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En Medellín se naturalizó la “nueva cultura mafiosa”

“No hay que ser narcotraficante para producir o reproducir la narcocultura. La era pos Pablo Escobar que se instaura en Medellín ya no solo tiene que ver con las prácticas ilegales, sino también con unos comportamientos culturales de la vida cotidiana a los que continuamente se les atribuye la concepción de narcocultura”, asegura Didier Correa Ortiz, doctor en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín. 
 

Las narcoseries como “El cartel de los sapos”, “Escobar el patrón del mal”, “El señor de los cielos”, entre otras, enaltecen la figura de los “capos” y exaltaron las actividades de los narcotraficantes como el nuevo sistema ético basado en la ilegalidad.
 

El cine, la televisión y la música dibujaron a Pablo Escobar, Fidel Castaño, Emiliano Alcides y Jhon Jairo Velázquez, alias “Popeye”; todos ellos, narcotraficantes reconocidos desde los años setenta como personajes extraordinarios, héroes o villanos dignos de admirar u odiar.
 

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El tráfico de drogas de los años 80 y 90 transformó la vida social de la capital antioqueña e institucionalizó una serie de prácticas culturales como el portar armas, exhibir oro o joyas, y presumir la valentía de hombre, son interpretadas como derivaciones de las estructuras ilegales del narcotráfico en la época. 

En Medellín se instauró una “personalidad social” introducida por las reconfiguraciones del narcotráfico, que se instalaron especialmente en los barrios de periferia como Manrique (al nororiente) y en barrios élite como El Poblado, en el suroriente.
 

La cultura ilegal cambió la forma de percibir la vida al punto que hoy se habla de “mafias políticas” o “mafias económicas” debido a la connotación de lo ilegal marcada por acciones como la trampa, la corrupción, la extorsión y la perversión que eran reproducidos por los narcotraficantes.
 

Así lo comprobó la investigación del doctor Correa, la cual analizó las nuevas reconfiguraciones de la cultura narcotraficante en los modos de comportarse socialmente y de expresarse culturalmente de las personas.
 

“Habitus traquetos y habitus psicarial” 

El habitus es una forma individual e inconsciente de percibir la vida a través de la influencia social en ámbitos culturales, políticos y económicos que reconfiguran la visión del mundo. 
 

En este sentido, la “mafia” no solo engendró un lucrativo negocio ilegal, sino que también instaló en la ciudad toda una filosofía de vida, un sistema de valores y una ética que desbordó el mundo del crimen organizado y encontró lugar en diversos aspectos de la cotidianidad de quienes viven en Medellín.
 

“La era posPablo Escobar tiene que ver con ciertos comportamientos que juzgamos y señalamos dentro del contexto del narcotráfico; los llamados piques o carreras de motos y carros son mal vistos como actividades que harían los “narcos” o sicarios de barrio, cuando no necesariamente es así”.

A través de un proceso de inmersión Correa vivió durante un año en el barrio Manrique de Medellín, donde pudo observar que algunos jóvenes consciente o inconscientemente emulan el estilo narcotraficante, como designar nombre femeninos a sus motos o portar armas.
 

La comuna 3 (Manrique) está localizada en la zona nororiental de la ciudad y constituye uno de los lugares más azotados por la violencia y la delincuencia. 
 

En esta zona los “piques” o carreras de motos son una actividad recreativa común entre los jóvenes del barrio, sin embargo, varios de ellos, son señalados de pertenecer a grupos delincuenciales (sin serlo) por practicar este ejercicio.
 

Los “piques” son ejemplo de prejuicios que encasillan a las personas con valoraciones que no corresponden a su identidad individual y colectiva. 
 

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Por su parte “David”, un habitante de Medellín, confiesa en una entrevista personal (15 de diciembre de 2018) que “la Policía y la gente no nos tolera, ellos nos ven como delincuentes. Acá vienen médicos, ingenieros, gente de bien que les gustan las motos, la adrenalina, pero todo el mundo cree que somos pillos solo por estar montados en una moto”.
 

Por ejemplo, la “mataministros” –una moto Yamaha Dt 125– es una figura muy conocida entre grupos de sicarios por ser el vehículo en que se transportaban dos jóvenes que asesinaron al Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en 1984.
 

La moto es un ícono de la delincuencia en Medellín, pero también, es usada en estas carreras tanto en estratos altos como bajos.
 

