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La historia contada como ficción

Recientemente el artista plástico Juan David Laserna obtuvo la más reconocida distinción en Colombia a las artes plásticas: el Premio Luis Caballero. Egresado de la Universidad Nacional de Colombia, Laserna participó en la novena edición del premio con su instalación “Set”, apropiándose del espacio del Archivo de Bogotá para presentar una obra conformada por video, escultura, y una serie de pinturas de gran formato trabajadas con rigurosidad “hiperrealista”, en las que recreó fotogramas extraídos de la serie de televisión Escobar, el patrón del mal.

En estas imágenes Laserna reflexiona sobre cómo la pedagogía de la historia de Colombia –ante la falencia de las asignaturas de historia– está siendo suplida por la televisión, que transmite una versión según sus propios parámetros mercantilistas y creando un público a través de estrategias. En su afán de realismo, las series pasan de ser consumidas como simple entretenimiento para convertirse ante los ojos del espectador en un testimonio histórico de los hechos ocurridos en el país, en un documento riguroso. De esta forma, el acceso a la historia de Colombia ha sido desplazado del archivo físico de la biblioteca y la hemeroteca por el de la inmediatez mediática, gracias a esta facilidad con que se aproxima a un espectador poco exigente.

La humanización de los capos de la droga a través de las series ha promovido un cambio de 180 grados en la mirada en torno a ellos, convirtiendo en mártires a quienes eran puestos como monstruos en el escarnio público.Y cuando la ficción adopta el papel de la realidad, la historia queda reinterpretada e irresponsablemente divulgada. En su afán de hiperrealismo, aquella ha desplazado la idea de entretenimiento para convertirse en una suerte de documental.

Al plantear estas imágenes en una instalación que aludía a un museo, se lograba poner en duda tanto a las instituciones de memoria como la legitimación de la imagen histórica ante los ojos del espectador, cosa que quedaba comprobada cuando algunos jóvenes asistentes a la exposición no lograban distinguir entre el Pablo Escobar real y el de la ficción.

Colombia no se queda atrás al sacar réditos y provecho de su miseria, tal como lo hacen las versiones hollywoodenses de Escobar que ya cuentan con personajes reconocidos como el actor y productor puertorriqueño Benicio del Toro y el actor español Javier Barden, entre los interpretes del narcotraficante. En recientes producciones internacionales como Narcos, a su protagonista, Wagner Moura, se le cuestionó no poder dar una remembranza fidedigna de Pablo Escobar por carecer del acento paisa distintivo.

La humanización de los capos de la droga a través de las series ha promovido un cambio de 180 grados en la mirada en torno a ellos, convirtiendo en mártires a quienes eran puestos como monstruos en el escarnio público.

El pensamiento crítico del espectador parece centrarse en los recursos hiperrealistas (que reproducen la realidad casi como una fotografía), con los que el actor es obligado a encarnar al personaje, otrora real, aspecto que el Premio Oscar ha glorificado en las representaciones de personajes históricos. De esta forma, Laserna reflexiona en el hiperrealismo como una mirada superficial a un acontecimiento. Así, aquello que era tomado por virtud no es más que vacío.

El museo no está lejos de ser un set de televisión como propone Laserna, un espacio en el que la historia oficial ha sido narrada desde el poder. Por fortuna, las instituciones de memoria han replanteado sus miradas a la historia y se han abierto a proponer nuevas interpretaciones que por fin nos desmarcan de los discursos unilaterales y oficiales que durante décadas enunciaron dictatorialmente los museos.

El “Set” de Laserna pone en discusión estas narrativas de poder como agentes pedagógico-demagógicos que se enuncian en espacios de comunicación masiva, los cuales a primera vista cuentan con una autoridad que parece difícil de controvertir o desmontar. Por tanto, equiparar el formato audiovisual de una “novela” con un archivo nacional parece un maravilloso oxímoron, una inconsecuencia lógica. La imagen se convierte en historia en la medida en que se instaura en la memoria como recuerdo de un pasado memorable compartido. Su maldición y paradigma es el de ser más consultado como documento que una fuente primaria y hacer de él un aspecto de la realidad.

Al reproducir la precariedad de ese escenario histórico en el que coroneles y agentes de la DEA posaban en un cuadro horroroso frente al cadáver del hombre más buscado del mundo, la ficción y la alusión al montaje nos interpelan incluso frente a la misma historia real,

Esa inconsecuencia entre el vacío del hiperrealismo y la necesidad de impregnarle a la pintura un trasfondo que la incorporara como escenografía de un museo le dio la vuelta a la pintura de Laserna. Además de pintura no puede dejar de ser visto como un objeto que forma parte de una instalación. En un premio con nombre de pintor que rara vez se gana con pintura, el trabajo de Laserna hace una doble reacción: el de la pintura como elemento crítico y el del quehacer como acto conceptual y reflexivo.

En cualquier caso, la obra de Laserna no es una obra política, o por lo menos no con esa primera impresión con que aparece toda una iconografía del narcotráfico. Aunque aborda los periódicos como elementos documentales que pretenden en su insignificancia sopesar las hiperproducidas imágenes de la televisión, en los relatos en torno a la muerte de Rodrigo Lara y el destino de sus tristes verdugos, las obras no son usadas como una facilista denuncia de un país que se dejó someter por el imperio de la droga.

El museo no está lejos de ser un set de televisión como propone Laserna, un espacio en el que la historia oficial ha sido narrada desde el poder.

Los alcances del proyecto de Laserna plantean la temática como una excusa genérica sobre el poder mediático de la imagen, por lo que el final de la exposición con el escenario del tejado en chromakey da un brillante cierre a lamuestra. Al reproducir la precariedad de ese escenario histórico en el que coroneles y agentes de la DEA posaban en un cuadro horroroso frente al cadáver del hombre más buscado del mundo, la ficción y la alusión al montaje nos interpelan incluso frente a la misma historia real, en la que decenas de versiones se disputan el anhelado rol de haber apretado el gatillo.

Posar frente al cadáver de Escobar convertía a los integrantes de la imagen en protagonistas de la historia, y ellos, sabiéndolo, construyeron en esa precaria imagen su propia versión, la misma que en numerosas series y películas es recreada con fidelidad por basarse en un documento histórico.

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