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Etiopía y Eritrea avanzan hacia la normalización de sus relaciones

El pasado 9 de julio tuvo lugar un encuentro histórico: el actual primer ministro etíope, Abiy Ahmed Ali, visitó Asmara –capital de Eritrea– para encontrarse con el presidente Isaías Afeworki y sellar un acuerdo que le pone fin a un conflicto armado de más de 20 años entre los dos países del Cuerno de África. El texto firmado declara que “el estado de guerra que existía llegó a su fin”.

La declaración conjunta promete respetar las fronteras establecidas en 2000 con el Acuerdo de Paz de Argel, firmado bajo el auspicio de la Organización para la Unidad Africana (OUA) después de dos años de un conflicto que para ese momento ya había dejado 100.000 muertos. Además, en julio pasado se pactó reabrir la frontera y las embajadas, reanudar los vuelos y restablecer los vínculos comerciales entre ambos países.

El acuerdo, que consta de siete artículos, se firmó oficialmente el pasado 16 de septiembre. La revalidación formal de la voluntad de paz entre ambos Gobiernos se realizó en una simbólica reunión adelantada en Yeda (Arabia Saudita), en la que participaron António Guterres, secretario General de la ONU, y Salman bin Abdulaziz, rey de Arabia Saudita.

Dentro del Acuerdo, además de la tan anhelada paz, se contempla la creación de zonas económicas especiales, la lucha conjunta contra el terrorismo, el tráfico de personas, armas y drogas, además del Comité Conjunto de Alto Nivel para la supervisión del cumplimiento de lo acordado.

Cambios en el statu quo

De los factores que influyeron, se verán en detalle tres aspectos fundamentales:

  • la llegada de un nuevo régimen a Etiopía,
  • la aceptación de la implementación del Acuerdo de Paz de Argel, y
  • el interés por renovar los lazos económicos entre los países.

Abiy Ahmed Ali fue elegido primer ministro de Etiopía a principios de 2018, y desde entonces empezó a implementar profundos cambios en la política doméstica e internacional de su país. Su gobierno liberó a presos políticos, dio amnistía a las personas acusadas de delitos políticos y prometió privatizar parte de las empresas estatales, incluida la línea aérea nacional.

A pesar de pertenecer a la misma coalición política que su antecesor, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo de Etiopía, Ahmed es un líder perteneciente al grupo étnico de los Oromo, el cual, a pesar de ser el más grande del país, históricamente ha estado subrepresentado. La visión del nuevo gobierno, que contrasta con la de anteriores líderes que pertenecían tanto a las minorías Amhara y Tigre, ha permitido el despliegue de una renovada política exterior, recibida con beneplácito por Eritrea.

Por su parte, Isaías Afewerki, presidente de Eritrea desde 1993, ante las aproximaciones de su vecino para normalizar sus relaciones, no dudó en aceptar conversaciones para solucionar el prolongado conflicto sobre el territorio. La guerra con Etiopía ha tenido un profundo impacto en el desarrollo de su política interior, debido a la constante militarización y la violación de derechos humanos, muestra de lo cual ha sido la política de conscripción militar obligatoria, que causó la migración masiva de eritreos al extranjero. Por eso, la firma de un acuerdo representa una esperanza por desmilitarizar el país y mejorar las condiciones de vida internas de Eritrea, además de un mayor respeto por los derechos humanos y una apertura democrática para el país.

No obstante, la llegada de Abiy Ahmed Ali no ha sido suficiente para explicar el descongelamiento de las relaciones entre Etiopía y Eritrea; para la apertura de las fronteras también ha sido esencial la aceptación del mecanismo de paz estipulado en el Acuerdo de Paz de Argel firmado 2000, pero que nunca se implementó.

Hace 18 años los países acordaron que un panel imparcial en La Haya funcionaría como una comisión internacional de frontera. Esta resolvería la adjudicación de territorios usando un criterio ex aequo et bono, es decir con base en un principio de equidad, dados los acuerdos legales, los principios del derecho internacional y los tratados previamente existentes.

El Acuerdo de Paz de Argel les generó gran incomodidad a los antiguos gobernantes de Etiopía, ya que implicaba que muchas comunidades fronterizas que están bajo su jurisdicción pasasen a formar parte del territorio eritreo. Con la aceptación de este mecanismo por parte del presidente Ahmed es muy probable que, aunque se cedan territorios fronterizos, se llegue a acuerdos más flexibles en los que cada país pueda reducir al mínimo la división de las comunidades en la frontera.

A su vez, el interés por normalizar las relaciones por parte del primer ministro etíope también radica en mejorar las condiciones económicas de su país, que es una de las economías emergentes de África más prósperas de los últimos años, con un crecimiento promedio del 10 % de su PIB, y ciertamente para mantener ese nivel debe apostar por diversificar sus relaciones comerciales. En ese contexto, las relaciones con Eritrea son vitales, dado que desde la independencia en 1993 se le arrebató la salida al mar Rojo a Etiopía y a los puertos comerciales de Asab y Massawa.

Efecto dominó en la región

Además del claro impacto en los etíopes y eritreos, el futuro de la implementación de los acuerdos representa un avance político regional. Cuando estaban en guerra, estos países patrocinaron grupos armados para luchar entre sí en guerras por poderes, algunas de las cuales tuvieron lugar en Somalia, a donde, por ejemplo, Etiopía mandó tropas para combatir a Al-Shabbaab (un grupo extremista vinculado a Al Qaeda con sede en Somalia), mientras este mismo grupo recibía apoyo militar y económico de Eritrea. Ahora todo esto se transforma en un efecto dominó para garantizar la seguridad de la región.

Eritrea también tiene disputas fronterizas con Sudán y Yibuti, pero como Etiopía tiene buenas relaciones con ellos, ahora hay una mejor oportunidad de resolver estas quejas. En definitiva, el fin del conflicto entre los dos países promete estabilidad general en el Cuerno de África, un asunto que no es menor, pues esta región ha sufrido los vejámenes de Estados débiles, piratería, radicalismo islámico y pobreza extrema, entre otros.

Reactivar los lazos diplomáticos entre dos Estados que parecían adormecidos por el estupor de guerras que continuaban por inercia, deja una pequeña luz de esperanza para la región. Mientras tanto la Unión Africana, Naciones Unidas y el mundo miran con atención.

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