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La normalización de la violencia, una de las causantes del miedo en los colombianos

Según una investigación desarrollada por la Maestría en Sociología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), existen diferentes formas de resistencia ante la realidad compleja en la que habita la sociedad colombiana, cuyos miembros, como defensa y modo de articulación con el movimiento sostenido y prácticamente obligado del desarrollo y la competitividad, han elaborado estrategias de sobrevivencia, en ocasiones instintivas, que incluyen el miedo como mecanismo de respuesta inmediata frente a una amenaza real o imaginada.

Sin embargo en el caso colombiano el miedo se establece como respuesta a lo que Pierre Bourdieu denominaba “violencia simbólica”, es decir aquella enraizada en lo cultural y normalizada por los individuos y la sociedad.

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Miedo es el nombre que se le da a la incertidumbre: desconocer el riesgo y suponer el origen, la forma, la eficacia y la manera de mitigar dicho riesgo. Este acercamiento a la definición del miedo dada por el sociólogo Zygmunt Bauman permite afirmar que desde la incertidumbre el miedo se transforma en una herramienta que se utiliza para conducir las decisiones y evitar las reacciones instintivas de protección o lucha individual o colectiva.

¿De dónde viene el miedo en Colombia?

El miedo que adoptó la sociedad colombiana se ha desarrollado en etapas invisibles, pues cuando las amenazas y las formas de contenerlas se generaron sistemáticamente, como el caso de los grupos armados ilegales y el fenómeno del narcotráfico, que a pesar de su evidente existencia no se hacían presentes en los debates comunitarios dentro de las formas tradicionales de unión social.

En esta primera etapa, los miedos fueron legitimados, catalogados como individuales y normalizados dentro del riesgo que implica la civilización. La “violencia” surgió en 1900 y fue heredada en las sucesivas guerras civiles de finales del siglo XIX.

A principios del siglo XX los miedos ocurrían en espacios aislados de la cotidianidad y del desarrollo como nación, y solo entran en la discusión del orden oficial y en el debate público con el golpe militar del general Gustavo Rojas Pinilla en 1953, para declarar su finalización –en el ámbito público y en los libros de historia– con el pacto bipartidista llamado “Frente Nacional”.

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El desplazamiento forzado del 20 % de la población colombiana de la época (más de 2 millones de personas) hacia las ciudades capitales, y el asesinato de cerca de 175.000 personas quedaban atrás y las acciones del Gobierno y los titulares de prensa se centraban en las relaciones comerciales internacionales, como la visita del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, y del papa Pablo VI en la década de 1960 y la creación de sistemas de crédito (UPAC), la apertura de la mina el Cerrejón y la autorización por decreto de equipos y transmisión de televisión en color en los años setenta.

Sin embargo la década de los ochenta del siglo XX, tiempo en el cual estos miedos se apoderan de los debates públicos, se alcanza una segunda etapa, cuando la sociedad es consciente de amenazas incontroladas: el asesinato de cuatro candidatos presidenciales (Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo), del ministro de justicia, Rodrigo Lara, del procurador General Carlos Mauro Hoyos, del director de El Espectador, Guillermo Cano, además de la toma del Palacio de Justicia, el exterminio de más de 1.500 miembros del partido Unión Patriótica y una romería interminable de personas forzadas a sobrevivir en las ciudades principales del país, debido a la expansión del cultivo de plantas de uso ilícito.

El miedo generado por estas acciones más cercanas a lo cotidiano desencadenó una serie de conflictos y debates sobre la distribución de responsabilidades y la necesidad de darles predominancia a las formas de contrarrestar la amenaza, anulando los sistemas de seguridad establecidos, llegando en este caso a la creación de una nueva Constitución Política y, como lo plantea Ulrich Beck, “diluyendo la relación de la sociedad con la cultura tradicional y con el espacio donde se habita, creando desconfianza social, institucional y corporativa y la redefinición del contexto de decisión ante el riesgo”.

Desde entonces y hasta hoy la sociedad colombiana construye las nociones de riesgo, amenaza, peligro y genera modos de respuesta estandarizada, según el conocimiento social y las fuentes de información tradicionales.

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Es así como se da prioridad a temas de vigilancia y seguridad aumentando el pie de fuerza como medio de control del delito; incrementa la complicidad con el crimen de la corrupción, en un margen de tolerancia y apatía que solo exige la libertad para transitar y trabajar sin convertirse en víctima, y, en especial, se simplifica la complejidad social al encontrar los “sospechosos de siempre”.

Un ejemplo de esta situación se puede observar en el discurso sostenido de los noticieros nacionales y regionales, cuyo contenido –según una investigación de la Universidad de La Sabana, financiada por la Comisión Nacional de Televisión– es 29 % sobre temáticas judiciales y políticas. Sin embargo, según el mismo estudio, el 17 % de la información no posee una fuente definida y el 34 % está centrada en la fuente de información, sin verificación.  

