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La esquiva seguridad en Bogotá y la paradoja de la Reina Roja

Después del El Bogotazo, el 9 de abril de 1948, el Gobierno nacional solicitó la ayuda de la prestigiosa policía londinense Scotland Yard para aclarar el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Más allá de los resultados de esta asesoría, que sirvió de poco, los bogotanos se ufanaban de que al llegar los detectives al entonces Aeropuerto de Techo fueron robados por los aventajados carteristas criollos.

No hay registro de la veracidad de este hecho, pero sí de que se convirtió en una leyenda urbana que, junto con otras del mismo corte, han contribuido a crear la representación de Bogotá como una ciudad insegura. Y en esto han tenido mucho que ver la inoperancia de dos instituciones clave en la construcción de la seguridad: la Policía y la justicia.

Precisamente el magnicidio de Gaitán es el hecho más recordado del infausto periodo de la Violencia, que fue uno de los momentos de mayor impunidad en nuestra historia contemporánea. El aparato judicial juzgó a muy pocos, y los condenados fueron aquellos que ocupaban los puestos más bajos de la sanguinaria cadena de mando de esta Violencia, pues ningún autor intelectual fue juzgado.

A su vez la Policía no pasaba de ser el brazo armado del partido Conservador. Todo esto deterioró profundamente la credibilidad del Estado como fuente de justicia y regulador de la fuerza pública. En la memoria quedó la imagen de las masacres como también de la impunidad.

La aplicación de sistemas computarizados les permitió a las autoridades saber dónde se encontraban los policías, lo que, sumado a la política de “cero tolerancia”, o la teoría de las ventanas rotas, permitió un mayor control de la fuerza pública.

Por supuesto que esto cambió y las instituciones han ganado credibilidad en especial en la Capital, más que en otros lugares, debido a que se ha hecho un esfuerzo exitoso de construcción de instituciones modernas y de  cultura de respeto por lo público. Pero también ha evolucionado el delito. Para entender mejor esto podemos citar a Lewis Carrol, quien en una escena de su libro Alicia a través del espejo narra cómo Alicia no avanza a pesar de correr mucho y permanece en el mismo lugar, frente a lo cual la Reina Roja advierte que para lograrlo debe correr más rápido.

Esta figura es empleada por los científicos estudiosos del comportamiento de los animales, para explicar que todas las especies evolucionan a la misma velocidad, pues si una lo hace de manera más rápida rompe el equilibrio que existe entre ellas. Si esta paradoja se aplica al tema de la seguridad, se puede afirmar que estamos en un momento en el que el delito ha evolucionado más que las instituciones y se ha creado un profundo desequilibrio.

La tecnología, clave para adelantarse a la delincuencia

Esto fue lo que vivió Nueva York hace unas décadas, cuando se convirtió en una ciudad sometida por la criminalidad. La ciudad recobró la iniciativa con una serie de transformaciones tecnológicas que, sumadas al aumento del número de policías, logró ir más rápido que la criminalidad.

La aplicación de sistemas computarizados les permitió a las autoridades saber dónde se encontraban los policías, lo que, sumado a la política de “cero tolerancia”, o la teoría de las ventanas rotas, permitió un mayor control de la fuerza pública. Según dicha teoría, el mantenimiento de los entornos urbanos en buenas condiciones contribuye a reducir el vandalismo y los índices de criminalidad; el uso de cámaras de seguridad y de teléfonos portátiles incrementó el registro tanto de los delitos como de las intervenciones de la Policía.

A esto se sumó una estricta política de represión de los mercados públicos de tráfico de drogas y no tanto del “narcomenudeo”, que es menos violento. Todo esto ha permitido que Nueva York logre indicadores de seguridad con las cifras más bajas desde 1951. En este caso, la tecnología le permitió al Estado local ir más rápido que la delincuencia.

En Bogotá el delito ha evolucionado y de pronto las instituciones encargadas de su represión no lo han hecho a la misma velocidad. Se reconoce el avance que significa la caída de los homicidios, pero delitos como “el paseo millonario”, el “fleteo”, el robo de celulares y el tráfico de estupefacientes, entre otros, ocupan los titulares de las noticias de los últimos años y son modalidades de reciente aparición.

Esto ha creado una percepción de inseguridad muy grande, porque, además de la evolución de los delitos, ahora se cuenta con los medios de comunicación que registran los hechos de manera espectacular, y que más allá de mostrar la eficiencia de la Policía en controlar la delincuencia, crean un ambiente de que esta institución interviene en la persecución de los delincuentes según la clase social de los afectados, como sucedió recientemente con el robo de un vehículo en el barrio Los Rosales, al norte de la ciudad.

El papel de los medios de comunicación

La emisión en los noticieros –de radio y televisión– de los testimonios de los delitos y accidentes nocturnos termina creando miedo a la vida nocturna de la ciudad. Es como si en la noche bogotana solo sucedieran atracos, accidentes fatales, asesinatos y riñas, los cuales sí suceden, pero no es a lo único que se reduce la vida nocturna de esta ciudad moderna que debe funcionar las 24 horas, como cualquier gran ciudad cosmopolita. La construcción del miedo al espacio público nocturno es uno de los fenómenos más importantes en la percepción de seguridad, y es urgente cambiar esta imagen.

La ciudad ha avanzado en el control del delito, y la creación de la Secretaría de Seguridad es todo un acierto en ese proceso. La criminalidad también avanza, y muy rápidamente, y si seguimos el ejemplo de Nueva York, es la tecnología la variable que nos puede ayudar a cambiar las velocidades de esta cruenta competencia entre “bandidos y policías”.

Es como si en la noche bogotana solo sucedieran atracos, accidentes fatales, asesinatos y riñas, los cuales sí suceden, pero no es a lo único que se reduce la vida nocturna de esta ciudad moderna que debe funcionar las 24 horas, como cualquier gran ciudad cosmopolita.

Las cámaras de seguridad se han convertido en instrumentos de probada eficacia, pero solo si sirven de medio para la intervención de la Policía. Es importante tener un mayor número de policías combatiendo el delito, pero que estén acompañados de un mayor control de su despliegue, y que esto suceda sin distingos de clase social.

Aquí cabe una reflexión, y es que el empleo de la Policía para escoltar a los políticos o a funcionarios públicos (en ejercicio o retirados) ayuda muy poco a que se tenga una mayor percepción de seguridad, pues estas caravanas convierten las calles de la ciudad en manifestaciones de poderes.

Las intervenciones que pueden contribuir a cambiar la tendencia de que el delito avance más rápido que las instituciones encargadas de reprimirlo es contar con más policías, ciertamente, pero haciendo lo que les corresponde, y que exista un mayor control a este brazo armado del Estado, que debe estar acompañado de un sólido aparato judicial.

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