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Falta de acceso a la tierra, el rostro de la pobreza en la ruralidad colombiana

Entre Sucre y Bolívar se encuentran los Montes de María, una subregión del Caribe conformada por 15 municipios, donde la mayoría de los habitantes de corregimientos y veredas se dedican especialmente a labrar la tierra y a la ganadería, siendo este un territorio campesino importante para la agricultura del país.
 

Uno de sus municipios es San Juan de Nepomuceno, un territorio rico, conocido en el país y en el mundo por su amplia producción de yuca, ñame, plátano y aguacate. Sin embargo, como en muchas otras zonas rurales, esta fructífera tierra fue alcanzada por la violencia y el conflicto armado, protagonizado por enfrentamientos entre miembros de la entonces FARC y los paramilitares, en una disputa por uno de los corredores más estratégicos para el transporte de droga.
 

Estas confrontaciones dejaron a su paso masacres, afectaciones económicas y desplazamiento forzado, lo que obligó a muchos de sus habitantes a abandonar sus tierras bajo amenazas, extorsiones y atentados.
 

“La mayoría malvendió las tierras por miedo, mientras que muchos se fueron y las abandonaron. Por ejemplo, algunos vendieron una finca de 20 o 25 hectáreas por 100.000 pesos, porque los necesitaba para salir. Era comenzar de nuevo en un sitio desconocido; personas que no sabían hacer nada más que labrar la tierra llegaron a las selvas de cemento, como les llamamos a las grandes ciudades, a pasar necesidades”, relata Rafael Pozo, líder comunitario del corregimiento Las Brisas, del municipio de San Juan e hijo de campesinos (como él mismo se identifica).

“La pobreza está en no poder trabajar la tierra”


Después de más de 20 años de conflicto, tanto la zona rural de San Juan como la de los Montes de María tienen la problemática de la falta de acceso a la tierra, así como de su formalización; muchos de los que un día salieron no han podido volver, generando una concentración del terreno en el sector ganadero y de monocultivos a gran escala.
 

“En este territorio existen más de 20.000 hectáreas sembradas en monocultivos como palma de aceite y eucalipto, entre otros, en fincas que antes pertenecían a los campesinos y que ahora pertenecen a grandes familias políticas, lo cual generó mucho miedo entre las personas que quisieran reclamar sus tierras, porque no se querían convertir en objetivo militar”, cuenta Rafael.
 

Aunque los campesinos de San Juan y otros municipios de los Montes de María han seguido haciendo solicitudes para volver a vivir en lo que alguna vez fue su hogar, no ha sido fácil, pues aunque hay muchos procesos de restitución, solo irían cerca de 22 sentencias, 19 de las cuales  pertenecen al corregimiento de Las Brisas.
 

A tres horas de allí, en la zona montañosa de El Carmen de Bolívar, se encuentra la vereda Camarón, un territorio campesino caracterizado por la lucha constante en pro de la preservación del agua, y en donde Angelina González, docente de la vereda, asegura que hay riqueza de alimentos gracias a la agricultura y la pesca.

No obstante, también relata con impotencia que si tuviera que cambiar algo en su tierra serían los problemas de acceso a la tierra, pues solo una minoría ínfima ha logrado legalizarla.

Geovaldi Gonzales Jiménez, miembro de las organizaciones desplazadas étnicas y campesinas de los Montes de María, asegura que en esta subregión del Caribe colombiano cada vez se hace más necesaria la tierra para el campesinado, pues hay familias con 8 o 10 hijos y la parcela empieza a ser insuficiente para trabajar o criar a los más pequeños.
 

“Aquí la pobreza no tiene que ver tanto con el hambre –pues producimos tanto que termina perdiéndose– o con la falta del empoderamiento del territorio, sino que tiene que ver con la falta del acceso a la tierra, la voluntad del Estado y de políticas públicas para el sector agro”, señala.
 

Según el coeficiente de Gini (medida de la desigualdad y los ingresos en un país), Colombia, con una medición de 0,90, presenta una alta concentración de la tierra en comparación con países que alcanzan un coeficiente entre 0,36 y 0,38, ubicados más al centro de la igualdad.
 

