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Los giros políticos de América Latina y el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil

La mayor expansión de esta tendencia progresista se dio entre 2003 y 2007 en países como Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Ecuador. Aunque con distintos énfasis y matices, algunos puntos comunes de estos Gobiernos fueron: mayor participación del Estado en las dinámicas de las economías nacionales; rechazo al Consenso de Washington; defensa de la democracia social y desarrollo de nuevas formas de integración regional, como el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Gracias al crecimiento generado por el boom de la demanda de materias primas, estos Gobiernos incrementaron el gasto social logrando reducir la pobreza y la inequidad. Brasil en particular tuvo el mayor programa de subsidios monetarios, “Bolsa Familia” que nació en 2003 bajo el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.

Dicho programa fue reconocido en 2014 por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO) como una de las principales estrategias en la superación del hambre, con lo que el país fue retirado del mapa del hambre mundial en 2015. Sin embargo tanto en Brasil como en Venezuela el apoyo del Estado a las clases de bajos ingresos consistió en aprovechar la bonanza económica distribuyendo dinero de manera directa sin crear mecanismos institucionales sólidos de redistribución del ingreso para consolidar estos avances. Con el estancamiento económico que siguió, estas medidas perdieron vigencia.

En el declive de la “marea rosa” también influyeron el continuismo presidencial y la falta de renovación de liderazgos, además de la creciente apatía de la ciudadanía hacia los partidos políticos. Este “ciclo de giro a la izquierda”, como se le nombra a este periodo en la literatura, empezó a mostrar sus fisuras a partir de la crisis económica global de 2008-2009.

Para 2014 ya se evidenciaban rupturas más estructurales: murió Hugo Chávez; Cristina Kirchner perdió la mayoría parlamentaria, y en Brasil se extendían las protestas contra el Gobierno por el aumento de los precios en el transporte público, la mala calidad de la educación y la corrupción. Para 2015 el giro a la derecha parecía ser una realidad, pese a que aún se mantuvieron Gobiernos de centro-izquierda en Bolivia y Uruguay. Ese año Argentina eligió al empresario conservador Mauricio Macri, mientras que en Chile Sebastián Piñera reforzaba esta tendencia política en 2017.

En el caso particular de Brasil los antecedentes se remontan a 2016, cuando se dio la destitución de Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores. La mandataria fue acusada de manipular ilegalmente el presupuesto del Gobierno y fue reemplazada por un partido de centro-derecha. No obstante, por los cambios que venían ocurriendo era difícil suponer hasta dónde podía llegar el desenlace de estos eventos. Los resultados de las recientes elecciones no solo mantuvieron el giro a la derecha sino que profundizaron la radicalización de las opciones políticas.

Con el triunfo del candidato del Partido Social Liberal (PSL) Jair Bolsonaro, con un 55 % de los votos, parece haberse firmado el final del ciclo del desarrollismo progresista, al menos en Suramérica. El presidente electo es un excapitán del Ejército que se promueve como representante de las facciones de ultraderecha. Durante la contienda electoral se caracterizó tanto por sus comentarios racistas, homofóbicos, misóginos y descalificadores de las instituciones defensoras de los derechos humanos, como por el desprecio a sus opositores. En sus declaraciones manifestó estar a favor de la pena de muerte y tener nostalgia de la dictadura. Además abogó por leyes menos estrictas para el control de las armas, argumentando que es una forma de afrontar el crecimiento desmedido de la inseguridad en ese país.

¿Qué significa para la región pasar de gobernantes simpatizantes de la derecha que defienden el mercado, la propiedad privada y los valores conservadores (como Macri en Argentina, Piñera en Chile y Duque en Colombia) a unos que legitiman posturas más radicales como las de Bolsonaro? Indudablemente no es exagerado pensar que la democracia está en riesgo.

Pese a que Bolsonaro fue electo en el marco de la legalidad democrática, su llegada al poder pone en evidencia un fenómeno sin precedentes en la región: el retorno de los autoritarismos que se creían superados. Esta vez lo distinto es que el regreso no se ha dado por la toma del poder por parte de estamentos militares sino por la elección popular de ciudadanos “nostálgicos” por “la mano dura”.

En tal postura han incidido tanto el desencanto por el estancamiento de la redistribución promovida por los Gobiernos de izquierda como los escándalos de corrupción y el crecimiento exponencial de los votantes vinculados a grupos cristianos evangélicos, que ya cuentan con 81 diputados (de 513) y con tres de los 81 senadores. En Brasil estos representan el 29 % de la población y están entre los grupos que más apoyaron a Bolsonaro.

El lema “Brasil arriba de todo, Dios por encima de todos” del candidato conservador atrajo especialmente a estas comunidades religiosas, que por distintos medios han tratado de bloquear las iniciativas para legalizar el aborto, el consumo de drogas y el reconocimiento de los derechos de las comunidades LGBTI. Hoy parece que han perdido vigencia las palabras pronunciadas en 1988 por el entonces presidente de la Asamblea Constituyente: “tenemos odio a la dictadura”.

Lo que muestran estos resultados es que la aparente crisis del modelo neoliberal no fue tan profunda como se pronosticó a principios de siglo, y que aún pueden regresar asuntos que se creían superados, como los regímenes burocrático-autoritarios (nombrados así por el politólogo argentino Guillermo O’Donnell). Ya desde 2016 los informes de la corporación chilena Latino Barómetro habían advertido sobre el retroceso de las democracias en la región. Según el informe de 2017, “por quinto año consecutivo el apoyo a la democracia en América Latina no mejora, al registrar una baja de un punto porcentual desde 2016, llegando al 53 % en 2017 a pesar de haber mejorado el crecimiento económico”. Para el caso de Brasil se encontró que el 43 % de sus ciudadanos no cree que la democracia sea el mejor sistema de gobierno, y solo el 13 % de los brasileños manifestó estar satisfecho con la democracia.

 

Estos cambios, más que respuestas, dan lugar a muchas preguntas: ¿qué efectos tendrán las acciones de esta nueva derecha en las democracias de la región?, ¿cuáles serán las respuestas de la izquierda a este giro hacia la derecha?, ¿cuál ha sido el proceso de reorganización de las élites económicas para recuperar el poder en América Latina?, y, por supuesto, ¿cómo cambiará América Latina con la llegada al poder de esta “nueva” corriente de ultraderecha que infortunadamente sigue ganando adeptos en el mundo?

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