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Jair Bolsonaro Messias, el anticandidato atravesado

La llegada de Jair Messias Bolsonaro al Palacio del Altiplano, sede del Gobierno Federal de Brasil, a partir del 1 de enero de 2019, plantea interrogantes internos y externos, de cuyas respuestas depende el futuro de ese país, de Suramérica y del mismo mandato del presidente elegido este domingo con el voto del 55 % de los que ciudadanos que participaron en los comicios electorales.

¿El capitán Bolsonaro tomará impulsivamente los comandos del gran Jumbo Suramericano como si fuera un avión Súper Tucano acrobático, amenazando así la estructura de Brasil y de quienes observan a sus alrededores? ¿Optará, en cambio, por un vuelo reposado, operando el piloto automático del sistema político brasileño?

Cualquiera que sea la opción que siga, la elección de un “anticandidato” como Bolsonaro es un fenómeno cuya comprensión trasciende el voto castigo del que tanto se ha hablado.

El outsider

En 1987, el entonces Capitán del Ejército Brasileño, Jair Messias Bolsonaro, pasa al retiro, luego de protagonizar una protesta inconsulta por los bajos salarios que según él recibían los miembros de esa institución. Fue un escándalo que lo llevó a un consejo de guerra, que si bien no lo encontró culpable, sí lo sacó del Ejercito y lo catapultó a la vida política, en la que lleva más de 28 años de modesto ejercicio parlamentario y alta visibilidad mediática por sus declaraciones sexistas, racistas y homofóbicas, que hubieran acabado con cualquier otro político, pero que en caso se convirtieron en combustible de sus triunfos.

Aunque también se le conoce como “el Trump brasileño”, Bolsonaro ni tiene la fortuna del actual presidente de los Estados Unidos, ni cuenta con un partido de gobierno que le garantice desde el Parlamento un margen de maniobra aceptable.

De otra parte, aunque por supuesto sus declaraciones inmoderadas no explican las adhesiones de mujeres, afrobrasileños y homosexuales a su campaña, sí ratifican que su ascenso se debe a fenómenos mucho más complejos que el efecto de una venganza por el atentado con arma blanca que sufrió el pasado 6 de septiembre en la primera vuelta de la campaña.

Por ejemplo, además del apoyo de la llamada coalición BBB, Bala, Boi e Biblia (Bala, Buey y Biblia), basada en los defensores de la tenencia de armas, los grandes productores agrarios y las iglesias evangélicas, Bolsonaro logró un gran reconocimiento entre la ciudadanía por el hecho de ser uno de los pocos congresistas brasileños que rechazó el soborno de la constructora Odebrect.

Más allá del voto de protesta

El fenómeno Bolsonaro va más allá del voto protesta brasileño, famoso por haber tomado acciones “serias”, como la que en 1959 “eligió” como el concejal más votado en Sao Paulo a Cacareco, el rinoceronte del zoológico local.

Según las encuestas de DataFolha, el votante de Bolsonaro justificaba su voto como una búsqueda de una alternativa política (30 %), por el rechazo al Partido de los Trabajadores (PT), que gobernó Brasil entre 2003 y 2016 (25 %) y por la búsqueda de seguridad (17 %).[1] Sin embargo existen cuatro asuntos políticos menos evidentes que pueden servir para aclarar el triunfo de Bolsonaro: el rompimiento de un sistema de control parlamentario atomizado que favorecía la vigilancia sobre el presidente, la indignación colectiva contra la corrupción, el encerramiento ideológico del PT y el impacto de la crisis venezolana.

El riesgo de rompimiento de un sistema de control parlamentario que favorecía la vigilancia sobre el presidente

El de Brasil se conoce como un sistema de “presidencialismo de coalición”, que obliga a pactar con el presidente la agenda legislativa según el diseño de la Constitución de 1988, que generó un imperfecto control frente a cualquier exceso presidencial.

Gracias a la existencia de ese equilibrio, en 2003 la clase política y empresarial de Brasil no solo aceptaba sin resistencias la presidencia de un sindicalista de procedencia comunista como Luiz Inácio Lula da Silva, sino que además participó de forma activa en diversas obras de su gobierno. La presidencia del Partido de los Trabajadores (PT) llegaba así al poder y borraba los fantasmas de la Guerra Fría y la dictadura de 1964 en contra de la izquierda.

Sin embargo la salida en falso de los dirigentes del PT, al proponer en esta campaña presidencial un cambio institucional a través de una nueva constituyente,[2] significó la posibilidad de transformar las reglas de juego, lo que hizo aparecer el fantasma de destruir el control parlamentario que en el pasado había ayudado a generar la salida de Fernando Collor, en 1992, y de Dilma Rousseff, en 2016. Esa actitud, entonces, marcó una línea roja que el electorado castigó en encuestas y que obligó al candidato Haddad a asegurar, tardíamente, que no cambiaría la Constitución.[3]

La indignación colectiva contra la corrupción

Sobran las explicaciones para comprender el desgaste propio de más de 12 años de gobierno del PT, que acumuló graves escándalos de corrupción conocidos internacionalmente como el Mensalão (2005), el Lava Jato (2015), las Pedaladas fiscales (2015) y las condenas por corrupción de varios de sus dirigentes, y sobre todo la de Lula (2018). En tal contexto, era claro que la supervivencia del PT dependía de un mea culpa y de una depuración interna dentro de sus filas.

