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Éxodo hondureño: del sueño americano a la pesadilla mexicana

El pasado 12 de octubre salieron de San Pedro Sula (Honduras) –una de las ciudades más violentas del mundo– más de 5.000 hombres, mujeres, niños, jóvenes y adultos mayores, a quienes se les unieron migrantes de El Salvador y Guatemala, todos con destino a los Estados Unidos, en busca de mejores condiciones de vida. ¿Cómo explicar ese repentino flujo masivo? ¿Cómo puede alguien arriesgar su vida y la de su familia por un futuro incierto?

En Honduras la gente lleva migrando muchos años; se cree que cada día sale del país un promedio 400 personas. Si esta cifra se suma a la de otros países de la región, los migrantes centroamericanos que buscan el “sueño americano” sumarían unas 500.000 personas al año.

La pobreza extrema que desde hace décadas afrontan los hondureños, la falta de empleos dignos, un sistema de salud precario, la desigualdad creciente y la falta de libertades políticas son algunas de las causas que explican la necesidad de sus ciudadanos de partir. Además es una sociedad carcomida por una violencia estructural, con una fuerte presencia de grupos relacionados con el narcotráfico y “los maras” (organizaciones criminales).

A ese oscuro panorama se suman las élites y empresarios que han gobernado Honduras –con el apoyo militar de los Estados Unidos– a quienes solo les importan sus intereses económicos y los de las trasnacionales. De los migrantes solo valoran los millones de remesas que envían, resultado de trabajos esclavizantes que nutren la frágil economía del país. Entre enero y julio del presente año estas sumaron 2.349 millones de dólares, un 9 % más que en 2017.

El éxodo masivo no es casual, fue preparado, como tantos otros viajes; es huir para sobrevivir, pero también es una forma de protesta de los hondureños, quienes se consideran olvidados y agraviados por las eternas élites dominantes y por su actual presidente, Juan Orlando Hernández, quien a pesar de las acusaciones de haber sido elegido con fraude, se mantiene en el poder con el apoyo de Estados Unidos.

Los hondureños huyen porque el Estado nunca les ha garantizado el derecho a no migrar, a tener una vida digna, porque destruyeron sus cultivos tradicionales, los despojaron de sus tierras en beneficio del narcotráfico y de los valiosos negocios trasnacionales; por eso no tienen nada y lo arriesgan todo. Solo así se entiende que se enfrenten a la incertidumbre, a un peligroso viaje de más de 3.000 km por territorio mexicano. Allí las mujeres tienen una alta posibilidad de ser violadas o prostituidas, los niños y los jovenes de ser secuestrados, reclutados o asesinados por el narcotráfico, y, en el mejor de los casos, a ser extorsionados por los agentes migratorios. Por eso las caravanas les sirven como escudo protector.

Problemática sin salida

La dinámica migratoria masiva no es nueva, pero lo que llama la atención es que cada vez es más frecuente en Latinoamérica. Es el caso de los haitianos que llegan a Brasil desde 2010 (se estima que unos 90.000), o el de los venezolanos en Colombia desde 2014 (alrededor de un millón). La tendencia es el resultado de los problemas sociales e institucionales de Estados fallidos, sin capacidad ni intención de reacción.

El éxodo migratorio hondureño y centroamericano genera problemas tanto en los países de salida como en los de llegada. México es una de las naciones con mayor historia y con los más grandes volúmenes de migrantes hacia el norte, lo que haría suponer una comprensión a lo que ocurre con sus vecinos, pero no es así.

Tan pronto se supo de la caravana, el Gobierno mexicano manifestó que no permitiría el paso a personas que carecieran de los documentos y permisos respectivos; dijo que quienes no cumplieran con las exigencias serían detenidos. Las autoridades fronterizas reforzaron su presencia y las agresiones se incrementaron. Sin embargo después se cambió el discurso represivo señalando que se procesarían las solicitudes de refugio de quienes desearan quedarse en el país, pero eso solo fueron los anuncios del Gobierno saliente de Enrique Peña Nieto, al que poco le interesaron los problemas de sus fronteras, ni de sus migrantes.

