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Los argumentos de Rusia para concentrar tropas en la frontera con Ucrania

A los ojos de Estados Unidos, Rusia despliega una política agresiva que amerita sanciones e incluso la amenaza de un conflicto militar. Bien es sabido que esto último implica el riesgo de una confrontación nuclear, pues ambos países tienen los arsenales atómicos más grandes del mundo. 

 

Si uno tiene problemas de linderos y su vecino está armado hasta los dientes, lo que se debería hacer es ir a la justicia para tratar de resolver el problema. En política internacional, desafortunadamente, esta solución tiene un alcance muy limitado, en buena medida porque los vecinos más poderosos, incluido Estados Unidos, no están dispuestos a perder su poder para amenazar y coaccionar a los demás. 

 

No obstante, la imagen que tiene Estados Unidos de sí mismo es la de una potencia benévola. Si ha recurrido a la disuasión mediante sanciones y amenaza de conflicto bélico es porque hay alguien en el vecindario global que está causando problemas. 

 

Con suficientes armas en la mano y una sobrada capacidad para usarlas, Estados Unidos obró como policía del mundo cuando Irak invadió a Kwait. Sin embargo, este policía no se portó nada bien años después, cuando se inventó una amenaza que no existía de armas de destrucción masiva para provocar una guerra terriblemente dañina.

 

A la luz de semejante antecedente, sería bueno hacer una pausa y considerar los argumentos de Rusia para concentrar tropas en la frontera con Ucrania y sostener una fuerza paramilitar que ya ha ocupado una parte de su territorio. 

 

Rusia dice que Estados Unidos obra irresponsablemente y también de mala fe. Su alegato se remonta a 1989, cuando se derrumbó el Muro de Berlín y la entonces Unión Soviética le dio la señal a los países que estaban bajo su órbita de influencia de que no intervendría militarmente, si hacían una transición hacia regímenes demo-liberales de economía capitalista.

 

El tema es que esa señal fue dada a cambio de otra que, en numerosas ocasiones, recibieron los líderes soviéticos: si permiten esa transición, así como la reunificación pacífica de Alemania, Estados Unidos no expandiría su propia órbita de influencia hacia el este de Europa ni hacia ninguna de las antiguas repúblicas soviéticas. 

 

Luego vino el colapso y la desintegración de la Unión Soviética, además de la petición de Polonia, los países bálticos, Hungría y Checoslovaquia, países que los soviéticos habían invadidos antes de entrar a la alianza militar de la OTAN, y también a la Unión Europea. Débil económicamente, Rusia carecía de la capacidad de contener esa expansión. Claramente, hoy la situación es distinta.

¿Tienen razón Rusia?

 

Tres trabajos sobre este asunto –dos artículos publicados en los últimos cinco años en la revista International Security, y un libro por la editorial de la Universidad de Yale– le dan en buena parte la razón a Rusia. 

 

Los artículos “Deal or no deal? The end of the Cold War and the U.S. offer to limit NATO expansion”, de Joshua Shifrinson, profesor de la Universidad de Texas A&M; “The United States and the NATO non-extension assurances of 1990: New Light on an old problem?”, de Marc Trachtenberg, profesor de la Universidad de California Los Ángeles, y el libro Not One Inch: America, Russia, and the Making of Post-Cold War Stalemate, de Mary Sarotte, profesora en la Universidad de Harvard, coinciden en desbaratar el argumento de Estados Unidos de que no hubo y no hay un tratado que impida su expansión en la antigua órbita de influencia de la Unión Soviética.

 

Es obvio que no hay un tratado, pero sí hubo numerosas declaraciones e indicaciones de que Rusia podía tener la confianza de que Estados Unidos iba a contentarse con el fin de la Guerra Fría. 

 

En suma, estos profesores coinciden en que a los rusos les asiste la razón, cuando dicen que Estados Unidos ha renegado de la promesa de no expandirse a costa de Rusia y de que eso mina la confianza entre ambas potencias. Como en el caso de la segunda e infame guerra de Irak, le corresponde a la opinión pública decirle a Estados Unidos que, por el bien de la humanidad y también por el suyo propio, lo mejor sería que retrocediera y cambiara de rumbo. Este cambio no tendría por qué disminuir su insistencia en el respeto a los derechos de los disidentes y críticos del régimen, como Alexei Navalny, objeto de medidas todas condenables.

