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Incendios en la Amazonia afectarían provisión de agua en los Andes

Aproximadamente la mitad del carbono guardado en los bosques se encuentra en las selvas tropicales. Es importante recordar que en la fotosíntesis –proceso mediante el cual las plantas y los microorganismos convierten luz solar en energía que pueden usar fácilmente– se captura dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y se emite oxígeno como desecho. Sin embargo no todo el carbono producto de la fotosíntesis es almacenado en la biomasa arbórea, sino que una parte se devuelve a la atmósfera a través de la respiración.


El resultado de dichos procesos se conoce como “producción primaria neta”. Esta permite el crecimiento y mantenimiento de la biomasa (ramas y hojas, por ejemplo), y a través de ella también se transfiere –indirectamente– carbono al suelo por medio de materia vegetal muerta (hojas y troncos), que eventualmente se descompone emitiendo nuevamente este elemento hacia la atmósfera.


Por lo tanto, los bosques tropicales, y el Amazonas en particular, almacenan grandes cantidades de carbono tanto en la materia viva como en el suelo que se halla protegido por la selva misma evitando que los nutrientes almacenados allí, sean removidos por las intensas lluvias tropicales.

 

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Por lo anterior, la quema de bosques amazónicos libera grandes cantidades de carbono a la atmósfera en forma de CO2, un gas de efecto invernadero muy importante cuya concentración en la atmósfera ha aumentado de 280 partes por millón en volumen (ppmv) antes del inicio de la Revolución Industrial, a más de 400 ppmv en la actualidad.


Aunque el incremento se debe especialmente al uso de combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas natural y gas licuado de petróleo), la deforestación contribuye con un porcentaje no despreciable que se calcula entre 15 y 20 % del carbono emitido a la atmósfera cada año.

 

La deforestación que producen los incendios, como los que se observan desde hace varias semanas en la Amazonia boliviana y brasileña podría alterar tanto el transporte de humedad hacia la zona andina como el ciclo hidrológico en vastas regiones del continente.

 

Incendios podrían incrementar la temperatura de la Tierra

 

Para poner en perspectiva este aumento de cerca de 120 ppmv se deben mirar los registros climáticos obtenidos de los testigos de hielo extraídos en la Antártida y Groenlandia, los cuales han permitido establecer que en los últimos 800.000 años (la civilización tiene apenas unos 10.000 años) la concentración de CO2 varió entre 190 ppmv, en las épocas de máxima glaciación, o períodos fríos, y 280 ppmv en las épocas interglaciares o periodos calientes.
 

La temperatura, inferida de esos testigos glaciares, muestra que en los periodos interglaciares esta era similar a la actual, pero durante los periodos más fríos era unos 9 oC más baja que en la actualidad. Un hecho que se debe tener en cuenta es que estos registros revelan que las concentraciones de CO2 y la temperatura han cambiado casi al “unísono” (en escalas de cientos de años), es decir que cuando las concentraciones se incrementaron o disminuyeron, las temperaturas hicieron lo propio.

La preocupación del mundo con respecto a las quemas del Amazonas y otras selvas tropicales está más que justificada, pues grandes incrementos de la concentración de CO2 en la atmósfera podrían implicar fuertes subidas de la temperatura de la superficie del planeta. ¿Pero cómo se relaciona esto con el clima de los Andes?

 

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La humedad llega del Amazonas

 

El sistema climático es muy complejo; en él las interacciones entre muchos factores físicos, químicos y biológicos definen las condiciones de una región en particular. En el caso del sur de los Andes tropicales (sur del Perú y de Bolivia) existe una relación muy importante con la selva amazónica. La humedad que produce precipitación –en este caso lluvia– se transporta desde el océano Atlántico viajando miles de kilómetros. Es interesante anotar que solo de un 5 a 10 % de las masas de aire que arriban a esta Región Andina proviene del océano Pacífico, que está mucho más cerca que el Atlántico.
 

El mecanismo que transporta el vapor de agua a través de grandes distancias está íntimamente ligado a la evaporación de dicho líquido de las hojas de las plantas a la atmósfera. Este proceso, denominado transpiración, les permite a las plantas mover agua y nutrientes minerales desde el suelo hasta algunas de sus partes situadas sobre la superficie del terreno, y finalmente hacia la atmósfera.


Esto permite el almacenamiento de gran cantidad de agua en el bosque, la cual después es emitida de nuevo a la atmósfera. Dicho ciclo mantiene el vapor de agua disponible para ser transportado a través del continente sudamericano.

 

En el verano Austral (diciembre, enero y febrero), la humedad proveniente del Atlántico ecuatorial se dirige hacia las montañas andinas, que actúan como una barrera desviando este “río” atmosférico hacia el sureste, permitiendo la precipitación de importantes cantidades de nieve y agua sobre los glaciares y montañas de la región, recargando acuíferos y represas usadas para almacenar agua para el consumo humano y realimentando a los glaciares con nieve fresca. En invierno, época seca en la región, este flujo de humedad se mueve hacia el noroeste del continente y no hay humedad disponible que permita precipitación en la zona, salvo que, esporádicamente, se tengan frentes fríos del sur.


Por todo lo anterior, la deforestación que producen los incendios, como los que se observan desde hace varias semanas en la Amazonia boliviana y brasileña podría alterar tanto el transporte de humedad hacia la zona andina como el ciclo hidrológico en vastas regiones del continente.


La quema de grandes extensiones del bosque –se estima que solo en agosto se perdieron varios millones de hectáreas–, desde el punto de vista climático, no solo producirá la emisión de grandes cantidades de CO2 hacia la atmósfera, exacerbando el calentamiento global, sino que podría afectar de manera directa la provisión de agua en la región.

 

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Si bien el uso del fuego en el Amazonas es una práctica corriente (incluso desde antes de la llegada de los conquistadores europeos), la diferencia está en su forma e intensidad. Las grandes quemas de estos últimos años están directamente relacionadas con acciones humanas, pues los incendios naturales son raros en estos bosques.


Aunque el cambio climático –al que autoridades de los diferentes Gobiernos de la región culpan cuando son interpelados por los incendios de este año– es uno de los factores que favorece las condiciones para que existan grandes incendios forestales al intensificar las sequías, no es el principal factor que inicia los incendios. Estos son producto de acciones deliberadas para incrementar la frontera agrícola o limpiar de forma “económica” los terrenos usados para agricultura.
 

En ese sentido, las políticas gubernamentales juegan un papel muy importante. Si se incentiva directa o indirectamente la quema de la selva, como ocurre al aprobar leyes que permiten quemas de los bosques o cuando se dejan de cumplir leyes que los protegen, los efectos no pueden ser otros que incendios incontrolables.


Los efectos a corto y mediano plazo podrían ser irreversibles y devastadores para los habitantes de todo el continente. Aunque es imposible preverlos con exactitud, no es muy sensato permitir, por acción u omisión, que se destruya la mayor reserva natural del planeta.

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