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En llaneros anfibios y ganado criollo está la clave de la innovación en Arauca

En agosto de 2018 la zona de Cinaruco hizo historia, al ser declarada como “ecosistema de gran valor ambiental” que será protegida por las autoridades. Esta es una área de 332.000 hectáreas ubicada entre Arauca (la capital del departamento) y Cravo Norte.

Según Martha Plazas Roa, directora General de la Corporación Autónoma Regional de la Orinoquia (Corporinoquia), “con la declaratoria de Cinaruco como Distrito Nacional de Manejo Integrado se incluyen ecosistemas representativos de la región constituidos como valiosos en términos del rol que cumplen en los procesos de mantenimiento de la biodiversidad y de prestación de bienes y servicios ecosistémicos”.

Con dicha declaración se pretende fortalecer las actividades productivas tradicionales como la cría de cerdo y la ganadería convencional, desarrolladas por comunidades campesinas que han contribuido como agentes de conservación de la zona, ya que estas labores implican un aprovechamiento sostenible de los recursos naturales, de un ecosistema que cuenta con:

  • 68 especies de mamíferos,
  • 178 de aves,
  • 176 de peces,
  • 670 de plantas y
  • 74 de reptiles.

Aunque esperanzadoras, tales afirmaciones resultan contradictoras si se tiene en cuenta que desde hace varios años la cebuización (producción de ganado cebú), el cultivo de arroz y la explotación petrolera han transformado el paisaje y afectado la sostenibilidad ambiental.

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“Aunque el cebú es muy valorado como una raza productora de carne, tiene poca capacidad de adaptación a las extensas llanuras anegadas durante gran parte del año”.

El médico veterinario Luis Ernesto Rodríguez Quenza, magíster en Producción y Sanidad Animal de la Universidad Nacional de Colombia (UN), sostiene que el arroz es un monocultivo erosivo y dañino para el ecosistema de la sabana.

Su afirmación concuerda con la de Brigitte Baptiste, directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, quien en marzo de 2017 alertó sobre el avance sin control de los cultivos de arroz en la modalidad extractivista. Pese a que 140.000 hectáreas del grano sembradas en 2016 dan cuenta del potencial agrícola de la zona, hay que tomar en cuenta el alto grado de degradación ambiental que se está provocando.

Algo similar sucede con el ganado cebú, al que el magíster se refiere como otro “monocultivo”, por la manera como se desarrolla su cría y levante. Por ejemplo, “mientras una vaca cebú pare a los 900 días, una vaca de ganado criollo lo hace en la mitad de tiempo”.

Al respecto, menciona que después de entrevistar a 30 ganaderos de los municipios de la sabana inundable Puerto Rondón, Cravo Norte y Arauca, la mayoría reconoció que sustiruir al ganado criollo fue un error que les ha pasado una costosa factura: “aunque el cebú es muy valorado como una raza productora de carne, tiene poca capacidad de adaptación a las extensas llanuras anegadas durante gran parte del año”.

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En ese sentido, una de las principales conclusiones de su laureado trabajo de investigación es que para que exista una óptima innovación en la Orinoquia colombiana es imperativo partir de reconocer las particularidades ambientales, la persistente falta de servicios regionales como las vías y  tener en cuenta la cultura anfibia de quienes habitan estos ecosistemas desde siempre, según lo postula la teoría de sistemas.

En esa apuesta juega un importante papel la recuperación del ganado criollo casanareño y de prácticas agrícolas ancestrales como el conuco (parcela pequeña de tierra destinada al cultivo de frutos menores, casi sin regadío ni laboreo) y la troja (versión orinoquense de las chagras amazónicas), que garantizan la seguridad alimentaria.

Aplicación inédita

La mayoría de los entrevistados se seleccionó de la lista de ganaderos integrantes del “Programa de gestión tecnológica para la innovación social y productiva de la carne y la leche en sistemas de producción bovina en los llanos colombianos”, o Proyecto Bovino Arauca.

La tabla del personal entrevistado se categorizó según el tamaño del predio y el censo ganadero, otorgando una clasificación de grande, mediano o pequeño productor. Se identificó a cada productor, nombre del predio, vereda, área del predio y censo ganadero, en número de cabezas de ganado y otras variables.

El profesor Alonso Correa, del Departamento de Producción Animal de la Facultad de Medicina Veterinaria y de Zootecnia de la UN, destaca que uno de los aportes más relevantes de la investigación del magíster es la aplicación, por primera vez al sistema de sabanas inundables, de la teoría general de sistemas, metodología introducida por el biólogo y filósofo austríaco Ludwig von Bertalanffy. Con ella, el investigador concibió una explicación de la vida y la naturaleza como la de un complejo sistema, sujeto a interacciones y dinámicas, que más tarde trasladó al análisis de la realidad social y a las estructuras organizadas, como por ejemplo la familia.