 

Injerencia en Latinoamérica

 

Con la misma frialdad con la que se debería reconocer que Rusia tiene razón, también es posible examinar la forma en la cual Rusia se ha metido en el vecindario latinoamericano y está dispuesta a incendiarlo, si Estados Unidos no cambia de posición. 

 

La amenaza de desplegar tropas en Cuba y en Venezuela, así como la de instalar misiles, forman parte de un juego político que se debería mirar con una gran entereza. Desafortunadamente, la “paz” que durante mucho tiempo garantizó el hegemon estadounidense en la región latinoamericana pareciera habernos incapacitado para lidiar con escenarios más complejos. 

En efecto, en la relación con Venezuela priman dos actitudes completamente distintas, las cuales son sin embargo sintomáticas de la referida incapacidad. Por un lado, está el aventurerismo del actual Gobierno de creer que uno puede apoyar el derrocamiento de un régimen sin que eso tenga mayores consecuencias. La consecuencia más clara está a la vista: Maduro ha estrechado su relación con Rusia. Por el otro, está el pacifismo de quienes consideran que la inversión en un arsenal militar más sofisticado, incluida la compra de aviones de combate más poderosos, es un esfuerzo inútil y contraproducente pues la relación con Venezuela mejoraría, si adoptamos un tono más constructivo.

 

La manifiesta ineptitud del Gobierno para encontrar una salida razonable al estallido social se encuentra replicada en el campo de las relaciones internacionales. A diferencia del gobierno anterior, este no tiene empacho en declarar, con razón, que el régimen venezolano representa una grave amenaza a la seguridad y estabilidad de Colombia. El apoyo que le proporciona al ELN y a las disidencias de las FARC es la prueba de ello. Este análisis ha sido, sin embargo, la base para erráticas medidas como el cierre de las embajadas y oficinas consulares, lo cual ha tenido un altísimo costo humanitario y económico.

 

Viraje en política exterior

 

La política exterior colombiana, como la estadounidense, precisa de un cambio de orientación. Como lo hicieron las dos potencias durante la Guerra Fría, todo el tiempo debe haber una línea abierta de comunicación entre Bogotá y Caracas. Esto implica, necesariamente, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la adopción de todas las medidas adecuadas para aliviar la situación de la población tanto migrante como de la frontera. Simultáneamente, Colombia debe ponderar la presencia rusa en Venezuela y tomar las medidas más adecuadas para contener las amenazas a su seguridad y estabilidad.

 

El año pasado se produjo el más grave hackeo de datos de las Fuerzas Militares de Colombia en toda su historia. Los militares venezolanos lograron hacerse con los datos de todos los batallones colombianos. No es un menosprecio de la capacidad de nuestros vecinos decir que eso no pudieron hacerlo solos. El tema es que Colombia ha invertido mucho esfuerzo en ciberseguridad para que un hackeo de ese tipo se produjera. No es hacia Caracas sino hacia Moscú a donde uno debería dirigir la mirada.

 

Durante el estallido social, también el año pasado, circularon mensajes incendiarios que azuzaron a la gente de lado y lado para recurrir a la violencia por mano propia. En Estados Unidos, durante 2016, una campaña de ese tipo fue desplegada por hackers rusos con el fin de crear un clima de zozobra e inestabilidad. El mayor éxito de esa campaña fue haber logrado que muchos votantes demócratas se abstuvieran de ir a las urnas en los estados en que Trump tenía chance de ganar. 

 

Las cosas con Rusia no son en blanco y negro. Tampoco lo son con China. Son enormemente complicadas. Se necesita un liderazgo a la altura de esa complejidad. Ni una postura pacifista a ultranza ni un aventurerismo irresponsable como el del actual Gobierno le convienen a Colombia.

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