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Gallinas criollas, oportunidad de bienestar para la Colombia rural

El crecimiento del sector avícola en el país –centrado en razas e híbridos comerciales– no se traduce en sostenibilidad para los pequeños productores. En la resistencia de las gallinas criollas a condiciones ambientales y enfermedades hay alternativas valiosas para mejorar la seguridad alimentaria y la calidad de vida.

En el último Censo Nacional Agropecuario se reportó que en el país hay más de 149 millones de gallinas, es decir 3 por cada colombiano. Solo el 3,78 % de estas se encuentra en predios campesinos, mientras que el 96,22 % es manejado bajo esquemas de avicultura industrial en grandes granjas comerciales.

El profesor Roberto Gracia Cárdenas, de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira, encontró que solo el 20 % de los predios de producción avícola estudiados en Palmira contaba con gallinas criollas. Asimismo identificó que en las fincas donde aún se existían estas aves, los campesinos solo tenían entre 6 y 8 gallinas ponedoras, una cantidad insuficiente para satisfacer al menos la demanda familiar diaria de huevo.

El docente afirma que los hallazgos de su trabajo reflejan un proceso de erosión genética, o pérdida de la diversidad, y responde a un esquema de industrialización en la producción de huevo y carne de pollo en la que Colombia ha seguido el camino de otros países, otorgando un enorme predominio a la raza Leghorn, a las líneas de aves marrones (Brown) para postura y a los híbridos de engorde.  

Señala además que, por ser comerciales, “estas razas requieren de una mayor inversión porque dependen de insumos importados y condiciones muy controladas de temperatura, luz y humedad. Aportan grandes réditos económicos cuando se producen a gran escala, pero no resultan rentables para el pequeño productor, que muchas veces renuncia a producir huevos y termina obligado a comprar los que consume su familia”.

Fincas campesinas, guaridas de diversidad

Como parte del estudio, el candidato a doctor en Agroecología realizó un inventario y una caracterización de las gallinas del área rural de Palmira. Entre 589 predios dedicados a la producción avícola, estableció un muestreo de 100 fincas repartidas geográficamente. Se descartaron las unidades productivas que tenían gallinas de razas comerciales o individuos con parte de su plumaje muy similar al de estas.

“Medimos, pesamos, fotografiamos e hicimos descripciones de plumaje, entre otras características, de alrededor de 400 aves criollas de Palmira”, explica el experto.

Dentro de la diversidad de características, alrededor de una de cada 3 gallinas estudiadas tiene plumaje negro y 11 de cada 40 lo tiene colorado y pardo, siendo estos los dos patrones más frecuentes en cuanto al color. El 43,14 % de las aves tiene plumas en las patas, una de cada 6 cuello desnudo, 5 de cada 34 copete, una de cada 20 barbas en la cara y 2 de cada 51 no tenían plumas.

Alrededor de una de cada 3 gallinas estudiadas tiene plumaje negro y 11 de cada 40 lo tiene colorado y pardo, siendo estos los dos patrones más frecuentes en cuanto al color.

Corregir prácticas equivocadas

Según la Federación Nacional de Avicultores de Colombia, el país importa cada año alrededor de 4,8 millones de toneladas de maíz y 1,5 millones de toneladas de soya para consumo animal. El docente afirma que la producción de estos alimentos es subsidiada en sus países de origen, principalmente en Estados Unidos, razón por la cual en Colombia se paga a 700 pesos el kilo de maíz importado y a 1.200 el kilo producido en el territorio nacional.

“Se trata, entonces, de un esquema de precios que también provoca impactos negativos sobre el agricultor colombiano”, advierte.

Otra de las causas de la baja rentabilidad para el campesino se encuentra en la falta de capacitación en torno a prácticas de producción sostenible. El investigador Gracia calificó de 1 a 5 tales manejos, y encontró que los indicadores más bajos de las fincas se encontraban en el uso del agua, con una puntuación de 2,4, los planes sanitarios con 2,7 y la presencia de coberturas vegetales en los suelos donde pastoreaban las gallinas con 3,0.

“En estas fincas la avicultura está desvinculada de la agricultura. Ellos no siembran para alimentar a las aves, sino que compran los concentrados. Además las mantienen sin un buen manejo sanitario, completamente libres en el patio en suelos ‘pelados’, expuestas a enfermedades. En estas condiciones la producción es mucho menor”, declara.

Por ello, el profesor propone un modelo de producción que se sostenga, especialmente, en recursos disponibles en cada finca. Para tal fin, plantea sembrar maíz, yuca, soya, fríjoles y árboles para proveer de alimentos a las familias y a las gallinas criollas, capaces de vivir plenamente con esa dieta

“Para cada gallina se requieren diariamente 65 g de maíz, harina de yuca o sorgo; 30 g de soya y cinco de harina de hojas, con lo que se completan los 100 g de concentrado hecho en la finca. El resto de la dieta se complementa con los alimentos que las gallinas obtengan por pastoreo en praderas con coberturas vegetales”, explica el docente.

Para el manejo de los cultivos se debe establecer una programación de siembras que permita rotar en cada parcela, por periodos, entre plantas gramíneas (como el maíz), leguminosas (como la soya), hortalizas (como la habichuela), raíces y tubérculos (como la yuca), y forrajes. Así, el suelo sufre menos desgaste por agotamiento de nutrientes, y gracias a la diversidad vegetal y a la colaboración de las gallinas en el pastoreo, se previene el establecimiento permanente de plagas y malezas.

“Este sistema no depende de insumos químicos como plaguicidas, herbicidas o fertilizantes, entre otras cosas porque los abonos se obtienen de los residuos de la producción animal. Así, se pueden transformar cultivos como el maíz y el fríjol –que no se compran en el país a precios rentables– en huevos y carne con el valor agregado de la calidad nutricional, libres de tóxicos”, plantea el investigador Gracia.

Y agrega que con estas prácticas las gallinas criollas pueden llegar a poner alrededor de 5 huevos por semana, un rendimiento cercano al que alcanzan las aves comerciales a nivel industrial, que producen 6 huevos por semana.

El profesor propone llevar este modelo con gallinas criollas a la implementación de los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC, en los que uno de los componentes esenciales es la búsqueda de alternativas para cerrar la brecha de oportunidades y de bienestar entre el campo y la ciudad. El sistema, dice, se podría empezar a aplicar en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación, en donde se requieren proyectos productivos para el tránsito de los exguerrilleros a la vida civil.

En ese sentido, proyecta que “más en profundidad, se puede pensar en una implementación nacional, porque no podemos olvidar que la falta de oportunidades en el campo también genera dinámicas de violencia y desplazamientos del territorio rural al urbano”.

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