Las fiestas nocturnas son la actividad preferida por muchos jóvenes de la ciudad de distintos estratos socioeconómicos.


“En Medellín muchos creían que el reguetón era una música de los barrios populares, de las grillas de barrio, pero no es así; el reguetón está por todos lados, en todas partes se baila reguetón, hasta los de mejor familia, gente bien, personas con estudios, en los lugares más exclusivos de la ciudad”, señala Camila, en otra entrevista con el investigador.
 

Durante los últimos 30 años el Parque Lleras de Medellín, ubicado en la comuna 14 El Poblado, se convirtió en el epicentro de las fiestas nocturnas en la ciudad y se volvió muy popular entre algunos jóvenes de clase media-alta.
 

Allí, algunos jóvenes acostumbran a consumir “drogas de ricos” como  el éxtasis, el 2C-B, cocaína, entre otras; a hacer carreras de autos de lujo deportivos, ostentar sus formas de vestir con joyas y oro. En el caso de las mujeres, muchas de ellas son señaladas de ser damas de compañía. Todo esto se puede ver en determinadas zonas de la ciudad que son asumidas como experiencias que el narcotráfico configuró.
 

“Es una concepción que ya no tiene que ver solo en el ámbito popular, porque jóvenes de niveles socioeconómicos tanto bajo como alto, adoptan gustos y costumbres ligados al mundo de la mafia, que no siempre se relacionan con el tráfico de drogas”, indica el investigador.

 

La narcocultura se ha naturalizado en Medellín

 

“Uno todavía puede ver en muchas casas que las personas quieren mostrar que consiguen plata, y para eso decoran sus casas con cosas que creen que son lujosas, pero realmente son “mañés”, eso es pura ostentación traqueta”, asegura Óscar en entrevista grupal con el investigador Correa el 15 de mayo de 2019.

La narcocultura es cada vez más fuerte en la ciudad a pesar de los esfuerzos oficiales por contenerla y olvidarla. 


Dicha narcocultura se evidencia a través de prácticas comunes como el uso de camisetas de Pablo Escobar o calcomanías de su rostro en los vehículos, incluso en las fiestas nocturnas, la carreras de motos, los fleteros o grupos sicariales que aún subsisten en la ciudad, hasta en la concepción de mujeres que se visten mostrando sus atributos físicos o que usan lenguaje grosero para comunicarse; entre otras expresiones de la vida cotidiana que se han normalizado.
 

“Esos reclamos que hace la sociedad para dejar atrás el pasado oscuro del narcotráfico son inciertos, porque desde la cultura no se pueden dejar atrás ciertas conductas y formas de pensar que se han naturalizado”.
 

Agrega que las conductas de los narcotraficantes dieron paso a que se crearán experiencias cotidianas que promovieron la creación de estereotipos y estigmas a partir de un conjunto de modos de comportarse propios de los “mafiosos”.
 

“Posiblemente todos estamos teniendo o hemos tenido prácticas de narcocultura sin darnos cuenta”, indica el profesor Andrés Villegas Vélez, director de la investigación, y destaca que “en este momento uno no puede asociar de forma directa la cultura narcotraficante al tráfico de drogas porque no necesariamente quien tiene esa conducta es traficante”.
 

La investigación evidenció que efectivamente existe una conducta tan visible y cotidiana de la narcocultura que ni siquiera se ve como un hecho extraordinario. Pero la situación se agudiza especialmente con el uso de las redes sociales como un sitio de prejuicios y señalamientos de una Medellín donde el fantasma del narcotráfico aún sigue deambulando.
 

“En un nivel explícito todos rechazamos el narcotráfico y la serie de expresiones culturales que asociamos con él, pero en otros momentos realmente no son rechazadas porque consciente o inconscientemente se adaptan prácticas asociadas con la narcocultura”, destaca el profesor Villegas.
 

Las formas de comportamiento del habitus sicarial o traqueto han empezado a dialogar con nuevas tendencias culturales en todo el mundo, que son reproducidas por personas que no necesariamente operan en el mundo del contrabando de drogas. De esta manera, los jóvenes hoy día, adoptan conductas conscientes o inconscientemente que el narcotráfico ayudó a reconfigurar en Medellín, y, que se alimentan de las redes sociales para actualizar y renovar la cultura del narcotráfico.

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