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Las multimillonarias inversiones de China en África cambian el panorama de la cooperación Sur-Sur

El gigante asiático –con unos 1.385 millones de habitantes– ha sido una de las potencias emergentes que ha logrado configurar su economía de tal forma, que hoy su poder en el panorama mundial es innegable.

En medio de la “Guerra comercial” desatada con Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump al poder, este año el Gobierno de China ha vuelto su mirada con mayor intensidad hacia África.

Resultado de este proceso es, por ejemplo, un impulso adicional al Foro de Colaboración China-África (Focac, por sus siglas en inglés), cuyos intereses geoestratégicos van más allá de una política de desarrollo conjunta propuesta en 2008, bajo la cooperación Sur-Sur, que se muestra como alternativa a la irrupción occidental en África.

Esa cooperación es el resultado de intereses geopolíticos en los que la balanza del gana-gana tiende a inclinarse hacia un solo lado: el del imperio de los dragones.

La reunión de los 53 dirigentes de los países africanos con Xi Jinping, secretario General del Comité Central del Partido Comunista de China –en la práctica el jefe de Gobierno de ese país– tuvo como objetivo reafirmar los acuerdos sobre soberanía, seguridad y desarrollo económico de la región.

Ese encuentro tuvo lugar con ocasión de la tercera cumbre del Focac, celebrada en Pekín el pasado 3 de septiembre, en la que también se acordó potenciar en África la iniciativa Belt and Road (BAR por sus siglas en inglés), que propone la inversión transnacional en infraestructuras impulsadas por China más grande en toda la historia, pues plantea  inversiones en países de todas las regiones del planeta, las cuales representan alrededor del 55 % del PIB global, albergan el 70 % de la población mundial y concentran el 75 % de las reservas de energía conocidas.

La cumbre del Focac también sirvió de espacio para hablar tanto sobre los intercambios de experiencias de gobernanza como sobre la posibilidad de hacer de los países subsaharianos economías emergentes para el 2030.

En una de las cuestiones más polémicas para organizaciones defensoras de derechos humanos, los Gobiernos autoritarios tuvieron su espacio en la cumbre, pues se habló de la continuidad de los proyectos de infraestructura, exploración y explotación de energía en países como Guinea Ecuatorial, Sudán, Zimbabue, República Democrática del Congo y el Chad.

También se propiciaron acuerdos para fortalecer las capacidades de los Estados africanos en la lucha contra el terrorismo y salvaguardar la paz como elemento necesario para la conservación de la soberanía, que en este caso está asociada con el mantenimiento de regímenes que no han seguido prácticas democráticas.

Instrumento diplomático para asegurar intereses geopolíticos

Producto de la no interferencia por parte de China en los Gobiernos africanos, sus inversiones han logrado mantener regímenes autoritarios que han afectado el desarrollo social de la población y convertido sus relaciones económicas en legitimación política.

Un ejemplo de ello es Sudán, cuyo conflicto entre islamistas y cristianos ha generado fuertes desplazamientos y violación de los derechos humanos. Sin embargo esto se ha obviado, pues este país es uno de los que posee mayores reservas de petróleo, lo que explica sus fuertes lazos económicos con China.

En lo que tiene que ver con la infraestructura, el gigante asiático ha construido oleoductos que comunican los campos petrolíferos del sudeste con Port Sudán y la cuenca de Melut con Jartum, y además ha invertido cerca de 750 millones de dólares en reformar el aeropuerto internacional.

Uno de los proyectos más controvertidos es la represa de Merowe, debido a sus enormes impactos medioambientales y sociales sobre la región, que han causado el desplazamiento de unas 65.000 personas de los pueblos cercanos al Nilo que vivían de la agricultura y la pesca.

En Zimbabue –otro de los países con Gobierno autoritario– China invirtió en la primera ruta aérea que une dos veces por semana Harare y Pekín, y además logró que el mandarín se estableciera como segunda lengua en las escuelas. Sin embargo muchos de los trabajadores de la región denunciaron la competencia insuperable de los productos importados directamente de China, que los abocan al desempleo, además de la falta de derechos laborales de estas empresas instaladas en el país. Todas esas protestas han sido silenciadas y perseguidas por el régimen.

Un caso extremo es el de Liberia, pues durante la guerra civil el dictador Charles McArthur Ghankay Taylor vendió madera a los chinos a cambio de armas para sostenerse en el poder.

