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Índice mide resiliencia de cítricos ante cambios climáticos

La mitología clásica cuenta que las “manzanas de oro” les otorgaban a los dioses la eterna juventud. Estas crecían en el jardín de una isla lejana, donde eran custodiadas por las Hespérides –grupo de hermanas ninfas– y el dragón Ladón. Uno de los 12 heroicos trabajos impuestos por la diosa Hera a Hércules fue robar aquellos preciados frutos. Sin embargo, al parecer en realidad no eran manzanas doradas sino naranjas, que no otorgan la eterna juventud, pero sí importantes dosis de vitamina C y fibra, cualidades que la convierten en una de las frutas más consumidas del mundo.

De las 300 clases de naranjas que existen, unas 30 son las más comercializadas, pero una en especial, Citrus sinensis L. Osbeck, mejor conocida como naranja Valencia, es de las más apetecidas. Esta variedad se originó en China, se identificó en Portugal antes de 1865 y su nombre común no tiene nada que ver con la Comunidad de Valencia, al sur de España, una de las cinco zonas donde más se produce la fruta; la primera es Brasil.

Según el informe “Mundo-Naranjas-Análisis de mercado, pronóstico, tamaño, tendencias y perspectivas”, publicado en 2017 por la consultora InderBox, el consumo de esta fruta va en aumento (75 millones de toneladas en ese año, un 2 % más que en 2016) especialmente en Brasil, China e India, lo cual representa una gran oportunidad para los citricultores, entre ellos los colombianos.

Datos del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural muestran que en el país hay 97.275 hectáreas (ha) sembradas de naranja, limón, mandarina, toronja, tangelo, pomelo y lima, la mayoría en Tolima, Antioquia y Risaralda.

José Alejandro Cleves Leguízamo, doctor en Agroecología de la Universidad Nacional de Colombia (UN), afirma que en otras regiones, como el Meta, se ha identificado un potencial para incrementar la producción nacional de cítricos, en respuesta a la creciente demanda de estos frutos en el país y a que en la actualidad se está supliendo con importaciones.

“La Orinoquia tiene condiciones adecuadas desde el punto de vista del suelo y el clima, y tiene entre 150.000 y 250.000 ha en las cuales se puede sembrar”, asegura el investigador del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la UN.

Aunque el Meta posee condiciones climáticas adecuadas para cosechar cítricos, algunos factores inciden en la evolución de su ciclo vital (fenología), lo que afecta la producción. Entre los que más influyen están las variaciones frecuentes y extremas del clima (variación climática), que desde hace una década afrontan con más fuerza los citricultores de la región.

Ante esa situación, el doctor Cleves diseñó el primer Índice de Resiliencia Agroecosistémico (IRAg) con el fin de determinar qué tan capaces son las fincas productoras de naranja Valencia del Meta de recuperarse de los efectos de la variabilidad climática (resiliencia).

Cítricos al detalle

Para su estudio primero realizó un análisis detallado de los sistemas de producción citrícola; luego caracterizó la variabilidad climática, tomando como referencia la ecofisiología (procesos fisiológicos) de los cítricos en el trópico bajo (entre los 0 y 700 msnm), y por último propuso el IRAg. El trabajo de campo se hizo entre 2013 y 2015.

Con respecto al análisis de la citricultura en el Meta, se realizaron 160 encuestas con la “metodología de análisis de medios de vida”, en las que a 51 productores de cítricos se les preguntó desde el tamaño de la finca hasta el nivel de escolaridad, pasando por la asistencia técnica que reciben y las posibilidades que tienen de distribuir sus productos.

En esta parte, el estudio halló que el 92 % de los productores están asociados con una agricultura de pequeña y mediana escala, con limitaciones como falta de organización y de canales de comercialización adecuados, bajo nivel educativo, escaso relevo generacional, informalidad crediticia y escasa asistencia técnica.

El análisis estadístico de las variaciones climáticas se realizó desde las estaciones del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) en Villavicencio, Granada, Guamal y Lejanías. Los estudios se efectuaron durante el fenómeno de El Niño y de La Niña, para lo cual se observaron factores como la precipitación (lluvias) y la temperatura (máxima, media y mínima), asociadas con los vientos amazónicos, conocidos como el Dipolo del Amazonas. Así, se pudo determinar que la naranja Valencia está bien adaptada a las condiciones del trópico bajo colombiano, lo cual se manifiesta en alta resiliencia.

Con base en los hallazgos de la primera etapa del estudio se escogieron 18 fincas, distribuidas en seis grupos –11 en Lejanías, 3 en Villavicencio y 4 en Guamal –y ubicadas en tres paisajes: piedemonte, loma y llanuera aluvial o de inundación, para observar las variables de estructura agroecológica principal (EAP). Este concepto es uno de los grandes aportes de la agroecología realizados en el país por los investigadores del IDEA de la UN, Tomás León Sicard, Tania Mendoza y Cindy Córdoba.

Se trata de una propuesta metodológica para evaluar la agrobiodiversidad, muy útil en agroecología porque determina la configuración de la finca y su conectividad con corredores biológicos, fuentes de agua, atributos culturales o de manejo de los sistemas productivos para lograr incluso regulaciones microclimáticas, que inciden tanto en la producción como en el manejo fitosanitario.

Metodología pionera

El IRAg evalúa 40 características del agroecosistema, clasificadas en cinco categorías: ecofisiológicas, bióticas, tecnológicas, económicas y socioculturales. Esto se hace con una escala de valoración ponderada según su nivel de importancia, la cual se determinó a partir de rondas de consulta con expertos. Cada uno de los 40 parámetros tiene una escala de 1, 3 o 5.

Por lo tanto, la calificación obtenida al evaluar el IRAg estará comprendida en un rango de 100 a 500 y los resultados se interpretan a manera de semáforo: rojo, si la finca obtiene un resultado entre 100 y 250, es decir que tiene baja resiliencia, lo cual indica que será necesario efectuar ajustes ecosistémicos y de manejo cultural de los componentes que presenten mayores limitaciones.

Amarillo si se obtiene un puntaje de 251 a 350, que significa una resiliencia media. En este caso el agroecosistema dispone de componentes con capacidad media de respuesta adaptativa al disturbio, los cuales se deben fortalecer, o como mínimo mantener.

El verde corresponde a un puntaje de entre 351 y 500, que ubica la finca en la categoría de resiliencia alta, lo que significa que el sistema agrícola o pecuario que decida implementar este método dispone de componentes con alta capacidad de responder y adaptarse al disturbio y seguir funcionando.

El investigador Cleves afirma que aunque en los agroecosistemas analizados no existían sistemas ecológicos, “el grupo IV –conformado por fincas ubicadas en Villavicencio– obtuvo un ‘IRAg alto’ debido a factores como la gran biodiversidad, la amplia disponibilidad de recurso hídrico –en especial caños que se conectan con bosques de galería o ribera–, la cría de ganado bovino y equino y de especies menores, y por la implementación de prácticas de manejo alternativas”. En otras palabras, los sistemas agrícolas más diversificados son más resilientes a la variabilidad climática.

 

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