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La dura batalla de los demócratas para ganar las elecciones de 2020

Para empezar, el Partido Demócrata confió inicialmente en el desgaste mismo del Gobierno y su poca efectividad para cumplirle las promesas al electorado; aunque la reforma al Sistema de Salud promulgado por el gobierno de Barack Obama y la aprobación de los recursos para construir el anunciado muro fronterizo no lograron el respaldo en el Congreso, la guerra comercial con China y la renegociación del tratado de libre comercio con México y Canadá le han permitido al presidente reclamar dividendos a su favor en materia comercial.
 

Puedes leer: Irán, el distractor de Trump para aliviar su juicio político.


Las cifras de una recuperación económica también lo favorecen, aunque ni las tasas de crecimiento son tan elevadas como se alardea, ni todas son atribuibles a medidas de la actual administración.
 

Sin embargo Trump satisface a sus partidarios: los conservadores religiosos se congratulan del nombramiento de jueces ideológicamente afines, y los nacionalistas respaldan su mano dura con los migrantes mientras las grandes fortunas celebran la reducción de impuestos y la desregulación estatal. Así, pese a la incorrección política, las “meteduras de pata” y la inexperiencia del mandatario en estos tres años de gobierno, la estrategia de desgaste no les ha significado a los demócratas un partido para allanar el camino al triunfo en las próximas elecciones.

La segunda estrategia fue el juicio en el Congreso para la destitución del presidente republicano, el cual concluyó recientemente con la absolución gracias a la mayoría republicana en el Senado. Los demócratas le apostaron al descrédito de Trump acusándolo de abuso de poder y de obstrucción al Congreso, sabiendo que los republicanos cerrarían filas para desestimar los cargos e impedir que el proceso siguiera su rumbo; el Partido Demócrata consideró que la apertura del impeachment o juicio político podría bajo el escrutinio público la actuación del presidente, dejaría una mancha en su historial y le restaría apoyo electoral.
 

Puedes ver: ¿Qué es un impeachment o juicio político?.


Para los acusadores eran tan contundentes la evidencia y la gravedad de los hechos, que aún si el mandatario era exonerado, se haría patente para el electorado indeciso el peligro de mantenerlo en la Presidencia. Sin embargo el proceso de destitución no sirvió para disuadir a sus adeptos –quienes desde el principio vieron el juicio como una jugada partidista– ni para posicionar a los demócratas como guardianes del equilibrio de poderes y de los valores de la democracia.
 

Las preocupaciones demócratas por el veredicto de la historia no bastaron, pues una vez más mostraron que la verdad no siempre triunfa ni la justicia se abre camino por sí sola.


La tercera estrategia se despliega ahora mismo en la selección del candidato del Partido en las elecciones primarias y los caucus que se empezaron en febrero, y que culminarán con la proclamación del elegido para enfrentar a Trump en la Convención Nacional Demócrata a celebrarse en julio. Aunque este podría ser el terreno más propicio para dar al traste con las aspiraciones del presidente a un segundo mandato, es allí mismo donde pueden enredarse aún más las cosas.


Para empezar, la capacidad de los campos rivales de enviar un mensaje claro y contundente es sustancialmente diferente. Trump no ha dejado de estar en campaña; puede dirigirse al electorado en cualquier momento y en cualquier parte del país, pues tiene una visibilidad mediática permanente y las redes sociales están alerta ante el menor gesto presidencial.


El candidato presidente tiene la capacidad para reiterar día y noche el mensaje en el que se jacta de su propio éxito al mismo tiempo que vilipendia a sus opositores. En contraste, los demócratas llevan a cuestas el debate al Partido, para elegir a su candidato mediante un procedimiento de consulta a sus bases. Más de una veintena de precandidatos postularon sus nombres el año anterior, de los cuales quedan 11 al inicio de las primarias; cada uno de los aspirantes a la nominación compite por los recursos y la atención de un electorado mucho más variopinto y fragmentado que el del campo rival.


Además: Liderazgo tecnológico, el problema real entre Estados Unidos y China.


A ello se suma un factor estructural: el bipartidismo estadounidense viene dando señales de agotamiento y revelando los límites del propio sistema político. De una parte, el Partido Republicano se ha venido desplazando más hacia la derecha y la extrema derecha del espectro político, recogiendo la insatisfacción y revelando el miedo de aquellos sectores que resienten los acelerados cambios como amenazas a su seguridad y su identidad. El ideario republicano ha sido reemplazado por la reacción defensiva frente a todo aquello que amenace el statu quo, y en ello Trump ha sabido interpretar esos temores y alimentar esas ansiedades con un relato defensivo y mesiánico.


Por su parte el Partido Demócrata ha devenido en una gran sombrilla bajo la que se guarecen visiones, aspiraciones y proyectos de la más diversa índole; precisamente todas aquellas que no se identifican ni encuentran espacio en el campo contrario, pero que tampoco logran hallar un terreno común que les permita tener una propuesta coherente para el ciudadano medio.
 

Entre las propuestas más moderadas y centristas de Joe Biden, y las más radicales de Bernie Sanders, se dibuja un espectro que desborda los parámetros con los que el Partido Demócrata se había identificado por décadas.


La procedencia regional, el origen étnico, el género, las creencias religiosas y las brechas generacionales, son elementos que están definiendo el campo político actual y se ven reflejados entre los aspirantes a la nominación.


La variedad de demandas, aspiraciones y propuestas que proliferan en el campo demócrata da cuenta de las profundas transformaciones que ha vivido la sociedad estadounidense en los últimos años. Lo cierto es que, hasta ahora, el liderazgo demócrata no ha podido ni ha sabido interpretar las dimensiones ni el alcance de esos cambios, y menos aún generar consenso para orientarlo en alguna dirección.


Es necesario reconocer que no se trata simplemente de un asunto de voluntad o de habilidad política, pues los buenos estrategas saben que es más fácil defender una fortaleza amurallada que construir una nueva polis. Precisamente este es el reto al que se enfrenta la sociedad estadounidense en su conjunto.


La enorme polarización política que ha alcanzado sus cumbres con el gobierno de Trump, y que se hace aún más patente en la actual carrera presidencial, es la consecuencia de una metamorfosis societal cuyo capullo no logra eclosionar porque está atrapada en un rígido sistema político, una coraza que ninguno de los dos partidos está dispuesto a cambiar. Así las cosas, los demócratas enfrentan una dura batalla cuyo resultado no es por lo pronto previsible.

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