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La guerra comercial entre EE. UU. y China, una batalla que puede lesionar a todos los países

A partir de esta semana entran en rigor las medidas tomadas por el presidente Donald Trump sobre las importaciones chinas a los Estados Unidos. En esencia, se trata de una tarifa inicial del 10 % sobre una serie de productos que pertenecen a seis categorías:  electromecánicos, de la industria ligera, textiles y ropa, recursos y químicos, productos agrícolas y productos farmacéuticos (Xinhuanet, 23/09/18) y que representan un consumo equivalente a 200.000 millones de dólares.

Esta medida mereció una respuesta inmediata por parte de las autoridades chinas, que a su vez han tomado la decisión de imponer aranceles a las importaciones estadounidenses por valor de 60.000 millones de dólares, una reacción que podría conducir a la que Trump llama la “tercera fase”, que supondría una imposición de aranceles que podría llegar a los 267.000 millones de dólares (Univisión, 18/09/18).

Pareciera que asistimos a una guerra comercial sin precedentes en la historia reciente del capitalismo, solo precedida quizás durante la existencia del mundo bipolar en la época de la “coexistencia” bloque soviético y potencias occidentales, cuya expresión más emblemática la constituyó la guerra espacial, además, claro está, de la guerra armamentista. Esta guerra comercial ha sido llamada por algunos como “la nueva Guerra Fría” (The New York Times, 19/09/18).

Las razones esgrimidas por la administración Trump para tomar estas decisiones radican en el malestar que persiste por las medidas adoptadas por el Gobierno chino en materia de comercio exterior y propiedad intelectual, que la primera considera como prácticas desleales.

Por su parte, China cree que el comportamiento del Gobierno de los Estados Unidos estaría minando las bases del libre comercio mundial y le acusa de ejercer “hostigamiento comercial” (CNNESPANOL, 17/09/18), y que para poder “salvaguardar sus derechos e intereses legítimos y el orden mundial de libre comercio” no le quedaba otra alternativa que responder en igual medida (Andrew Galbraith y Luoyan Liu, The Independent, 21/09/18).

Frente a un incremento del déficit en la balanza comercial del 12,1 %, equivalente a 566.000 millones de dólares, de los cuales China participa con algo más de 375.000 millones (Sputnik, 03/06/18), la intención del presidente Trump es, según sus propias palabras, defender el empleo de los trabajadores estadounidenses en buena medida reapuntalando la actividad de las industrias de su país en su propio territorio.

A juicio de algunos analistas, incluso cercanos a la Casa Blanca, según The Independent (18/09/18) la intención de Trump va más allá de restablecer un comercio “justo”. Así se lo hizo saber el presidente de EE. UU. a la empresa Apple que manifestó su preocupación por el impacto que dichas medidas tendrían en los precios finales al consumidor estadounidense, ya que muchos de sus productos son ensamblados en China.

La respuesta de Trump da cuenta de dicho propósito: “los precios de Apple pueden aumentar debido a los aranceles masivos que podemos estar imponiendo a China, pero hay una solución fácil en la que habría un impuesto cero, y de hecho un incentivo fiscal: haga sus productos en los Estados Unidos en vez de en China” (The Independent, 09/09/18).

Por su parte China tiene el firme propósito de continuar con su programa “Made in China 2025”, con el cual quiere posicionarse como país líder en industrias de alta tecnología, tales como robótica e inteligencia artificial, camino que ha logrado trasegar hasta el momento sobre la base de lo que se conoce en el argot de los planificadores como “ingeniería inversa” que, desde su perspectiva, es un mecanismo de transferencia de tecnología para consolidar su capacidad tecnológica nacional. Además China persiste en su iniciativa de “Cinturón y Carretera” (Belt Road Initiative BRI) a través de la cual busca expandir sus lazos comerciales.

Una guerra que puede dañar muchas economías

Según Steve Bannon, antiguo estratega de la Casa Blanca, la medida del presidente estadounidense Donald Trump es hacer que la guerra comercial con China sea de “una magnitud sin precedentes” e “insoportablemente dolorosa” para Pekín (South China Morning Post, 21/09/18).

Dicha perspectiva es la que habría llevado a Jack Ma, dueño de Aliababa Group, a desistir en la creación de un millón de empleos en los Estados Unidos, sobre la base de unas relaciones comerciales amistosas entre los dos gigantes, y quien no ve una solución a esta tensión en el corto ni en el mediano plazo (The New York Times, 19/09/18; Univisión, 20/09/18; NBCnews, 20/09/18).

Las apuestas sobre cuál de las dos economías quedará más golpeada por esta confrontación comercial son difíciles de anticipar. En parte hay resentimiento en ambos países, y sin duda, seguir esta dinámica dependerá de la capacidad de resistencia de sus aparatos productivos.

Por lo pronto no serán ellos los únicos perdedores. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estimaba un crecimiento mundial de 3,7 % para 2018 y 2019. Sin embargo, producto de esta guerra comercial ha reducido sus pronósticos en 0,1 y 0,3 puntos porcentuales respectivamente (The Guardian, 20/09/18).

Este escenario de guerra comercial entre las dos potencias más grandes, impactaría entonces casi sin excepción todas las economías. Valga decir que en las últimas crisis que han tenido su origen en los países industrializados, los países en desarrollo han sido los que han debido soportar las mayores cargas, ya que sus exportaciones siguen dependiendo de manera importante de las llamadas commodities, o materias primas.

En este campo, por un lado las exportaciones colombianas podrían sufrir el “coletazo” de una depresión de la economía mundial, y por el otro, en la medida en que las decisiones proteccionistas adoptadas por el Gobierno de los Estados Unidos no son exclusivas para las importaciones chinas, sino que han afectado incluso la de países europeos y americanos (v.g. Canadá y México), las exportaciones colombianas estarían expuestas a tener un tratamiento similar en aquellas que podrían afectar la competitividad de empresas estadounidenses.

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