Los ejemplos anteriores muestran que aunque China defiende una no injerencia en los asuntos políticos de sus socios, las inversiones económicas son el indicador de que evidentemente hay un soft-power (poder blando) implícito que determina el rumbo de los países hacia la conservación del mercado emergente chino, en el que los Gobiernos autoritarios son pieza clave para disfrazar de “desarrollo” la injerencia económica extranjera.

Excusa para fortalecer reservas chinas

La diplomacia de los hidrocarburos y de los minerales es una de las estrategias que resulta provechosa en Gobiernos inestables políticamente y con escasa presencia occidental. Los Ggobiernos de Sudán y Zimbabue son los más beneficiados de estas inversiones, pero no están muy atrás los de Chad, Libia y República Centroafricana, donde China ha efectuado inversiones multimillonarias para apoyar la extracción de petróleo y minerales que luego importa.

La restricción a la tala de árboles que China tiene desde 1998 ha generado la necesidad de llevar sus empresas madereras a África; así, en Gabón, Camerún, Guinea Ecuatorial y Mozambique hay programas de producción maderera que están afectando las condiciones ambientales, pero que han sido legitimadas por legislaciones flexibles construidas con base en mecanismos que tienen a la corrupción como principal código de conducta.

El cobre, utilizado en las industrias de la construcción, las telecomunicaciones y la electricidad, es considerado como un recurso estratégico para China, que hoy es el mayor productor de acero del mundo, pero cuyo desarrollo económico le exige importar este metal. Por esta razón financia proyectos en Zambia que han generado protestas y conflictos de los mineros de la zona por las condiciones en los que se realizan.

A esa visión de África como surtidora de materias primas se debe que añadir que China ve a esta región como un mercado para sus productos, y en esa medida está trabajando para ubicar en la región subsahariana algunas de sus empresas, de modo tal que puedan disminuir los gastos que derivan de pagos salariales.

Unas reflexiones finales

Ya que el Focac está enfocado en la cooperación económica, en este los derechos humanos prácticamente no tienen cabida, ya que se considera que la inversión en proyectos genera beneficio a la población y por lo tanto se disminuye la pobreza en términos absolutos, como lo muestra el informe deErnst & Youngde 2018.

Las cifras que presenta este informe impresionan: el comercio chino-africano pasó de 765 millones de dólares en 1978 a 170.000 millones de dólares en 2017, un aumento de más de 200 veces. En los primeros cinco meses de 2018 el comercio aumentó 17,7 % con respecto al mismo periodo en el año anterior, para llegar a cerca de 82.000 millones de dólares. De esta forma, China aparece ya como el mayor contribuyente de Inversión Extranjera Directa (IED) en la región. Estas inversiones han servido para crear más de 130.750 empleos desde 2005 hasta la fecha.

Además de lo anterior, 3.100 empresas chinas trabajan en la actualidad en proyectos de transporte, electricidad, telecomunicaciones, parques industriales, centros de tecnología agrícola, suministro de agua, escuelas y hospitales.

Sin embargo, el informe del Banco Mundial sobre la pobreza extrema en el mundo, titulado “La pobreza y la prosperidad compartida 2018: armando el rompecabezas de la pobreza”, afirma que aunque esta ha bajado a un ritmo lento, no están dadas las condiciones para lograr la meta de disminuir la tasa de pobreza extrema al punto de dejarla por debajo del 3 % para 2030 en la región. Esto, en especial, como resultado de la situación de los países del sur del Sahara, donde los conflictos, los problemas económicos y los sistemas políticos autoritarios producen una tasa de pobreza por encima del 10 %, que se mantendrá en 2030.

En este cuadro también hay que decir que la mayoría de los proyectos financiados por China son ejecutados por ellos mismos, y aunque se han generado más de 100.000 empleos, esto no compensa la cantidad de población desempleada, en relación con los proyectos de inversión ejecutados por este país.

Además, como se indicó antes, muchos de los proyectos benefician a las élites políticas, lo cual permite que los Gobiernos autoritarios se afiancen en el poder y cuenten con los recursos para legitimar sus acciones, lo que a su vez genera una mayor desigualdad social.

Por lo anterior, pensar en el Focac como un escenario de cooperación en una relación gana-gana es una visión reduccionista que no deja entrever los verdaderos intereses chinos en África, que con frecuencia aparecen de forma velada en las cifras de las inversiones en megaproyectos de beneficio extranjero. Precisamente ese foro de cooperación es uno de esos casos en los que el poder institucional logra por voluntad del otro obtener lo que necesita: recursos para sostener su gran imperio económico.

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