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La malicia histórica detrás de la cédula

Imagine que el trámite de su cédula no lo hiciera en una registraduría sino en la sede de un partido político, donde además, le tomarán la foto gratis. Ese documento de identificación ofrecerá información sobre su sexo, estatura, detalle de sus labios, nariz, boca e, incluso, de sus defectos físicos. ¿Impensable? No, porque estas fueron las prácticas empleadas por liberales y conservadores en 1935 para identificar a sus afiliados y garantizar sus votos. Así se expidieron las primeras cédulas en Colombia.

Cuando la Ley 31 de 1929 creó este documento único de identidad, lo hizo con el objetivo de lograr transparencia en los resultados electorales, cuestionados por las dos organizaciones políticas en contienda. Sin embargo desde sus inicios ha sido utilizado con fines poco altruistas, y la desconfianza que ha marcado su trayectoria lo convirtió en un instrumento ineficaz contra el fraude electoral, pese a que este año completa 89 años de vida jurídica.

Esta es una de las principales conclusiones de una investigación realizada por los sociólogos Olga Restrepo Forero, Sebastián Guerra Sánchez y Malcolm Aschmore, de la Universidad Nacional de Colombia (UN), sobre la historia de la cédula en el país, un objeto que por ser cotidiano pocas veces había sido estudiado, pese a que es vital para acceder a todos los derechos ciudadanos. Sin él, “el indocumentado es un excluido”.

Origen en medio de crispación política

La creación de la cédula en la década de los treinta, estuvo marcada por la fuerte confrontación entre los partidos tradicionales, Liberal y Conservador, que se denunciaban mutuamente por corrupción e intentos de modificar los resultados electorales a su favor.

La “pureza del sufragio” era, por tanto, uno de los propósitos a los que le apuntaban las reformas al sistema electoral de esos años, con el argumento de que “la nueva norma cambiaría la situación”.

Los liberales impulsaron la iniciativa de crear un documento único que permitiera validar el número real de ciudadanos habilitados para votar. Eso despejaría cualquier duda sobre qué partido ganaba cada elección.

También se encargaron del primer proceso de cedulación realizado en el país, lo cual generó toda suerte de suspicacias por parte de los conservadores. Tanto así, que después de 1935, cuando circularon las primeras cédulas, las sospechas se habían multiplicado.

El Partido Conservador denunció que el nuevo documento se estaba expidiendo de manera preferente en los municipios de filiación liberal, con lo cual se excluía a sus miembros. Por eso, las colectividades decidieron financiarles a sus afiliados la toma de las fotografías requeridas para la cédula, y de esta manera garantizar su expedición y voto.

Un documento para doblar y votar

La primera cédula de ciudadanía fue un papel fino, escrito a mano, de 17 cm por cada lado, por lo que debía doblarse en cuatro y hasta en seis partes para guardado en el bolsillo del pantalón de los hombres, que en ese momento eran los únicos que tenían acceso al documento una vez cumplían 21 años. Las mujeres, accedieron a ellas hasta 1954, cuando se reconoció su derecho al voto.

Según los investigadores, el detalle de la descripción tenía una conexión con el bertillonaje, un método desarrollado en Francia por Alfonso Bertillon para identificar el cuerpo de los criminales, con el fin de reconocer a los reincidentes.

Para la profesora Olga Restrepo, codirectora del estudio, el detalle de la descripción física tenía una alta carga racial en el país, por lo que “la cédula, lejos de configurar ciudadanos iguales, contribuía a solidificar marcadores raciales establecidos desde tiempo atrás”.

Si bien el documento se presentó inicialmente como un símbolo temprano de tecnología avanzada para controlar los procesos electorales, casi de inmediato (en 1934) se volvió obligatorio por norma, y se le atribuyeron otros usos como:

  • Aceptar cualquier empleo remunerado.
  • Celebrar contratos.
  • Presentar demandas.
  • Matricularse en colegios y universidades oficiales.
  • Obtener pasaportes.

Para el investigador Sebastián Guerra Sánchez, desde entonces se identifica un patrón de “escalada tecnológica” que ha determinado cada cambio de modelo de la cédula, lo que demuestra una convicción de que a mayor tecnificación en las elecciones, menores posibilidades de corrupción.

Desconfianza impulsa modernización

Las sospechas de los dos partidos sobre la expedición y el control de la cédula generaron la proliferación de normas destinadas a su correcta interpretación y uso: “a los siete años de creada, la compilación de normas sobre la cédula ya completaba siete leyes, 16 decretos y seis resoluciones”, reseña la investigación.

La investigadora Restrepo afirma que aún en la actualidad “la cédula entraña, en sí misma, la desconfianza sobre quién es usted”. Por eso es usual que se la exijan para hacer cualquier compra con tarjeta de crédito, transacción bancaria o para el ingreso a una entidad pública o privada.

Lo anterior explica la obsesión por lograr un documento “infalsificable”, lo que justificó los cuatro modelos de cédula que ha tenido el país: “cada uno fue diseñado para superar al anterior, como un instrumento más seguro ‘imposible de falsificar’, que garantizaría  una precisión total en la identificación”, señala el estudio.

