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Escuchar a las víctimas de la violencia sexual en el conflicto es iniciar su reparación

Giovanna, Claudia y Josefa, Yolanda, Lina, Cecilia, Gloria y Marta. Estos son nombres, entre otros tantos, que busco y en los cuales me amparo para agradecerles a cada una de las víctimas del conflicto colombiano la posibilidad de poder reconocer en voz alta la vergüenza propia y la de una sociedad que ha desoído, desatendido y ocultado tanto sus dolores y sus quejas como sus sueños y anhelos de un mejor futuro en nuestro país.

Hablo de vergüenza y no de culpa, a sabiendas de que probablemente el camino de sanar la vergüenza es más largo que el de reparar la culpa. Pero llega más lejos y a regiones más profundas como las que permiten la verdadera reconciliación y la autoaceptación de lo que hemos sido para poder transformarlo.

Mi cuerpo dice la verdad, sus cuerpos dicen la verdad, el cuerpo dice la verdad. Las historias que cuentan las señales de los cuerpos están hechas a partir del tipo de presencia particular que distingue el espacio que ocupa cada cuerpo. Al mismo tiempo, son el relato colectivo de un momento dado y de un territorio específico.

En cuanto son señales de destrucción y de dolor, de vejación y desidia como las que portan los cuerpos de quienes han sido víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado, no podremos acceder a ellas sino a través de la conciencia y la vergüenza que produce ese mundo devastado en el cual se convierte nuestro propio mundo, cuando somos indiferentes frente a estas violencias.

Los cuerpos sufridos, huérfanos de todo mundo, deben trocarse en una gran pregunta, cuya respuesta, que no puede ser otra a asumir la responsabilidad de las verdades de nuestros cuerpos y los suyos, nos lleve a iniciar un proceso colectivo de sanación y reconciliación.

El cuerpo de cada una de las víctimas de la violencia, más que inteligente ha sido sabio, al permitir que las tensiones, los nudos y los quistes energéticos que dejan las violencias comiencen a vibrar y encuentren elocuentemente su propia ruta de descarga, desarrollando otros modos de relación con el mundo. Mecanismos distintos de afrontamiento y recuperación que tenemos el deber de acompañar.

Las palabras y los movimientos de las víctimas de violencia sexual en el conflicto colombiano invitan a reflexionar sobre los modos de crear y recrear vínculos sociales, pero también sobre las múltiples caras del continuum de la violencia estructural, simbólica, cotidiana e íntima que se superponen o se relevan en el tiempo, en cadena, en espiral y en espejos, en el marco de esta guerra que nos sigue afectando aunque algunos nieguen su existencia.

La reunión de todos los males

Esas transposiciones de la violencia actual hunden sus raíces en el periodo colonial y se prolongan en lo que se ha denominado la colonialidad del poder, del saber y del ser y reúnen inextricablemente sexismo, racismo y clasismo.

Las violencias que llamamos sexuales incluyen tanto aquellas que se expresan de formas crueles, crudas y directas sobre los cuerpos de las mujeres y personas LGBTI, como las que vulneran sus sentimientos e integridad moral o las que naturalizan y legitiman el irrespeto, la subvaloración y el desprecio del que han sido particularmente objeto las mujeres afrocolombianas, raizales, palenqueras, de los distintos pueblos indígenas y las diversas zonas rurales.

Es importante, por tanto, que los diversos sectores de la sociedad conozcan y reconozcan el uso de la violencia sexual en el ámbito del conflicto armado.

Esa violencia se usó para castigar a las mujeres percibidas como aliadas de los grupos enemigos, para acallar a las lideresas que denunciaron los atropellos, para romper lazos comunitarios que obstaculizaban el desplazamiento de las poblaciones y el despojo de las tierras.

También se acudió a esa violencia como herramienta de sometimiento y subyugación, al ser empleada como técnica correctiva sobre quienes fueron percibidas como transgresoras de las normas de género y sexualidad defendidas o impuestas por los actores armados. O como estrategia de disciplinamiento de las combatientes.

El 91 % de las víctimas de violencia sexual en el conflicto han sido mujeres. Y esta situación se ha visto intensificada por otras situaciones generadoras de exclusión, como pertenencia étnico-racial, edad, origen social y orientación sexual, entre muchas otras.

Dos procesos para la reparación y la reconciliación

Aunque silenciada por la mayoría de sus víctimas, predominantemente mujeres de pueblos étnicos, la violencia sexual ha sido utilizada como arma de guerra por todos los actores del conflicto armado −hombres que fueron formados dentro de las cláusulas corporativas de la masculinidad y son su carne de cañón−, con secuelas dramáticas para las vidas de quienes la han padecido.

