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La rebelión estudiantil: Córdoba y América Latina

En nuestra América, la autonomía universitaria existe a partir de la Reforma de 1918, producto de la reunión del Primer Congreso de Estudiantes Universitarios de Argentina, organizado por la Federación Universitaria Argentina (FUA) entre el 20 y el 31 de julio de 1918, en Córdoba.

La universidad era bastión de un férreo tradicionalismo y daba bandazos, entre el profesionalismo, la influencia de la universidad napoleónica y la enseñanza de las doctrinas de Aristóteles en acuerdo con las doctrinas religiosas –propias de la herencia colonial– y la impronta católica. También estaba permeada por las influencias y determinaciones de las luchas feroces de los partidos políticos.

Fueron 12 delegados al Congreso, provenientes de cinco universidades, quienes aprobaron tres documentos:

  • Las bases de organización de las universidades, en las que se enuncia el cogobierno tripartito: profesores, estudiantes y egresados.
  • El proyecto de bases estatutarias.
  • El proyecto de ley universitaria.

Los documentos concretaron las aspiraciones de la nueva organización institucional con criterios democráticos para el gobierno de la universidad y con la prevalencia de la autonomía universitaria.

Es el documento por excelencia que sintetiza los objetivos de lucha y constituye un descarnado análisis de las miserias de la universidad oligárquica, dogmática y religiosa,

Entre otras aspiraciones que sintetizan los documentos, se encuentran:

  • Cátedra paralela, asistencia libre y concursos públicos para proveer la docencia.
  • La cátedra libre como razón, libre examen, saberes, pensamiento y crítica.
  • La educación como formación en saberes profesionales, disciplinas y comportamientos.
  • Valores humanos y ciudadanos.
  • Extensión universitaria como misión social de la universidad, vinculación a los debates y temas internacionales de la ciencia, el conocimiento y lo social.
  • La educación gratuita y extensiva con acción afirmativa sobre los sectores populares.

El Manifiesto de Córdoba es producto de la discusión colectiva que se expresó en la pluma inspirada de Deodoro Roca –abogado, líder estudiantil y redactor de la declaración– y fue aprobado por los miembros de la Federación Universitaria de Córdoba el 21 de junio de 1918. Es el documento por excelencia que sintetiza los objetivos de lucha y constituye un descarnado análisis de las miserias de la universidad oligárquica, dogmática y religiosa, que cierra sus puertas a los avances de las ciencias, los pensamientos y las culturas críticas y populares, a espaldas de los tiempos de las nuevas revoluciones y los socialismos.

El Manifiesto es un puñado de hojas de soberbia fuerza moral, una impugnación contundente al orden de la Universidad de Córdoba –de rancia estirpe colonial– y de la sociedad argentina. Su perspectiva es el internacionalismo que convoque y unifique las voluntades de las juventudes y los pueblos de nuestra América.

El Manifiesto es un panfleto, de lo más logrado del género en nuestra lengua, tan rica en estas experiencias. Es un texto literariamente poético y apasionado. Está destinado a exaltar, incitar y convocar voluntades para la movilización. Su impronta romántico-revolucionaria es expresión de una conciencia lúcida en una hora americana fundamental.

Toda la movida del Congreso de la Federación y del debate que primero se tornó nacional y después se irradió a distintos países tuvo como contexto una rebelión que comenzó en la Facultad de Medicina (Universidad de Córdoba) y en las calles. Así las cosas, el Manifiesto se ganó su lugar en las luchas estudiantiles del continente y sus ecos inspiran el presente. Solo con la reforma se podía dar paso a la consolidación de los planes de ciencias, cultura, artes y educación en sus dimensiones más amplias.

Tal como lo señala el escritor y periodista peruano José Carlos Mariátegui, en “La reforma universitaria”, uno de sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, se trata del nacimiento de una nueva generación latinoamericana. Los estudiantes, a escala continental, aunque situados en sus condiciones locales y nacionales, tienen propósitos idénticos de lucha en sus universidades. Era una generación espontáneamente revolucionaria y por ello, dice, su ideología “careció al principio de homogeneidad y autonomía” para después dar paso a la elaboración de programas con intenciones reformistas de mayor calado.