Cédula blanca y laminada

Del primer modelo de papel se pasó a la cédula blanca y laminada. El país vivía una cruenta violencia desatada por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948. No obstante, el gobierno conservador de Laureano Gómez logró que le aprobaran ese mismo año la Ley 80 sobre asuntos electorales.

La norma establecía que el Gobierno contrataría en Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Holanda, Suecia o Canadá una misión técnica para dictaminar los sistemas de identificación y cedulación.

Aunque solo los dos primeros países contaban con la experiencia de que los ciudadanos tuvieran un documento de identidad, se escogió a Canadá, que no la tenía. Ello explica que su propuesta fuera una adaptación de una tarjeta creada para reconocer una sección de la Real Policía Montada de Canadá, y no una para identificar a los ciudadanos en general.

Para la producción de las nuevas cédulas se utilizó la cámara fotográfica Monroe-Duo, cuya ventaja, según los canadienses, era que al tomar la foto mantenía juntas las impresiones de tres elementos que antes estaban dispersos: la huella del ciudadano; su reseña, que ahora se hacía en máquina de escribir; y su foto. Así se obtenía un negativo con los datos del documento y dos copias.

La nueva cédula fue expedida por la Oficina de Cedulación del Ministerio de Gobierno; era más pequeña que la anterior (9 x 5 cm) y eliminaba los datos de domicilio del ciudadano, lo cual era razonable si se tiene en cuenta la migración de campesinos a las ciudades registrada a mediados del siglo XX, en buena medida causada por la violencia.

Solo se mantuvieron tres datos de descripción de los ciudadanos: estatura, color y señales particulares. Aunque era más fácil de llevar que la anterior y prescindió de los datos asociados con la raza, conservó la información sobre el color de la piel, lo que “muestra que la población todavía se concebía y seguiría siendo marcada en estos términos”, coinciden los investigadores.

El 24 de noviembre de 1952 se expidió la primera cédula, cuyo titular fue Laureano Gómez, el primer ciudadano cedulado con el nuevo modelo. Su documento de identidad fue el número 1.

Sin embargo la tecnificación del proceso mostró sus debilidades dos años después, cuando se tuvo que expedir el decreto 51 de 1954, en el que se reconocía que la cámara Monroe-Duo “no dio resultados satisfactorios”, y por lo tanto se autorizó a los ciudadanos a presentar dos copias de su retrato.

Según los investigadores, a pesar de estos problemas, los detalles técnicos de fabricación; la participación de la misión canadiense; el modo de expedición, clasificación y control del documento; y la inclusión de la mujer como ciudadana, contribuyeron a que la cédula se percibiera como un documento neutral. Su uso se volvió natural para identificarse, votar y ejercer otros derechos políticos.

La obsolescencia da lugar a tercera cédula

Entre 1990 y 1993, el Gobierno justificó el cambio de la cédula blanca y laminada por un tercer modelo que “se presentó como una solución segura, aunque aparentemente temporal, a los problemas de falsificación de la cédula blanca”.

Dentro de las características de seguridad estaba el código de barras, el holograma, las microimpresiones y las marcas de agua y ultravioleta, que ahora sí blindarían a los ciudadanos contra la falsificación. El tamaño de este modelo era de 8,5 x 5,5 cm e incluía los datos de sexo y tipo sanguíneo.

Para su producción, al igual que el modelo anterior, fue contratada la firma extranjera American Bank Note Company y requirió la compra de nuevos por valor de tres millones de dólares. Una tendencia que desde la contratación de la Misión Canadiense ha alimentado, según los investigadores, una “escalada tecnológica” que ha robustecido un gran negocio en torno a los procesos de identificación de ciudadanos en el mundo.

El tercer modelo solo duro siete años a pesar de que contaba con sofisticadas característica. Después se comunicó un nuevo avance tecnológico que dio lugar al cuarto y último modelo de cédula colombiano, que es el que está vigente hoy en día. Se trata de una cédula con imágenes en tercera dimensión de color amarillo. Sus datos se reducen a nombre y apellidos completos, número de la cédula, fecha de nacimiento, estatura, grupo sanguíneo, sexo y fecha y lugar de expedición. Dispone de un sofisticado “código de barras, holograma, microimpresiones, marcas de agua y marcas ultravioleta”, describe la investigación.

La cédula amarilla actual

El proceso de masificación del modelo actual fue adelantado por la firma Sagem Securité, otra de las empresas dedicadas al negocio de la identificación en el mundo. En 2005 se renovó el contrato de esta firma no solo para producir las nuevas cédulas, sino para renovar la de todos los colombianos.

Al final del recorrido histórico, el investigador Malcolm Ashmore, concluye que, lejos de ser un documento generador de confianza, la cédula de ciudadanía ha servido para evadir el debate sobre los problemas políticos que pretendía resolver:

  • Fraude electoral
  • Inclusión política y social
  • Formación de nuevas formas de ciudadanía

A esto ha contribuido la escalada tecnológica que desplazó la discusión política a la técnica porque se pone toda la fe en la tecnología “para solucionar problemas que poco o nada tienen que ver con una solución tecnológica, como la compra-venta de votos, los fenómenos de trashumancia, el trasteo de votos o la intimidación para votar o no votar”, concluye la investigación.

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