Pese a contar con una nueva política migratoria, México no ha logrado consolidar prácticas de protección de los derechos humanos de los migrantes que salen, transitan o se quedan en su territorio. Ha firmado todos los acuerdos y convenciones de respeto a ellos y sus familias, pero no cumple ninguno; pide para sus compatriotas en el norte lo que les niega a los centroamericanos.

Los éxodos migratorios no son fáciles de manejar ya que ninguna ciudad, región o país puede atender y cuidar con facilidad movimientos poblacionales de ese tamaño, lo que obliga a un trabajo mancomunado entre autoridades locales, estatales y federales. Se requiere de una verdadera voluntad política que mediante acuerdos bilaterales y multilaterales diseñe soluciones efectivas y reales que atiendan las causas de los flujos migratorios. También es necesaria la participación y valoración de:

  • lo que hacen las organizaciones civiles
  • los académicos
  • los organismos locales
  • los mismos migrantes para poder trabajar de manera más acertiva con quienes toman decisiones.

A medida que esta caravana avanza – y lo que se sabe es que se le unirán otras dos que ya vienen en camino, con menos migrantes– aparecen los discursos y las prácticas a favor y en contra, que se manifiestan a diario. Mientras muchas personas salen al encuentro de los caminantes para apoyarlos con comida, con refugio, con expresiones de ánimo, otros pobladores y autoridades los persiguen, los agreden, les manifiestan su odio en un escenario xenófobo y discriminador avalado desde lo político.

Manipulación política

El éxodo hondureño ha tenido que afrontar la manipulación política. Para el Gobierno de ese país, quienes organizaron la movilización fueron los opositores políticos del presidente Hernández, que querían desacreditarlo. Por eso no fue raro que el embajador hondureño en los Estados Unidos filtrara un video falso en el que supuestamente unos jóvenes le daban dinero a migrantes, acusando con esto el apoyo del narcotráfico a la caravana.

En México, el presidente Andrés Manuel López Obrador pretende quedar bien con Dios y con “el americano”, por eso se inventó el programa “Estás en tu casa” en el que se proponía ofrecerles empleo, salud y educación a los migrantes que aceptaran las condiciones para quedarse en los estados de Chiapas y de Oaxaca (los más pobres del país). Dicha iniciativa, que en realidad buscaba detener el avance de la caravana hacia el norte, fue rechazada.

Pero el problema es que quien ha hecho el mayor uso político del éxodo hondureño ha sido el presidente Donald Trump. Ante las próximas elecciones intermedias en noviembre, en las que está en riesgo el poder de toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado que controlan los republicanos, y con ello su misma continuidad, la caravana le viene bien para su represivo control fronterizo, por eso ha lanzado acusaciones de que la caravana está infiltrada por terroristas del Estado Islámico (o ISIS) y por narcotraficantes.

El mandatario estadounidense no solo ha intimidado a los Gobiernos de Centroamérica con quitarles apoyos económicos, sino que le ha advertido a México que cancelaría el acuerdo económico recién firmado en reemplazo del TLC, y además se muestra decidido a enviar tropas a la frontera. Dichas amenazas han hecho reaccionar a los mandatarios centroamericanos que, temerosos como siempre, descalifican y buscan detener a los migrantes.

El éxodo avanza en medio de dificultades personales, familiares, sociales y políticas. Son muchos los que han desistido o no han aguantado las extenuantes caminatas en territorios hostiles, se han regresado o se han quedado en el camino expuestos a los peligros de siempre. No todos llegarán a la frontera norte, pero que muchos lo logren ya habrá convertido ese esfuerzo común en un éxito. Al otro lado los esperan los odios, las amenazas y las agresiones de un territorio militarizado.

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