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Las quemas reiteradas reducen carbono del suelo en la Orinoquia

En febrero el fuego consumió miles de hectáreas en Meta, Guaviare y Vichada. Los parques naturales de La Macarena y Tuparro fueron protagonistas de sendos incendios forestales, que son cada vez más frecuentes entre diciembre y marzo, la época seca o de menos lluvias del año.

Por ejemplo en 2003 la Corporación Autónoma Regional de la Orinoquia (Corporinoquia) registró más de 1.200 incendios forestales en el área comprendida entre el estado de Apure (Venezuela) y el sur del Meta; en marzo de 2014 el verano provocó una crisis ambiental que dejó, entre otras imágenes, las de miles de ani­males calcinados; y a comienzos del presente año las conflagraciones arrasaron al menos 16.000 hectáreas de sabana, según datos de Parques Nacionales Naturales. Las cicatrices provocadas por el fuego ya forman parte del paisaje de la Orinoquia, considerada una de las joyas de la biodiversidad en Colombia.

Precisamente una de las causas más frecuentes de los incendios forestales son las quemas controladas, que muchas veces se salen de control.

La profesora Dolors Armenteras, del Departamento de Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UN) Sede Bogotá, explica que la susceptibilidad de los suelos y de la vegetación colombiana en los primeros meses del año está relacionada con el clima: “durante la época de verano la humedad disminuye y eso hace que la vegetación esté más seca y sea potencialmente más inflamable. Este es un fenómeno relativamente normal en la naturaleza cuando hay cierta estacionalidad, como la tenemos en Colombia”.

Sin embargo advierte que “una cosa es que sea potencialmente inflamable, y otra es que se queme, pues esto es causado por los aspectos biofísicos –como el clima, la pendiente y el tipo de suelo– combinados con una serie de factores sociales y económicos”.

Precisamente una de las causas más frecuentes de los incendios forestales son las quemas controladas, que muchas veces se salen de control. Los campesinos usan el fuego como herramienta de manejo agrícola para eliminar la cobertura vegetal; controlar plagas y malezas; remover el material seco y adicionar nutrimentos al suelo. También se utiliza para renovar los pastizales para el ganado, y en otros casos para ampliar las áreas para los cultivos.

La investigación adelantada por Federico Sánchez Ojeda, magíster en Ciencias Biológicas con Énfasis en Biodiversidad y Conservación de la UN, confirma que la recurrencia de las quemas controladas está provocando una reducción no solo de la franja de los bosques de galería –es decir de las coberturas vegetales que bordean los cursos de agua y los drenajes naturales–, sino también del carbono orgánico, lo que afecta los nutrientes del suelo y por lo tanto los hace menos fértiles.

El carbono orgánico del suelo es un indicador de su fertilidad, debido a la relación con sus propiedades químicas, físicas y biológicas que favorece la calidad, sostenibilidad y capacidad productiva de la tierra.

Concentración del carbono en el suelo

El biólogo Sánchez se adentró durante siete meses en la Reserva Serranías de Casablanca (Vichada) para comprobar in situ los estragos del fuego en la altillanura. Allí, además de los campesinos, algunas comunidades indígenas (casi el 90 % de la población) realizan las quemas como una práctica centenaria para renovar la tierra.

La Reserva cuenta con 438 hectáreas, de las cuales alrededor de 120 son bosque de galería. La función principal de este bosque es proteger, y además recurre a un mecanismo de simbiosis para sobrevivir, pues aunque el agua del cauce garantiza su existencia, la contención de sus raíces y la sombra que proyectan impide que el caudal se seque.

Para identificar el nivel de concentración del carbono orgánico después de una quema se establecieron ocho transectos –técnica de observación y registro de datos– de 20 m de longitud a lo largo del borde entre el bosque y la sabana, y también se crearon parcelas de 1 m² muestreadas cada 4 m.

Para proteger una parte del suelo y evitar su incineración, a la mitad de las parcelas de 1 m² se les retiró la vegetación, conformada en un 80 % por pasto Trachypogon, que se caracteriza por ser combustible. Luego se prendió fuego controlado a cada una de las líneas y se tomaron muestras de cada una de las fracciones del terreno antes y después de la quema, para analizarlas en el laboratorio.

Después de seis meses el investigador regresó a la zona y tomó una tercera muestra del suelo quemado. En total fueron 80 muestras del diseño experimental de tratamientos que aplicó de manera repetida a los transectos. En el laboratorio se evaluó la concentración del carbono orgánico y se comparó su nivel antes y después de la quema.

Es poco lo que se hace para establecer protocolos de restauración en cada una de las regiones, y tampoco existe un modelamiento de la susceptibilidad en el país.

Así se estableció que la unidad inicial del carbono orgánico antes de la quema (prepertubación) fue en promedio de 1.794 unidades, y luego de seis meses pre­sentó un valor medio de 1.525. Así mismo, antes del fuego el porcentaje máximo de carbono orgánico del suelo fue de 3,97 % y de 1,08 %, después de la quema.

La profesora Armenteras destaca que teniendo en cuenta la urgencia de evaluar los efectos del fuego en las emisiones de gases de carbono y en su impacto en el cambio climático, además de la degradación del suelo, los resultados de su pupilo evidencian que en áreas de sabana sujetas a quema el contenido de carbono orgánico del suelo es más bajo que en los del borde del bosque, debido a la vegetación, y el uso de la tierra, y también por la transferencia de nutrientes a la atmósfera en forma de gases y ceniza que reducen algunas entradas de dicho componente al suelo de la sabana.

Fortalecer política contra incendios forestales

Otro aspecto que destaca la docente, directora de la investigación del biólogo Sánchez, es que gracias a los hallazgos es posible establecer que aunque la biomasa tiene una capacidad de recuperarse tras una quema, puede que a largo plazo el suelo se esté degradando, y eso aún no lo han considerado quienes toman decisiones, encargados de consolidar en el país una política adecuada de manejo de incendios.

En ese mismo sentido, la experta considera que no se están teniendo en cuenta las emisiones de carbono, metano y óxidos de nitrógeno que se emiten a raíz de las quemas controladas y que contribuyen al efecto invernadero y al calentamiento global, lo que propicia los incendios en zonas áridas.

Al respecto, en varias oportunidades la experta ha llamado la atención sobre la necesidad de que las autoridades y corporaciones autónomas regionales (CAR) controlen las quemas agrícolas, pues muchas veces terminan en conflagraciones, y también que se apliquen sanciones a quienes no respeten la norma.

De igual manera, la profesora Armenteras ha sugerido crear un sistema de alertas tempranas que se pueda aplicar localmente en sitios específicos y no un sistema general, casi nacional, como el que funciona hoy. “Es poco lo que se hace para establecer protocolos de restauración en cada una de las regiones, y tampoco existe un modelamiento de la susceptibilidad en el país y mucho menos dotación suficiente para atender este tipo de emergencias, que requieren equipos especiales”.

Por lo pronto, después de los incendios forestales de la Orinoquia y la Amazonia, en febrero pasado el Gobierno nacional, en cabeza del Ministerio de Ambiente, lanzó el proyecto Visión Amazonia, para frenar la deforestación de la zona. Los pilares del proyecto son:

  • Gobernanza forestal
  • Desarrollo sectorial
  • Desarrollo agroambiental
  • Gobernanza con pueblos indígenas
  • Acciones de monitoreo de bosques y carbono.

Parte de la idea es hallar nuevas alternativas productivas que impulsen un proyecto sostenible para la región, además de formular planes de ordenación forestal para su protección y conservación.

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