Estos actores armados están respondiendo al mandato de una masculinidad bélica que define que los sujetos masculinos tienen que estar dando pruebas continuas de su potencia, y volver espectacular su capacidad de impunidad y arbitrariedad y el control del territorio que invaden.

Lo cruel es que la prueba de virilidad que se exhibe ante esta cofradía bélica es el sometimiento total al que se obliga a las mujeres, convertidas en soportes de esta demostración.

Es importante subrayar que el cuerpo de las mujeres se ha convertido en un objetivo estratégico del conflicto armado interno, sobre todo por la complejidad de la colombiana, con conflictos armados de larga duración y una ausencia del Estado en la reparación de la histórica cadena de daños producidos por dichos conflictos,

Frente a ese panorama no puede haber verdadera reparación ni reconciliación sin la sinergia de dos procesos simultáneos. En primer lugar, el desmantelamiento del mandato de este tipo de masculinidad y el reconocimiento y la dignificación de las mujeres, en particular de aquellas de los pueblos étnicos, excluidas a lo largo de la historia por acción u omisión de las dinámicas de reparación y reconciliación.

En segundo lugar, es sustancial reconocer que la destrucción o la vejación del cuerpo de cada mujer negra, afrocolombiana, raizal, palenquera, indígena o campesina, también destruye la posibilidad de erigir un país colectivo y un relato nacional, plural pero común, al cual puedan adherir los ciudadanos.

Modos de sanar las heridas

Como se ve de lo anterior, la tarea de descifrar el significado de las cicatrices que ha dejado la violencia en el cuerpo de las mujeres nos induce a comprender la verdad de nuestra propia historia, ya que las heridas cuyas marcas buscamos descifrar son también las nuestras, las que porta cada colombiana y colombiano en su fuero más íntimo.

Las mujeres testimoniantes de estas heridas y de sus luchas por sanarlas dan cuenta de la importancia y eficacia los vínculos fuertes entre mujeres para vencer sus temores de ser censuradas, desacreditadas, culpabilizadas o juzgadas por haber sido víctimas de violencia sexual.

Estos lazos emocionales incluyen prácticas comunitarias ancestrales, militancias compartidas, comadrazgos y solidaridades variopintas que se anudan en el día a día y en el cuerpo a cuerpo, para blindar los espacios de sus vidas y generar comunidades de cuidado que les permiten volver a abrir sus cuerpos al abrazo y a la caricia, al canto y a la risa, al placer de la vida cotidiana y a la memoria incorporada de los tiempos felices.

En ese proceso no se puede olvidar a quienes callan su dolor o esperan el momento propicio para expresarlo, ni a quienes prefieren no compartir su congoja porque no quieren transferir sufrimientos o porque sienten temor de ser incomprendidas.

Se sabe que confiar en la capacidad que tengan otros de escuchar es fundamental en la tarea de romper silencios. Pero también es necesario acompañar y cuidar a quienes han escuchado de primera mano los relatos de estas violencias para que no sucumban frente al dolor que producen ni asuman individualmente una responsabilidad que es colectiva.

Debemos acoger igualmente a quienes prefieran o necesiten olvidar las violencias sexuales vividas para liberarse de la carga del pasado y así poder avizorar el futuro.

El 25 de mayo pasado en Cartagena, como parte del Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual, y en el marco de la campaña “Mi cuerpo dice la verdad”, muchas de ellas plasmaron en un gran lienzo sus sentimientos sobre la paz y sus deseos de futuros diferentes.

Con esa actividad nos enseñaron que desviarse de lo que ha sido establecido y aceptado como “verdad”, sin cuestionamientos, es una buena manera de acercarse a algo que es verdadero, por cuanto se acude a la creatividad para generar cuerpos libres de estereotipos y adueñados de su propia biografía.

Escuchar los testimonios de las mujeres víctimas de la violencia sexual en el conflicto armado colombiano, dejarnos interpelar por ellos, incluso avergonzándonos por la indiferencia y desidia sobre la cual se ha sostenido la persistencia de estas violencias, es restablecer la posibilidad de que tengan el dominio sobre su propia historia y sobre su libertad para expresarla.


[1] Adaptación de la ponencia presentada en el Primer Encuentro por la Verdad, organizado por la Comisiòn de la Verdad, el pasado 26 de junio en Cartagena. Las memorias de ese evento pueden consultarse en el siguiente enlace: comisiondelaverdad.co/encuentro-por-la-verdad-mi-cuerpo-dice-la-verdad

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