“Con la declaratoria de Cinaruco como Distrito Nacional de Manejo Integrado se incluyen ecosistemas representativos de la región constituidos como valiosos en términos del rol que cumplen en los procesos de mantenimiento de la biodiversidad y de prestación de bienes y servicios ecosistémicos”.

Desde su creación, dicha teoría ha sido utilizada en biología, sicología, matemáticas, ciencias computacionales, economía, sociología, política y otras ciencias exactas y sociales, especialmente en el marco del análisis de las interacciones.

A partir de esta visión sistémica se intenta comprender la forma de vida del llanero y su relación con la naturaleza, mediante entrevistas cuyos ejes temáticos abordados ocupan una gran parte de su quehacer, como por ejemplo su sabana, sus ganados y cultivos, los tipos de manejo empleados en las fincas, las dificultades para trabajar, la introducción de nuevas alternativas productivas y de formas de vida, aspectos que forman parte de los doce temas seleccionados para escuchar a los protagonistas en un “ejercicio de memoria”, como lo define el magíster Rodríguez.

El profesor Correa agrega que, lo más importante es que la teoría relativiza el concepto de modernización técnica, que no puede ser un valor único y absoluto, dado que las propuestas de intervención técnica para cada realidad, son matizadas y condicionadas por el reconocimiento previo de esas realidades ecosistémicas, regionales, culturales y de recursos de los productores.

Cautivos de la naturaleza

Una sabana que permanece inundada durante casi 250 de los 365 días del año exige que quien la habita tenga cualidades anfibias. Tanto los animales como los llaneros han sabido adaptarse a esta dinámica particular, la cual ha condicionado el desarrollo de la región, pero que ahora -a título de las modernización- pretende descalificarse por tradicionalista.

Juan Pablo Canay, propietario del hato El Porvenir, en la vereda Cinaruco, al oriente de Arauca, relata que siempre le ha costado explicarle a sus contactos en Bogotá cómo es vivir en una sabana inundable, pues las personas del interior todavía se extrañan cuando un llanero les dice que debido a las fuertes lluvias que encharcan la superficie durante casi todo el año, no puede acceder a la finca que heredó, saber cómo están sus 10.000 reses, ingresar alimentos o pasear por ella.

El profesor Correa explica que los municipios sabaneros comparten similitudes, son territorios planos e inundables, cubiertos de pastos naturales y bosques de galería o riparios (protegen las riberas de los ríos), y además la zona es muy parecida a una batea, es decir que “en época de lluvia las aguas que vienen del lado de la cordillera y la altillanura no llegan al río Meta, la principal afluente, y algunos ríos empiezan a correr en sentido contrario”.

Los ganados criollos son recursos genéticos más apropiado para la sabana inundable, pues, a diferencia del cebú, los ejemplares son más pequeños –por lo que no se hunden en el barro–, comienzan a mamar tan pronto nacen y requieren de menos cuidados, gustan más de las aguas y fisiológicamente aprovechan más esas pasturas nativas.

Teniendo en cuenta esa explicación, una de las conclusiones del trabajo de maestría es que apenas un 30 % de sus suelos –según lo manifestaron los entrevistados– son áreas posiblemente útiles para el establecimiento de cultivos o pastos permanentes, pues “el resto es puro bajo” (segunda parte más baja de la sabana, después de los esteros,  que permanece inundada durante el invierno).

Otro hallazgo es que las sabanas inundables producen diferentes pasturas nativas no estudiadas en profundidad que, según los ganaderos, tienen un potencial productivo enorme en comparación con los pastos introducidos, y son consumidas vorazmente por las razas criollas.

Con respecto a los esteros, el magíster menciona que se trata de un agroecosistema tradicional que en áreas pequeñas conserva reservas forrajeras para épocas críticas no solo de los animales, sino también de la población. “La misma visión anfibia del llanero circunscribe al cultivo a no exceder más allá del pancoger o la subsistencia, porque la humedad del terreno no se lo permite”.

El magíster Rodríguez menciona que las razas oriundas de ecosistemas húmedos, como el romo sinuano, el costeño con cuernos y hasta el senepol, se adaptan más fácilmente a estos ecosistemas; que esos ganados criollos son recursos genéticos más apropiado para la sabana inundable, pues, a diferencia del cebú, los ejemplares son más pequeños –por lo que no se hunden en el barro–, comienzan a mamar tan pronto nacen y requieren de menos cuidados, gustan más de las aguas y fisiológicamente aprovechan más esas pasturas nativas. De igual manera, advierte que de las siete razas criollas que existen en el país, la casanare es la que menos se ha considerado para su conservación y estudio.

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El experto resalta que para una real innovación social en Arauca se necesita de tecnologías de bajo costo, ajustadas a las realidades locales y a la capacidad económica y cultural de los productores, solo así será posible consolidar a esta región como Distrito Nacional de Manejo Integrado.

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