El mismo Mariátegui advirtió que la juventud no está totalmente exenta de responsabilidad: “sus propias insurrecciones nos enseñan que es, en su mayoría, una juventud que procede por fáciles contagios de entusiasmo”. Para darle contexto a esta afirmación, el escritor peruano agrega que “en verdad es un defecto de que se ha acusado siempre al hispanoamericano”. Además reprocha la vaguedad y la imprecisión del programa para el caso peruano.

El Manifiesto fue punto de partida de un movimiento amplio de carácter combinado: universitario, social y político, que alcanzó una expansión y una repercusión continentales.

Las actuales influencias y los acentos propios del Manifiesto de 1918 son complejos en su síntesis declarativa. La herencia de la Independencia y del internacionalismo continental está presente, además de la influencia libertaria anarco-sindicalista de la Federación Obrera de Córdoba. También hay ideas republicanas y democráticas, combinadas con una promoción a la acción.

El Manifiesto fue punto de partida de un movimiento amplio de carácter combinado: universitario, social y político, que alcanzó una expansión y una repercusión continentales. Se manifiesta como movimiento de estirpe antidictatorial, democrático, laico, de solidaridad con la España republicana, contra el fascismo. Su carácter antiimperialista se puso en primer lugar de la acción de los movimientos estudiantiles.

¿Y el horizonte de la política? La respuesta es inequívoca. No solo se creó una militancia social, libre, pluralista, sino que de su seno surgieron lideratos y partidos, movimientos de estirpe democrática, socialista y nacionalista. En “El ensayo reformista”, el maestro argentino José Luis Romero afirma que “de los movimientos juveniles reformistas salieron densos grupos de estudiantes que se encaminaron luego hacia los partidos políticos: algunos hacia los partidos burgueses tradicionales y otros hacia los partidos de izquierda... En Perú ocurrió un caso singular, pues lo que se llamó el APRA fue un partido nuevo formado sobre la base del reclutamiento estudiantil reformista y en relación con la experiencia social y política recogida en el movimiento universitario”.

El Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos celebrado en Uruguay en 1908, el Congreso de México (1910), al igual que el Congreso Estudiantil de la Gran Colombia celebrado en Bogotá (1910) son los antecedentes del movimiento de Córdoba. Este expresó la irrupción democrática del movimiento obrero, de las nuevas “clases medias” y de la conformación del Partido Radical presidido por Hipólito Irigoyen (1916-1922), que le dio paso a la reforma universitaria. Su sucesor, el presidente Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928), impulsó una política de contrarreforma.

El alcance internacional del movimiento universitario se expresó en el Congreso Nacional de Estudiantes de Cuzco, Perú, en 1920; el Congreso Internacional de Estudiantes de México (1921); en el de Chile y en los congresos nacionales de Cuba (1923) y Colombia (1924).

El ciclo reformista en Argentina continuará con algunas modulaciones hasta 1956, cuando se abrió de nuevo un ciclo de reforma universitaria durante 10 años. Después viene el periodo contrarrevolucionario de la dictadura militar (1976-1983), que destruyó la reforma, incluyendo el encarcelamiento, la desaparición y el asesinato de estudiantes y profesores.

El movimiento tenía la influencia potente de la Revolución Mexicana (1910-1920), que se irradió a todo el continente. Desde 1917 había comenzado la influencia internacional de la Revolución de Octubre, en Rusia, y la Segunda Internacional Socialdemócrata. Sin duda, el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) sacudió las estructuras económico-sociales de Argentina y del continente, creó nuevas expectativas y favoreció mentalidades hacia la Modernidad en sus diferentes variantes. Así las cosas, el centenario del movimiento de Córdoba hay que celebrarlo con entusiasmo.

 

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