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Llegó la hora de reconstruir un nuevo contrato social

Mientras el escritor francés Voltaire afirmó que “político significaba originariamente ciudadano, mientras que hoy viene a significar en muchos casos, embaucador de ciudadanos”, el ginebrino era partidario de cohesionar la sociedad creando una clase media libre de indigencia y opulencia con el expediente de grabar las grandes fortunas para que no hubiera unos tan poderosos que compraran a otros, ni otros tan pobres dispuestos a venderse, como ocurre hoy en lo que conocemos como “mercado electoral”.
 

Algunos de los clichés acuñados sobre Rousseau lo acusan como precursor del comunismo por sesgos frente a la propiedad privada1. No obstante, en el posterior discurso sobre la economía política argumentó que el derecho de propiedad es el más sagrado, más importante en ciertas consideraciones que la propia libertad; se mostró partidario de una gran clase media como forma de combatir la pobreza y las riquezas extremas, advirtiendo que dejadas al garete las leyes son impotentes contra los tesoros del rico y contra la miseria del pobre. Esto demandaba un Contrato Social apalancado en el concepto de voluntad general –fuente de las leyes– al tiempo que la regla de lo justo e injusto debía estar regulada por el Estado. En defensa del interés general, señala a los políticos que si estuvieran menos cegados por su ambición sentirían que el mayor resorte de la autoridad pública está en el corazón de los ciudadanos.
 

Puedes escuchar: ¿Qué es y para qué sirve la eficacia política?.


Las ideas de Rousseau inspiraron la Revolución francesa, cuyos principios de libertad, igualdad y fraternidad –enarbolados para abolir la monarquía– quizás quedaron en deuda respecto de los privilegiados que “no intentaban sino aumentar sus rentas, sin preocuparse de resolver el problema de la desigualdad y las doctrinas económicas les daban argumentos para ocultar bajo la apariencia del bienestar público sus turbios manejos”2. Cuánta razón le asistía a este visionario que en cierta forma soñó abortar el capitalismo en su génesis, contrario al economista alemán Karl Marx, quien buscó enterrarlo cuando ya había crecido.
 

Por su parte el Nobel de Economía Douglas North (1993), refirió que los contratos sociales que acuerden hoy las sociedades determinan el actuar de las generaciones futuras; la revolución industrial no se dio en los países que en su momento ostentaban mayor riqueza (España y Portugal), ni en aquellos políticos o culturalmente más evolucionados (Francia e Italia), sino en el país entonces más pobre del viejo mundo que creó la primera Ley de Patentes, con la cual incentivó la innovación y la creación de máquinas.
 

Entre los siglos XVIII y XX, dichos contratos se consolidaron en su perfil actual: todos concibieron su estructura social y política sobre la base de un imaginario colectivo con el reconocimiento de derechos comunes para los ciudadanos. Es bien conocido que las mujeres eran excluidas de estos derechos (con más del 50% de la población), además de las comunidades aborígenes o afros.
 

Las rebeliones del siglo XIX fueron violentas, mientras el mundo político lo disputaban burgueses conservadores, republicanos o liberales, y el proletariado y los sectores populares no tenían voz. Tendrían que fundarse los partidos de los trabajadores, fuera como laboristas, socialistas, comunistas o socialdemócratas, los cuales lograron conquistas muy significativas. El derecho al trabajo, la jornada de ocho horas y otros avances sociales crearon el Estado de bienestar, que logró domesticar al capitalismo. Incluso se avanzó al estatismo en las revoluciones socialistas y comunistas, la mayoría de las cuales fracasaron en la utopía del igualitarismo.
 

Con el avance de las sociedades a la modernidad Modernidad, mediante la revolución Revolución Industrial, el capital financiero y las grandes multinacionales en la era de la globalización, se evidenciaron las asimetrías y las desigualdades entre países, lo que ha llevado a especialistas en una economía más social –como Joseph Stiglitz, y Thomas Piketty–, a proponer un impuesto mundial sobre la riqueza y otros más progresivos para evitar un capitalismo patrimonial.
 

También el Nobel de Economía James Tobin (1981), planteó el impuesto a los millonarios y un fondo de capital universal para regular el mercado de capitales.  
 

La globalización, el capital financiero y la tecnología de la era digital generaron un sistema que trasciende los estados nacionales y rompe los pactos sociales: allí los actores sociales solo tienden a participar como consumidores a través de las redes sociales, mientras en el medio los Gobiernos parecen impotentes. Como lo sostiene el sociólogo François Dubet “los populistas (en el sentido europeo) que son elegidos por los pobres y a menudo hacen la política de los ricos, como Trump, Johnson o Salvini. Este tipo de gobierno moviliza los odios en lugar de favorecer proyectos sociales o políticos. Creo que en los próximos meses van a desarrollarse más movilizaciones impulsadas por el desempleo masivo, el empobrecimiento de las clases medias y la ausencia de confianza en las elites”3
 

Puedes leer: La justicia en el centro del debate.


Impacto del COVID-19


El nuevo coronavirus develó las desigualdades existentes del capitalismo salvaje, como lo llamó el Washington Post al recordar el discurso de posesión del expresidente Barack Obama quien recibió un país en bancarrota y un mundo en recesión4.


Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Fondo Monetario Internacional (FMI ), el crecimiento mundial en 2020 descenderá en -5,2 %; las principales economías tienen un crecimiento negativo: Estados Unidos (-6,5 %), la zona euro (-8,7 %) o Japón (-6,1 %), pero paradójicamente algunas economías emergentes como China tendrán crecimientos positivos de 1 %. Como se observa en el gráfico 1, la contracción más alta la tiene la zona euro. Para 2021 se observa un crecimiento por encima del 4 % en la mayoría de las regiones, excepto América Latina con 3,3, que además es el actual foco de la pandemia.

En América Latina el pronóstico de 2020 también es negativo (-5,2 %); se espera una recuperación en 2021 de 3,3 %. El impacto más crítico lo tendría Argentina (-10,5 %), seguido de Perú (-13 %), con crecimientos positivos en 2021 de 4,4 % y 5,2 %. Por su parte Colombia decrece al 5,6 % en 2020 y tiene un crecimiento de 3,7 % en 2021, aunque algunos pronósticos son más pesimistas.


La recesión económica trae aparejados el desempleo, incremento de la pobreza y pobreza extrema respecto a 2019, especialmente en Argentina, aumentando la pobreza en 10,8 % y el índice de Gini en 6 %. En cuanto a Chile y Colombia, presentan aumentos en pobreza del 5,7 y 5,1 % respectivamente. Esto incrementa la desigualdad en la región, liderados por Brasil y México con un índice de Gini de 53,9 y 45,7 % en su orden, que podría elevar un 5 % la desigualdad por cuenta de la pandemia.
 

Las proyecciones indican que Colombia aumentará la desigualdad en 4,9 %, Chile 5,9 %, Argentina y Perú 6 %.


El desempleo y la informalidad en Latinoamérica hacen más dramática la crisis que ha llevado a la FAO a advertir una situación más peligrosa: el hambre, con 67 millones de personas a las que el COVID-19 agregaría 28 millones en pobreza extrema que podría arrastrar gente de clase media que no tiene para comer.


Puedes leer: La propuesta de reforma a la Justicia: ¿modificar para no cambiar?.
 

Antes de la pandemia, Colombia tenía 2,7 millones de personas con hambre (5,5 % de la población), a lo cual se agregan los migrantes venezolanos, ello significa que la pobreza extrema pasaría de 5 a 7,2 millones de habitantes. Si no hay medidas efectivas de reactivación del empleo, ni se establece una renta básica o apoyos que mitiguen el hambre, podríamos llegar a estampidas humanas en búsqueda de la sobrevivencia que no pueden ser controladas por la fuerza pública. Parece cínico que mientras se regatea una renta básica, a los congresistas se les pretenda incrementar 5 % pasando de 32,7 a 34,4 millones de pesos mensuales en plena pandemia y con retroactividad.

Es hora de unir fuerzas para reconstruir el país alrededor de un nuevo contrato social que reconozca como prioridades la reducción de la desigualdad, el desempleo y la pobreza.


Los sectores de la economía más promisorios –llamados economía de la vida– como salud, educación, higiene, alimentación, agricultura y cultura digital son estratégicos a futuro. El concepto de solidaridad es básico para evitar una hambruna y una debacle social, pues es claro que en la crisis los ricos se están haciendo cada vez más ricos.
 

La acumulación de riqueza por parte de las multinacionales vinculadas a las TIC, las grandes farmacéuticas que hoy compiten por la vacuna ya multiplican sus acciones 200 y 300 veces, el e-comerce y el capital financiero que operan como monopolios obtienen jugosas ganancias, al tiempo que evaden y eluden impuestos.
 

Urge llegar al pequeño y mediano productor campesino reduciendo intermediarios, y recuperar tierras todavía en manos del narcotráfico. El Acuerdo Final de Paz incluyó como punto de partida el sector rural con su problemática; un complemento fundamental es asumir el problema de la droga como un asunto de salud pública que le dé alternativas productivas al campesinado –víctima de los carteles de la droga–, en las cuales se demande corresponsabilidad de los países consumidores .


El gobierno de Iván Duque ha planteado un Nuevo Compromiso por Colombia para reactivar la economía a partir de la infraestructura, salud, programas sociales, y empleo. Se ha hablado de un Pacto histórico y en el pasado de un Acuerdo sobre lo undamental que recuperara la ética y el combate a la corrupción (A. Gómez, 1978), pero, seremos capaces de impulsar un nuevo Contrato Social en el que converjan las instituciones, el sector público y el sector privado, la ciudadanía, en una auténtica voluntad general?


Como señala el sociólogo francés François Dubet: “en la crisis actual la política será decisiva para que los ciudadanos elijan si quieren solidaridad, equidad, defensa del medio ambiente, o más mercado, más brutalidad, más desigualdad”.

 


1 “El primero que tras haber cercado un terreno se le ocurrió decir “esto es mío” y encontró gente lo bastante simple para creerle, fue el primer fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no hubiesen ahorrado al género humano quien arrancando las estacas hubiese gritado a sus semejantes: guardaos de escuchar a este impostor, estáis perdidos si los frutos no son de todos y la tierra no es de nadie”. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, 1755.

2 Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Jean-Jacques Rousseau http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/discurso-sobre-el-origen-de-la-desigualdad-entre-los-hombres--0/html/ff008a4c-82b1-11df-acc7-002185ce6064_5.html

3 Publicado en el diario El Tiempo 19-07-2020.

4 “Pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede salirse de control; y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando solo favorece a los que ya son prósperos” (25.03-20).

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