La solidaridad que prospera en la sociedad colombiana es la del miedo, pero a partir de un estado de atomización social en el que cada uno solo puede confiar en su propia habilidad para eludir el peligro, sumado a la normalización de la violencia y del delito. En este caso también es posible analizar la carga de contenidos de los noticieros, de los cuales el 27 % corresponde a la franja de deportes y entretenimiento.

La investigadora en Ciencias Sociales y activista mexicana Rossana Reguillo propone que una situación de miedo puede ser pasajera: una atmósfera de miedo necesita ser sostenida por la acción continua de los factores que la suscita. Es así como el miedo se constituye en una herramienta para lograr ciertos propósitos: establecer un proyecto legislativo, como el Estatuto de Seguridad del expresidente Julio César Turbay Ayala o la seguridad democrática del senador Álvaro Uribe Vélez; mejorar la imagen de un personaje y motivar su popularidad en época de elecciones, para lo cual se puede analizar el informe de la Fundación Paz y Reconciliación.

Además, permitir recursos para la compra de armamento, rubro en el que Colombia pasó de un gasto del 2,5 % de promedio del PIB en la década del noventa a un 3,8 % en la primera década del siglo XXI y un promedio cercano a esta cifra de 2010 a 2019, según datos del Departamento Nacional de Planeación; restringir el acceso a espacios determinados, los ejemplos más llamativos son las restricciones de circulación en la Región Pacífica; o desconfiar de una comunidad específica, situación en la que las afirmaciones desafortunadas del exprocurador general de la Nación, Alejandro Ordóñez acerca de los migrantes venezolanos, desatan expresiones xenófobas en Colombia.

Estos son algunos de los resultados de una sociedad que normaliza y aprueba a través del miedo.

Más allá del miedo

El miedo como herramienta no se aferra a ninguna corriente de pensamiento ni está ligado a la aparición de una amenaza real y se nutre de situaciones potenciales e incertidumbres cognitivas generadas de manera arbitraria, presentando la realidad y sus acontecimientos como inevitables, estableciendo en la sociedad un conocimiento colectivo basado en límites y restricciones, adaptando el ser a su entorno, real o impuesto, rompiendo la confianza y fijando la atención en las fuentes de peligro y en la identificación del daño potencial;

Un ejemplo claro de esto se representa en la instalación de “más de 5.000 cámaras de vigilancia” en Bogotá, “una estrategia de seguimiento a las diferentes modalidades de crimen”.

Las organizaciones y las instituciones, como lo mencionan Deleuze y Parnet, están “interesadas en administrar y organizar nuestros pequeños terrores” para generar incertidumbre y falta de control; de esta manera la amenaza potencial reduce la capacidad de resistencia y de vigilancia crítica de la ciudadanía.

El doctor en antropología y magíster en Ciencias Sociales de la Universidad de California (Irvine), Andrés Salcedo lo define como “amenazas simbólicas”, que son las encargadas de generar niveles de apropiación y de prohibición de espacios y rutas, niveles de cercanía en las relaciones sociales; tradiciones y rituales religiosos de protección y acuerdos sociales o programas institucionales como cerramientos y vigilancia que ofrezcan invulnerabilidad. El resultado es la disminución de los contactos sociales e “ideología intolerante y vigilante”.

El miedo como herramienta no desaparece de las rutinas sociales, así que utiliza los medios y las tecnologías de la comunicación como gestores. El antropólogo sociocultural, Leonardo Ordóñez menciona que los efectos performativos de los medios no se agotan en la difusión de un hecho en particular, en un tiempo específico, es una advertencia constante ante la posibilidad de pasar de ser espectador a protagonista y transformándolo en un espectáculo que genera un deseo creciente por imágenes violentas en la sociedad.

En este sentido, es la autoridad, quien ofrece estrategias de contención ante la amenaza, siendo la más adecuada la búsqueda de protección en horarios y espacios seguros, espacios que cierran y rompen los lazos sociales, pues el otro, el potencial agresor, se encuentra en los entornos cercanos, y en los representantes de la autoridad y la institucionalidad ausente.

Por esto, el miedo como herramienta no tendrá solamente criterios inhibitorios, sino, como lo propone el antropólogo francés Marc Augé, la capacidad para aprender, sortear, identificar y recopilar información de lugares y significados socioeconómicos y culturales de los recorridos habituales del individuo son lo que logran generar estereotipos y prejuicios del espacio y la comunidad donde habita a través de la información que se recibe.

Como remedio a la paradoja del miedo, salen a relucir la astucia, la valentía y la respuesta agresiva como valores sociales que terminan siendo acuerdos tácitos que acogen o callan las formas en las que las personas reaccionan ante una situación determinada.

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