Pero el PT no solo no tomó medidas correctivas sino que cerró filas en la defensa de sus líderes condenados, enfrentado al aparato judicial. Pretendió así construir un teflón cuasi-religioso que protegía a Lula de todos los escándalos y que lo daba hasta hace seis meses como el ganador de todas las encuestas presidenciales.

El PT ha sido culpado de ser un agente articulador de las empresas corruptas y los parlamentarios locales tanto en el Brasil como en el resto de Latinoamérica. Este sistema traspasó los límites ya bastante desgastados de la práctica de intercambio de favores clientelista propio del sistema político brasileño, que se conoce como la cultura de la acomodaçao y el jeitinho (la acomodación y el arreglito).

El encerramiento ideológico del PT y su radicalización

Mientras en 2003 Lula llegó por primera vez a la Presidencia, en ejercicio de una moderación aglutinante, acompañado de actores de todo el espectro político, para así dar garantías de mantenimiento del statu quo político y económico, en 2018 el PT, acorralado por los escándalos de corrupción, asumió una posición de unidad tribal cerrada, llamando a una constituyente acomodada a sus intereses con el grito de “Lula livre”, y poniendo trabas a la acción de la justicia.

Alejándose de su tradición de apertura para crear coaliciones de izquierda, el PT optó por encerrarse alrededor el manido concepto paternalista y excluyente de “vanguardia revolucionaria”. Por esa razón optó por escoger para la Vicepresidencia a una candidata del Partido Comunista de Brasil, lo que alejó a sectores de centro derecha que, temerosos de las convicciones ideológicas de Bolsonaro, hubieran votado por Fernando Haddad como un mal menor.

La posición aislada y radical del PT facilitó que el candidato de centro izquierda, Ciro Gómez, tercero en la primera vuelta presidencial, optara por la neutralidad frente a las dos candidaturas. Tampoco el expresidente Fernando Henrique Cardoso tomó una postura pública de apoyo.[4]

El impacto de la crisis venezolana

Si bien la gran crisis de refugiados venezolanos no fue un tema directo de campaña, el silencio de los militantes del PT frente a ese drama, además de los videos del pasado en los que Lula da Silva aparecía apoyando la candidatura presidencial de Nicolás Maduro, sí fueron usados por los partidarios de Bolsonaro como prueba del riesgo de radicalización antisistémica del PT. Esta percepción aumentó con las declaraciones de apoyo directo a Maduro, realizadas por el Foro de Sao Paulo, liderado por el PT.[5] Bolsonaro no paró de repetir que su país no será otra Venezuela.

Una realidad incierta

Con la llegada del capitán Jair Bolsonaro a la cabina del gran Jumbo Suramericano se generan muchos interrogantes: ¿cumplirá las palabras de su discurso de victoria,[6] comportándose como un demócrata que respeta la Constitución y los derechos de las personas? ¿La cancillería de Itamaraty retomará los criterios técnicos y de política de Estado? ¿O será todo lo contrario? ¿Adelantará las nacionalizaciones prometidas, en un país nacionalista y proteccionista como Brasil? ¿Sus hijos y su hermano actuando en política lo expondrán a un escándalo? ¿Los militares establecerán tras bambalinas una neodictadura militar del siglo XXI?

No se conocen las respuestas a esos interrogantes. Solo sabemos que muchas cosas tendrán que pasar para que Bolsonaro pierda la suerte que lo tiene como presidente electo, al haber encontrado a un opositor político que cometió más errores que él. Para salir avante, le bastará con poner el piloto automático a esa gran aeronave que manejará desde enero de 2019 y con no sucumbir a las tentaciones cuartelarias de manejar un avión de gran tamaño como si fuera un avión Súper Tucano de acrobacias.

 


[1]g1.globo.com/politica/eleicoes/2018/eleicao-em-numeros/noticia/2018/10/20/pesquisa-datafolha-mostra-as-razoes-pelas-quais-eleitores-votam-em-bolsonaro-e-em-haddad.ghtml

[2]www.brasil247.com/pt/247/poder/360823/Lula-chamar%C3%A1-constituinte-se-for-eleito-em-2018.htm

https://www1.folha.uol.com.br/poder/2018/09/haddad-diz-que-vai-criar-condicoes-para-nova-constituicao.shtml

[3]brasil.elpais.com/brasil/2018/10/09/politica/1539048059_013174.html

[4]www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/politica/2018/10/16/interna_politica,712923/lideres-partidarios-criticam-atitude-hegemonica-dos-petistas.shtml

[5]forodesaopaulo.org/memoria-del-xxiv-encuentro-del-foro-de-sao-paulo-la-habana-cuba-15-al-17-de-julio-de-2018/

[6]veja.abril.com.br/politica/leia-a-integra-do-discurso-da-vitoria-de-jair-bolsonaro/

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