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Indios, negros y mestizos en la Independencia

Una consecuenciade la peculiar agenda de las investigaciones de la historiografía tradicional es el muy reciente interés por conocer cuál fue el papel de los indios, negros y mestizos en el proceso de la Independencia de los países de América Latina, y por lo tanto de Colombia. Aunque hoy se sabe un poco más sobre este tema, aún falta mucho por conocer porque los estudios son escasos y fragmentados, lo que impide formular una propuesta convincente.

Para la mayoría de los países de América Latina la independencia de la metrópoli española dejó casi intactas las bases económicas y sociales del ordenamiento colonial, y en el caso de la Nueva Granada, la actual Colombia, no solo fue “inesperada” –a juicio del historiador Jorge Orlando Melo–, sino que hundió su economía hasta mediados del siglo XIX.

Según el censo de 1778 el país tenía 792.668 habitantes, de los cuales el 20 % eran indios, 26 % blancos, 8 % esclavos y 46 % mestizos. Aunque las cifras son útiles para precisar el contexto demográfico del proceso de la Independencia no son suficientes para hacer un análisis más preciso, porque se trata de categorías muy amplias que encubren diferencias por localización, oficios, relación con los recursos económicos –como la tierra, la minería y el comercio– y tiempo de su asentamiento en el espacio colonial.

En 2019 se conmemoran dos siglos de la ruptura de la dominación política establecida por la metrópoli española, e infortunadamente las poblaciones negra, india y mestiza se siguen caracterizando por su marginación social.

Los grupos de indios, blancos y negros no eran homogéneos sino que estaban separados por barreras infranqueables, aunque a veces actuaron de manera conjunta tanto en su vida cotidiana como en las protestas. La otra mitad de la población, los mestizos o los “libres de todos los colores”, estuvieron en todos los intersticios de la sociedad, por no encontrar una adhesión precisa en la organización de las “repúblicas” estamentales.

Otro factor que limita un análisis más preciso tiene que ver con los objetivos –deseados y no deseados– que sus protagonistas se trazaron para formar parte de las acciones durante el proceso. Por ejemplo lo ocurrido en Socorro en 1781 fue una importante movilización orientada al restablecimiento del ordenamiento impuesto por los Austrias, desestabilizado por las reformas borbónicas en el siglo XVIII. Más que la libertad para introducir cambios políticos, los manifestantes querían la libertad frente a los cambios políticos, como acertadamente escribe el historiador inglés Anthony McFarlane.

Libertad, proceso irreversible

Es paradójico que segmentos importantes de la población indígena y negra, en vez de apoyar con entusiasmo la causa de la Independencia se opusieron a ella y a sus principales líderes. Así pasó en Pasto, en Iquicha (cerca de Ayacucho), inmediatamente después de la batalla que selló la separación de las colonias españolas en América del Sur (Cuba y Puerto Rico siguieron en esa condición hasta finales del siglo XIX), y también en varias regiones de México y en la Araucanía de Chile, ¿cómo explicarlo?

Hasta el momento las escasas investigaciones muestran que en el caso de Pasto la oposición se produjo ante el acecho y el cerco de los quiteños; la imposición del tributo; el dislocamiento de la figura del Rey como su protector y referente sagrado; el desconocimiento de sus autoridades étnicas; el ataque a la religión católica, y el hecho de haber contado con aliados interesados entre la población criolla y negra del Patía.

De otra parte, descifrar el significado de la participación de la población negra implica ir más allá de esta generalización. Para empezar, hubo negros esclavos y libertos; “bozales” y ladinos; y urbanos y rurales trabajando en el campo o en las unidades domésticas, hombres y mujeres, para no mencionar la cascada inacabable del proceso de amestizamiento que produjo zambos, mulatos y pardos, entre otras mezclas.

Historiadores como Alfonso Múnera, Óscar Almario, Francisco Zuluaga y Marixa Lasso han ayudado a comprender que la participación de los libres y los pardos fue efectiva en la radicalización y en el desenlace de la Independencia de Cartagena el 11 de noviembre de 1811, pero que igualmente inspiraron el terror de las élites por la amenaza a sus vidas y a sus bienes. Las preguntas que surgen son: ¿buscaron la igualdad o la libertad frente a sus amos o frente a España, qué ocurría con los esclavos?

Mucho antes de la crisis de la Independencia la población negra había iniciado un proceso irreversible de liberación frente a sus amos, a través de su evasión y fuga para constituir esos “espacios de libertad” que fueron las “rochelas”, los “palenques” y los “quilombos”. Pero durante la guerra patriotas y realistas los reclutaron por medio de la persuasión o de la fuerza, con la promesa de otorgarles la libertad, promesa que por cierto no cumplieron. Ni José de San Martín ni Simón Bolívar hubieran obtenido sus logros de no haber contado con estos contingentes.

Condenados a la marginación

Con respecto a las consecuencias de aquella participación, oposición o abstinencia de los indígenas en el proceso, pareciera que su rechazo fue premonitorio porque los liberales afectaron de manera negativa sus intereses en pocos años en el siglo XIX, lo que no pudo conseguir el ordenamiento colonial anterior, es decir que perdieron tierras, resguardos, protección, e incluso el derecho al voto reconocido por la Constitución española de 1812. Mucho más adelante, y como resultado de intensas protestas, finalmente estos derechos conculcados les fueron restablecidos.

En relación con los negros, en el continente no se reprodujo nada similar a lo ocurrido en Haití, y aún así no pudieron alcanzar su libertad sino hasta mediados del siglo XIX, aunque su participación en las guerras, como lo reconoce el historiador Óscar Almario, profesor de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, desorganizó la actividad minera en el Pacífico neogranadino y debilitó las bases de la reproducción del sistema esclavista en el sector minero.

Mucho antes de la crisis de la Independencia la población negra había iniciado un proceso irreversible de liberación frente a sus amos, a través de su evasión y fuga para constituir esos “espacios de libertad” que fueron las “rochelas”, los “palenques” y los “quilombos”.

En 2019 se conmemoran dos siglos de la ruptura de la dominación política establecida por la metrópoli española, e infortunadamente las poblaciones negra, india y mestiza se siguen caracterizando por su marginación social. No se trata de un congelamiento en el tiempo, porque las barreras coloniales que antes separaban a las diferentes “repúblicas” se debilitaron para dar paso a una mayor integración del conjunto social, de la misma manera que en cada grupo étnico se ha producido una movilidad que fracturó la homogeneidad de la pobreza.

La Constitución Política de 1991, una de las más avanzadas de la región, contiene dispositivos que los protege frente a su vulnerabilidad. Pero aún es largo el camino por recorrer, y al igual que los logros de las grandes movilizaciones de Bolivia y del Ecuador, también se espera que en esta aldea cada vez más global los sectores populares puedan dejar una impronta de la grandeza de su pasado y de su presente.

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