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Los Iluminados de la guerra que nunca se bajaron del caballo

Gabriel García Márquez sintetizó genialmente los avatares y circunstancias de la generación que llevó adelante la operación política y militar de acabar con el régimen colonial y construir las repúblicas americanas. En El general en su laberinto, el Nobel relata:

“Eran hombres de guerra, aunque no de cuartel, pues habían combatido tanto que apenas si habían tenido tiempo de acampar. Había de todo, pero el núcleo de los que hicieron la independencia más cerca del General era la flor de la aristocracia criolla, educados en las escuelas de los príncipes. Habían vivido peleando de un lado para otro, lejos de sus casas, de sus mujeres, de sus hijos, lejos de todo, y la necesidad los había hecho políticos y hombres de gobierno […] los vínculos de clase o de sangre los identificaban o los unían”.

A partir de memorias, diarios de operaciones, correspondencia, actuaciones políticas, testamentos y epitafios he elaborado una gran base de datos biográficos con la información de los 1.500 líderes que conformaron dicha generación. A partir de ella se analizaron más de 30 variables de la generación comprendida entre los que nacieron en 1780-1800 y murieron en 1820-1860.

En mi trabajo, “Iluminados por la guerra. La generación militar de las independencias en América Latina: 1808-1850”, se demuestra, con todo el utillaje académico del caso, lo escrito por García Márquez. Así, la rigurosa historia científica se acerca a la intuición literaria.

La mayoría eran hijos o parientes muy próximos de españoles asentados en América, comerciantes, mineros, hacendados y sobre todo altos funcionarios de la administración colonial, emparentados matrimonialmente con esposas pertenecientes a las más encumbradas y tradicionales familias de las élites locales.

En el estudio se analiza quiénes fueron los militares que lideraron las guerras de Independencia; por qué intervinieron en las contiendas; cómo fue el conflicto entre el liberalismo profesado por muchos frente a la reacción ejercida por otros de entre ellos; cuáles fueron los argumentos que emplearon; y, de qué manera les fue posible mantener posturas tan contradictorias en lo ideológico y tan opuestas entre sí, dentro del severo ámbito militar. Asimismo, el trabajo se detiene en estudiar cómo, tras terminar las guerras, pudieron seguir empleando los mismos argumentos políticos y fácticos para ejercer el poder y mantenerse en él.

En definitiva, estos actores constituyen una generación “iluminada por la guerra”, que marcó la política y la construcción de las naciones americanas durante muchos años, pues las determinaron por completo.

¿Quiénes eran?

Durante el siglo XIX estos “iluminados” fueron una de las herencias de los combates por la Independencia, como actores y gestores del sinfín de guerras civiles y territoriales que estallaron por todos lados tras finalizar la lucha contra la monarquía española. Es el caso, entre cientos, de los López de Santa Anna, Guadalupe Victoria, Sucre, Iturbide, Santander, Montilla, Bolívar, Páez, Mosquera, Flores, Córdoba, Obando, Padilla, Tristán, Espinar, Piar, Olañeta, La Mar, Gamarra, Santa Cruz, O’Higgins, Riva Agüero, Carrera, San Martín, Montúfar, Goyeneche, Otamendi, Melo, Lavalle, Alvear, Castilla, Belgrano, Artigas, Saavedra...

La mayoría eran hijos o parientes muy próximos de españoles asentados en América, comerciantes, mineros, hacendados y sobre todo altos funcionarios de la administración colonial, emparentados matrimonialmente con esposas pertenecientes a las más encumbradas y tradicionales familias de las élites locales. Por tanto, como hijos o sobrinos de estos, eran en buena parte americanos de primera generación. Fueron educados en los colegios más selectos, donde recibieron una enseñanza ilustrada, europea y, acorde con la época, moderna y de espíritu liberal.

Algunos estudiaron en España, donde fueron enviados por sus familias, incluso a colegios de nobles, o como cadetes militares en regimientos de lustre, como los de la Guardia de Corps, o a las academias de Marina o de Ingenieros, augurándoseles prometedoras carreras.

