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La película del miedo, un nuevo instrumento de gobierno urbano

El geógrafo Joel Kotkin, autor del libro La ciudad:una historia global(Editorial Debate), recuerda que además de la universalidad del hecho urbano, para comprender la ciudad es necesario responder la famosa y vigente pregunta de Heródoto: ¿qué hace grande a las ciudades y qué las lleva a su gradual desaparición? Para responder esto, el autor afirma que hay tres factores esenciales que han incidido en la salud de las ciudades: el carácter sagrado del lugar, la capacidad de proporcionar seguridad, y la economía. El presente análisis se centrará en la seguridad.

Dicha condición de la ciudad, la de ser un lugar seguro, continúa siendo válida; sin embargo el concepto ha ido evolucionando hacia sentidos muy diferentes a los tradicionales. En especial se deja sentir una militarización, notoria después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

En este sentido, el miedo se emplea para hacer de la urbe un lugar más controlado; resultado de esto es que la esfera pública se encoge. De hecho,de manera complaciente, el urbanita entrega porciones de su privacidad a cambio de una mayor sensación de seguridad. Parte de tal argumento está inspirado en El ministerio del miedo(Editorial Edhasa), obra de Graham Greene, quien ambienta la narración en el inicio de la Segunda Guerra Mundial en Londres durante el bombardeo alemán. Mientras la ciudad es asediada por una columna nazi, el vecino, el cura o el tendero se convierten en enemigos potenciales. El argumento de esta novela es útil para comprender el momento en que se encuentra la sociedad cuando no sabe a quién temerle.

El miedo individual y colectivo se refuerzan, retroalimentan y llegan en tropel, sustentados en una cascada de noticias como el caos climático, las amenazantes burbujas bursátiles, las pandemias a la vuelta de la esquina, la inmigración masiva o las amenazas de las fobias alimentarias; además se reviven viejos miedos, como la permanente amenaza de una guerra nuclear que se recuerda cada 6 de agosto con las imágenes de Hiroshima, y se crean otros, como el “castrochavismo”.

La suma de todas estas situaciones termina por hacer de esta época la era del miedo y convierte a la ciudad en el espacio de la desconfianza.

Sumatoria de estatuas de sal

A tales extremos se ha llegado, que uno de los fenómenos contemporáneos es el de la propagación del miedo, a tal punto que su administración permite que el Estado caiga en la tentación de hacer de este, de su difusión mediática, una gestión pública, y de ello resulta una nueva herramienta de gestión urbana: construir el miedo.

Para que resulte más eficiente dicha herramienta se ha requerido de la sincronización de las emociones colectivas, que resulta de la conversión del miedo en un sentimiento colectivo, como lo afirmaba el urbanista francés Paul Virilio.

Hay un esfuerzo por estandarizar las opiniones, y en especial por impedir que surjan otras que no sean las del miedo. Por ejemplo, todos los días los noticieros de televisión abren en la mañana con los testimonios de lo que ocurrió en la noche, “mientras la ciudad dormía”. Ese “ojo de la noche” calibra el miedo cotidiano mediante imágenes que se repiten en cada emisión y que luego los televidentes viralizan a través de las redes sociales.

Las imágenes que se divulgan muestran que la noche es peligrosa, que los ladrones están a la vuelta de la esquina y que las avenidas no son otra cosa sino las rutas de la muerte. Hay que temerle a la ciudad nocturna, hay que desconfiar de ella y de aquellos que la frecuentan.

El resultado es la pérdida del espacio público. Estas imágenes, de gran audiencia, muestran una ciudad escenario de delitos, como si en la noche no sucediera nada más, cosa que va en contravía con lo que debe ser una ciudad cosmopolita, moderna y globalizada.

Unas imágenes convierten el espacio público en un escenario de accidentes, en otros de asaltos y otras registran a asustados ciudadanos sobrevivientes de los incidentes, algo paradójico si se tiene en cuenta que en las últimas décadas se afirma que el espacio público se ha incrementado gracias a la creciente oferta de andenes, parques y calles rescatadas de las privatizaciones urbanísticas.

La crónica roja

Entre 1943 y 1953 Felipe González Toledo introdujo un nuevo estilo de crónica judicial, o antes llamada “crónica roja”, en el periodismo colombiano. William Ramírez Tobón, investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) de la Universidad Nacional de Colombia (UN), afirma que el bogotano hizo de estas noticias “una institucionalidad disciplinaria orientada a homogeneizar y normalizar la conducta”.

En los años de La Violencia el miedo se vivía entre liberales y conservadores. La militancia política mediaba en la sociabilidad urbana y dividía el espacio urbano. Para unos los “chulavitas” eran los bárbaros, mientras que para los otros la “chusma roja” era a quienes había que temer.

El Frente Nacional permitió superar este periodo y con ello fueron desapareciendo estos miedos, pero aparecieron otros personajes a quienes había que temerles: los “gamines”, por ejemplo, niños habitantes de la calle, autores de acosos callejeros a los transeúntes desprevenidos hasta que la limpieza social los erradicó de las ciudades y fueron sustituidos por los mal llamados “desechables”, quienes se fueron apropiando de “parches” de la ciudad. Hasta entonces era claro quién producía miedo, hoy se ha generalizado.

Cámaras de vigilancia no reducen sensación de inseguridad

La destrucción de la confianza genera una pérdida de cohesión social, que es lo que permite actuar en el espacio público como ciudadanos. Si no se considera al otro como merecedor de confianza no se construye espacio público; si no se acaba con la sensación de inseguridad no se puede actuar en los espacios de participación. El miedo medra la seguridad ciudadana que se basa en la equidad y la justicia. Además le otorga más poder a las instituciones del Estado que deben velar por la seguridad.

Es importante señalar que las cámaras de vigilancia –1.500 en Bogotá en 2018 frente a 267 en 2015– son la materia prima de las imágenes que muestran los telenoticieros, otra paradoja urbana, ya que la proliferación de aparatos crea un ambiente de miedo en la ciudad, sobre todo en los barrios “populares”, pues en los estratos altos hay vigilancia armada privada.

El material gráfico casi siempre registra la presencia de la Policía resolviendo el caso o anunciando que ya están tras la pista de los delincuentes.

Con la dosificación cotidiana del miedo, con su administración y la calibración que se hace en los medios de comunicación, pierde la ciudadanía y pierde la ciudad, en este caso Bogotá, que de manera contradictoria está en trance de convertirse en una urbe cosmopolita, pero suprime a la noche como parte del día.

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