El profesor Darío Fajardo, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), asegura que “esa gran concentración de la propiedad de la tierra se expresa en que hay un número relativamente pequeño de unidades de producción, es decir, fincas que controlan una proporción muy grande del territorio, pues cerca de 700 de ellas controlan el 40 % de la tierra. El desarrollo y nivel tecnificación del promedio de las unidades del campo es muy bajo, ya que un 90 % de las fincas no tienen asistencia técnica.

Carencia de desarrollo, inversión y voluntad política


Para el docente e investigador, el otro problema asociado con la propiedad de la tierra es que algunas regiones tienen limitaciones para los procesos de desarrollo, como la construcción de vías o las inversiones en infraestructura, entre otras, y que evidencian ante todo una ausencia de voluntad política y del Estado por integrarlas al resto del país.
 

“Si en Colombia tuviéramos un campo que se acercara a las condiciones que se tienen, por ejemplo, en el Valle del Cauca, la situación sería menos crítica, pero hay regiones del campo que están mucho más alejadas y en las que el atraso y la desigualdad son inmensas”, resalta el profesor Fajardo.
 

Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en los centros poblados y rurales dispersos, el 91 % de las personas viven en una situación de pobreza o en vulnerabilidad monetaria. El porcentaje de personas en pobreza es del 42,9 %, de los cuales el 18,2 % están en pobreza extrema.
 

El 48 % de las personas del sector rural se encuentran en situación de vulnerabilidad, en tanto que en las cabeceras ese porcentaje corresponde al 67,8 % de la población, razón por la cual el país habría retrocedido unos once años en pobreza, y trece años en desigualdad.
 

Según el profesor Fajardo, si comparamos a Colombia con países como México, Venezuela, Perú o Chile –que tienen condiciones de desarrollo, producto interno bruto (PIB) y nivel de infraestructuras similares–, la proporción de su área rural es muy grande, ya que la población en estos sectores está entre el 26 y el 30 %, mientras en los otros países están entre el 11 y el 16 %.

Señala además que “esas mismas condiciones de atraso fueron una de las causas para que Colombia terminara relacionada con la economía del narcotráfico, mientras que si se mejoran las condiciones técnicas, productivas, culturales y sociales en esas regiones, ya no se tendría una dependencia de los cultivos de uso ilícito, como la hoja de coca”.
 

Falta de vías y pandemia profundizan la pobreza rural


Aunque Angelina considera que la vereda Camarón es “fuera de serie”, en otros corregimientos vecinos, como Santo Domingo de Meza, junto a sus 11 veredas, la realidad es muy distante.

Con la emergencia sanitaria por el COVID-19 en estos lugares se habrían perdido hasta 1.000 toneladas de ñame, aguacate y yuca, que tradicionalmente se cultivan en la zona. Según Angelina, esa pérdida se debió en parte a la falta de vías en estas áreas productivas.
 

Además asegura que no tienen procesos de comercialización estables, así que esas cosechas se perdieron por falta de mercado, lo que ha generado decaimiento, deserción y tristeza entre los campesinos, quienes viven de lo que siembran.
 

“Un bulto de ñame, cuya semilla vale 1.200 pesos, y que debería valer en promedio 80.000 pesos, hoy en día se está vendiendo en 20.000 pesos, además de otros 10.000 pesos en la logística para transportarlo, es decir que al campesino prácticamente no le está quedando nada de la producción”, cuenta Angelina.
 

Durante la pandemia, los campesinos se dedicaron a estar en sus casas, sembrar y producir, y aunque hoy cuentan con suficiente alimento, económicamente se han visto muy afectados porque la producción no ha salido de los territorios.
 

“Hemos hablado con el gobernador, con el señor alcalde y nada. A raíz de esto los habitantes ya no quieren volver a sembrar, porque no hay garantías del Gobierno, es decir, no hay una política que patrocine al campesino y que le dé tranquilidad para sus cultivos”, narra la docente.

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