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Estados Unidos ante la pandemia: el gigante con pies de barro

Las crisis revelan lo mejor y lo peor de cada sociedad, y la actual no es la excepción. Como se ha reiterado en las últimas semanas, Estados Unidos se ha convertido no solo en el epicentro de la pandemia del coronavirus, sino también en el centro de la atención mundial, que saca las conclusiones tanto de los aciertos como de los aún más numerosos desaciertos de la administración de Donald Trump.
 

¿Qué explica que el país más rico y poderoso del planeta tenga hoy el mayor número de contagios y de decesos? Son varios los factores que han contribuido a ello. Para empezar, la Administración reaccionó con retraso a las alertas que ya venían circulando y que señalaban desde principios del año la gravedad del brote en China.
 

En una muestra de pensamiento mágico, el presidente Trump se empeñó en minimizar la amenaza declarando que se trataba de una gripa que desaparecería en cuestión de días. Solo en marzo se tomaron medidas de peso, como prohibir el ingreso de extranjeros provenientes de China y Europa a territorio estadounidense, y recomendar el distanciamiento social.
 

Puedes ver: El gran error de Estados Unidos frente a la crisis mundial.


Se trató de una falla en la estimación del problema, que se acentuó con el interés del presidente de evitar a toda costa asuntos que pudieran poner en riesgo su aspiración a la reelección en noviembre próximo. En sus declaraciones diarias Trump ha seguido subestimando la gravedad de la crisis sanitaria, al afirmar que su administración tiene la situación bajo control y presionando para que la economía vuelva lo más pronto posible a ponerse en marcha.
 

No obstante, la expansión vertiginosa del virus no se debe solo al deficiente liderazgo presidencial, sino también a la lógica del propio sistema político, la cual ha sido al mismo tiempo una fortaleza y una debilidad. En un sistema federal como el estadounidense, los responsables de tomar las decisiones claves son las autoridades locales, los gobernadores, las asambleas y los alcaldes de cada uno de los estados.
 

Ante la ausencia de una estrategia nacional coordinada frente a la pandemia, las respuestas han sido diferentes: mientras en algunos estados, como California, se tomaron decisiones de restricción de manera temprana, reduciendo al mínimo la difusión de la enfermedad, en otros, como New York, se aplazaron las respuestas, o de plano no se tomaron medidas de confinamiento, dando lugar a un aumento exponencial de los casos.

Las debilidades de la seguridad social


Otro factor tiene que ver con el propio sistema de salud estadounidense, que aún considerado como el más caro del mundo, no estaba preparado para realizar las pruebas necesarias, lo que produjo un retraso considerable en la aplicación de los test que permitieran identificar los casos de contagio y llevar a cabo un aislamiento selectivo.
 

Todavía a mediados de marzo no se sabía cuál era el verdadero nivel de expansión de la enfermedad en el país.


A ello se suma un problema de larga data que se agrava con la pandemia: el acceso a la salud y sus costos. Se calcula que 27 millones de estadounidenses no cuentan con seguro médico, los cuales, en caso de requerir atención no acudirían a los centros hospitalarios debido a los elevados costos, y aún entre aquellos que están asegurados, en ocasiones los copagos son tan altos que resultan disuasivos a la hora de acceder a tales servicios.


Puedes leer: Un coronavirus ha implosionado al mundo: ¿y China qué?.
 

De igual manera, la reciente directiva que restringe la posibilidad de residencia en el país a quienes utilicen los seguros del Gobierno, u otros beneficios de salud, afecta directamente a los más de 10 millones de migrantes indocumentados que hay en territorio estadounidense.


Así, esta población no solo no tendría los cuidados médicos necesarios, sino que además quedaría por fuera de los registros en caso de contagio, constituyéndose así en foco de expansión de la enfermedad.
 

Creciente desigualdad


La precariedad laboral es otro de los asuntos que se pone de presente ante las recomendaciones de aislamiento social. El 25 % de los trabajadores no tiene días de enfermedad remunerados ni vacaciones pagadas que les permitan mantenerse económicamente durante el confinamiento.


La pérdida de empleos por la paralización de la economía se refleja en que hasta finales de abril más de 22 millones de estadounidenses habían solicitado el subsidio de desempleo. La actual crisis revela con crudeza la cara oculta de pobreza y desigualdad crecientes en la sociedad más próspera del globo.


Sin embargo la fortaleza de Estados Unidos está precisamente allí, en su riqueza. Los planes de rescate económico tienen como propósito hacer llegar recursos a la población que compensen la escasa protección social que ofrece el sistema, además de respaldar a los sectores clave de la economía más afectados. A finales de marzo el Congreso aprobó un paquete de 2 billones dólares para paliar las consecuencias de la crisis del coronavirus; un mes después aprobó un nuevo paquete de emergencia por 484.000 millones de dólares.


Estos recursos están siendo empleados en forma de ayudas directas a las familias, subsidios al desempleo, préstamos blandos a empresas y fondos para ayudar a los estados y ciudades a suplir las necesidades sanitarias.

Pérdida de liderazgo mundial


Uno de los efectos de la actual pandemia es que ha hecho aún más evidente la erosión del liderazgo mundial de los Estados Unidos. Si ya la doctrina del Gobierno de la “América primero” había sustentado el repliegue de la potencia sobre sí, la reacción frente a la pandemia muestra no solo las dificultades para gestionar la crisis en sus fronteras, sino la falta de voluntad y la incompetencia del actual Gobierno para guiar los esfuerzos internacionales en la solución de la actual crisis global.


De ingrata recordación fue la oferta a un laboratorio alemán de comprar una posible “vacuna para los estadounidenses”, o la decisión de cortar los fondos del país para la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el momento en que más se requiere del apoyo y cooperación internacional.


El tono de confrontación que desde sus inicios estableció la actual Administración, tanto contra adversarios como con aliados, no solo ha hecho más difíciles las relaciones diplomáticas y comerciales, sino que también ha minado la legitimidad de Estados Unidos como garante de un orden liberal, capitalista y democrático.

La actitud aislacionista y nacionalista del actual Gobierno contrasta con el papel que Washington jugó en la respuesta a la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) en 2002, o al ébola en 2014, cuando proporcionó material y expertos a las regiones afectadas y cooperó con otros países para detener las epidemias. En su lugar, el presidente estadounidense actual se empeña en desinformar apoyando teorías conspiratorias, desacreditando a las instituciones multilaterales y compitiendo rapazmente en los mercados por los equipos y el material médico que otros producen.
 

El contraste se acentúa aún más al compararlo con la política china, que busca reparar su dañada reputación por ser fuente del brote y por sus errores de desinformación inicial sobre la virulencia y expansión de la enfermedad. La potencia asiática ha puesto en marcha una “diplomacia del coronavirus” ofreciendo ayuda humanitaria a todo el planeta y presentándose como un aliado confiable y solidario.

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