Quienes procedían de sectores populares (apenas un 15 % de esta generación) tuvieron más dificultades para alcanzar puestos de relevancia política en los años que siguieron a la guerra.

Casi todos entraron a la guerra, bien a la peninsular contra Napoleón o a las de Independencia americanas, con apenas 20 años de edad. No fueron pocos los que, vencido Napoleón en Europa, de España saltaron a América, haciendo ahora la guerra contra las fuerzas realistas (después de 1815) en nombre de la libertad y contra el absolutismo de Fernando VII.

Otros no se movieron de América; aunque fueron alistados por sus familias como oficiales de las tropas monárquicas, pronto se adhirieron a la causa de la libertad y conformaron los cuadros más importantes de los ejércitos patriotas. Y otros, desde el primer día se envolvieron en las banderas de la revolución, aunque entre sí muchas veces no coincidieran en su sentido y alcances.

Toda la generación terminó victoriosa estas guerras con un promedio de 30 años, siendo ya líderes nacionales –si no continentales algunos de ellos–; libertadores de un mundo ahora republicano y libre de monarquías; caudillos de nacientes patrias y naciones, vestidos de uniformes de dorados galones y distinguidos con el grado mínimo de general. Décadas después muchos de ellos murieron como políticos de fama y renombre, presidentes, diputados del pueblo, senadores… o exiliados de empaque algunos de ellos, más de lo que suele suponerse, y ricos hombres o hacendados otros muchos, sumando a su fortuna familiar de origen su formidable posición social militar-republicana, tras matrimonios realizados en el seno de su clase, o ascendiendo mediante estos, pues la ocasión era propicia para emparentar con la creme de las nuevas élites nacionales.

Quienes procedían de sectores populares (apenas un 15 % de esta generación) tuvieron más dificultades para alcanzar puestos de relevancia política en los años que siguieron a la guerra. Esto se aplica a los que no acabaron siendo apartados o a aquellos que se vieron plantados ante un pelotón de fusilamiento, acusados de deslealtades o traiciones para con sus antiguos compañeros.

Quienes sobrevivieron a la guerra y a la posguerra siguieron siendo oficiales profesionales, sin cargos políticos de relevancia, participando en las guerras posteriores.

No cedieron el poder

Porque fueron muchas las guerras que siguieron al proceso de Independencia, casi toda la generación que lo adelantó acabó enfrentada entre sí en multitud de conflictos posteriores. Parecía como si todos estos caudillos no cupieran en el mismo mapa, lo que en efecto acabo por suceder, y el violento siglo XIX latinoamericano lo demuestra.

La generación de “iluminados por la guerra” no quiso bajarse nunca más del caballo. No abandonaron sus posiciones porque entendían que eso significaba quedar apartados del poder frente a sus antagonistas-competidores, sus antiguos compañeros de uniforme. No quisieron entender que la política y los pueblos podían prescindir en adelante de ellos, o que el poder y la gloria no tenían por qué ir de la mano.

Creyeron ser una fuerza de la naturaleza, un poder superior al que nadie podía impedirles nada, porque su determinación en la guerra conformó de una vez el alma de las naciones, de las que se sintieron protectores titulares en la línea que ellos habían marcado, la única y genuina forma de entender la patria y el honor.

La generación de “iluminados por la guerra” no quiso bajarse nunca más del caballo. No abandonaron sus posiciones porque entendían que eso significaba quedar apartados del poder frente a sus antagonistas-competidores, sus antiguos compañeros de uniforme. No quisieron entender que la política y los pueblos podían prescindir en adelante de ellos, o que el poder y la gloria no tenían por qué ir de la mano.

Todo aquel que contradijera tal idea de la guerra libertadora como epifanía de las naciones, o defendiera opiniones divergentes sobre su lectura, y en especial sobre el papel que ellos jugaron en esta, sería considerado como subversor del orden nacional instaurado por ellos, y habría de ser perseguido y erradicado como enemigo de la nación.

Estudiar a esta generación, analizar sus orígenes, características y comportamientos es imprescindible para conocer no solo el periodo de las independencias, sino buena parte del siglo XIX latinoamericano, y aún los días de nuestro presente.

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