magistraturas al mismo tiempo como por ejemplo, ser cónsul y pretor o pretor y censor, ni ser elegido para la misma magistratura sino hasta después de 10 años, es decir, que alguien elegido cónsul sólo podía candidatizarse para ese cargo hasta pasado ese tiempo.

De acuerdo con las Leges Genuciae (leyes), nadie podía ocupar dos magistraturas al mismo tiempo como por ejemplo, ser cónsul y pretor o pretor y censor, ni ser elegido para la misma magistratura sino hasta después de 10 años

Según esas leyes, al menos uno de los dos cónsules debía ser plebeyo (de la clase social sin privilegios), disposición que sólo comenzó a hacerse efectiva a partir de 172 AEC. En los dos últimos siglos de la República, la mitad de quienes fueron elegidos para el cargo de cónsules eran hijos o nietos de antiguos cónsules.

Cualquier parecido con la realidad del país no es pura coincidencia. En su tratado Política (Libro IV, 1294b, 4), Aristóteles señala que “parece ser democrático que los cargos se den por sorteo, y oligárquico que se den por elección; democrático también que no se basen en la renta, y oligárquico que dependan de la renta.” Por efecto de la costumbre, nos empeñamos en llamar democrático a un régimen que verdaderamente es oligárquico.

El principio de igualdad política “un ciudadano, un voto” sirve en realidad para enmascarar y legitimar un proceso político marcado por profundas desigualdades, las cuales se refuerzan por la vía de la corrupción. Si se quisiera desconcentrar el poder político y frenar el saqueo a los recursos públicos, se debería considerar seriamente el sorteo como medio apropiado para escoger a las personas encargadas de hacer las leyes y ejercer control sobre la acción del gobierno.

Alternativa para desconcentrar el poder

El sorteo es un mecanismo aleatorio, que puede ser usado para obtener una muestra representativa de la población adulta del país. El Congreso de Colombia y la publicidad de las diferentes marcas tienen una cosa en común: la mayoría de las caras que se ven en uno y otro ámbito no se parecen al común de la gente. Si se tuviera un Congreso conformado por gente del común, los representantes legislarían al servicio del común de la gente y no de la clase política ni de sus financiadores. El sorteo permitiría tener esa clase de representantes.

Una de las ventajas del sorteo es liberar a los representantes populares de tener que inflar su ego haciendo campaña y de recaudar legal o ilegalmente toda clase de fondos para competir contra sus rivales. Uno de los peores defectos de la competencia electoral radica precisamente en el hecho de que demanda de sus participantes el desarrollo de habilidades opuestas a las que se necesitan para tomar decisiones de beneficio común, tales como destruir los argumentos y la reputación de sus oponentes, y en asegurarse los fondos para reelegirse, los cuales usualmente provienen de su clientela política, de contratistas a la espera de jugosas licitaciones y de empresarios que procuran leyes favorables para sus negocios, aunque vayan en perjuicio del conjunto del país.

El caso de Atenas

En la antigua Atenas, las decisiones eran tomadas directamente por un reducido número de ciudadanos que no incluía a las mujeres, los esclavos y los extranjeros porque no podían votar en la asamblea (ekklesía). La agenda de esa asamblea y el estudio previo de las iniciativas sometidas a su consideración corría a cargo de un consejo (la boulé) conformado por ciudadanos escogidos mediante sorteo, lo cual impedía que un partido impusiera su perspectiva en detrimento del conjunto de la ciudad.

Uno de los peores defectos de la competencia electoral radica precisamente en el hecho de que demanda de sus participantes el desarrollo de habilidades opuestas a las que se necesitan para tomar decisiones de beneficio común

El sistema de democracia directa, de carácter permanente, es imposible de implementar en una sociedad compleja y plural. No sucede así con el sorteo, que ofrece más ventajas que inconvenientes, siempre y cuando funcione de modo honesto. Es un mecanismo imparcial de selección que induce a los escogidos de ese modo a tomar en consideración las perspectivas de los demás para obtener una solución de beneficio común.

No hay ningún sistema inmune a la distorsión. Atenas sucumbió al influjo de demagogos como Cleón y Cleofonte, y de políticos irresponsables y ambiciosos como Alcibíades. No obstante, si el rasero para comparar a Atenas con Roma fuese la corrupción, la conclusión obligada sería que Atenas tenía un mejor sistema de toma de decisiones que Roma. El sorteo previno la concentración de poder político y económico, y redujo sustancialmente las oportunidades para saquear los recursos públicos. Esto explica por qué hoy hay un fuerte interés en el sorteo como mecanismo de selección de los representantes populares.

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