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¿El tema es el Esmad?

La evidencia en video que todo el país ha visto no deja dudas acerca del uso arbitrario y desproporcionado de la fuerza por parte del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad). En los estrados judiciales las partes presentarán sus argumentos acerca de la motivación de ese homicidio: ¿fue un acto deliberado de uno de sus miembros contra un joven que a la vista estaba desarmado, fue un acto culposo de un agente dispuesto a infligir daño a un manifestante, pero nunca con la intención de quitarle la vida?

Más allá de los pormenores de este caso, lo que la opinión pública también ve es la configuración de un patrón de violencia e impunidad, pues no es la primera vez que se usa así la fuerza por parte del Esmad deja víctimas mortales. Además de la gravedad de los propios homicidios, es grave que estos crímenes no hayan tenido una sanción adecuada. No lo digo porque crea en la justicia retributiva, que no repara nada y solo añade más dolor: ¿de qué sirve encerrar a alguien en una de las instituciones más deshumanizadoras de la sociedad moderna como es la cárcel? Lo digo porque la sanción debe cumplir con una función preventiva, la cual claramente brilla por su ausencia.

Es comprensible que en este contexto muchas personas demanden la disolución del escuadrón. Los más enardecidos califican a todos sus miembros de asesinos. Para un amplio conjunto de los participantes en las marchas y protestas, el Esmad es la Bestia Negra: abominable por su violencia y despreciable por su brutalidad.

Encuentro contrario a mis convicciones aceptar el proceso de deshumanización de los miembros del escuadrón. Varias veces, durante y al final de las marchas, he conversado con algunos de ellos, nos hemos dado la mano y sonreído, y mirándonos a los ojos nos hemos reconocido como colombianos que vivimos bajo un mismo cielo. No todos los miembros del Esmad son violentos; no todos lo son todo el tiempo. Antes de englobarlos a todos en una categoría, de juzgarlos y condenarlos por su actividad represiva, yo recuerdo al ser humano que hay detrás de cada armadura, sus miedos, sus angustias, sus frustraciones.

Este ejercicio no desdice de la justa demanda de responsabilidad que hacemos los ciudadanos de sus acciones. Por muy humano que sea, el encapuchado que le arrojó una papa-bomba al patrullero Arnoldo Veru Tovar tiene que responder por haberle causado graves lesiones. Con la misma lógica, el agente que mató a Dilan también tiene que responder por su conducta. Sin embargo, para prevenir este tipo de hechos, ¿debemos exigir la disolución del Esmad?

No hay ningún Estado que se precie de ser democrático que prescinda de un cuerpo especializado para contener disturbios. Si en Colombia hay uno, no es porque sea una democracia precaria, que lo es.

El Esmad existe porque revela un proceso de aprendizaje y diferenciación funcional dentro de la fuerza pública. En el pasado la Policía Militar era la que contenía las manifestaciones y protestas; se trataba de un cuerpo que tenía una orientación y un entrenamiento totalmente inadecuados para manejar situaciones en las cuales está en juego el balance entre el derecho legítimo de los ciudadanos para protestar pacíficamente y el mantenimiento del orden público.

Disolverlo daría lugar a una regresión institucional. ¿Querríamos acaso reemplazar las tanquetas del Esmad por las tanquetas del Ejército, los gases lacrimógenos y las torretas de agua con balas de plomo y fusiles de asalto?

El tema no es, como tal, acabar con el escuadrón. Lo que hay que poner en discusión es la forma como actúa y las órdenes a las cuales responde. Este escuadrón tiene un protocolo de acción que ordena, antes de usar la fuerza, establecer una interlocución con los organizadores de la protesta para pedirles que se desplacen a otro sitio o que se disuelvan. Es claro que este protocolo no ha sido observado en muchísimos casos en los cuales se han desatado choques entre la ciudadanía y los efectivos de la Policía. Otro gallo habría cantado si la orden recibida por el Esmad se hubiese ajustado a su protocolo de acción. Y otro gallo es precisamente el que ha cantado cuando las autoridades han promovido un acuerdo previo entre los organizadores de la protesta y la Policía para que no haya desmanes y para que, en caso de que tengan lugar, el ejercicio de la fuerza se limite a contener las alteraciones al orden público.

En mi opinión, además de las correspondientes responsabilidades jurídicas por los actos individuales, lo que procede es demandar responsabilidad política al ministro de Defensa, pues es bajo su dirección que el Esmad ha ejercido la fuerza de esta manera. El Ministro actual no es, desde luego, el único llamado a responder. El patrón de violencia del Esmad no se limita a este gobierno, pero este ya debería haberlo modificado y es evidente que no lo ha hecho. Por eso es que el actual ministro de Defensa debería renunciar a su cargo. Es lo que en cualquier otro país habría hecho un político con sentido de responsabilidad después de la muerte de un joven como Dilan.

En ausencia de ese sentido de responsabilidad, el Congreso debería aprobar en su contra una moción de censura. Esta sería una señal inequívoca de cero-tolerancia hacia el ejercicio arbitrario y desproporcionado de la fuerza por parte de los agentes del orden.

El actual ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, no sabe de orden público, no tiene mayor experiencia en este campo, pues es un político de carrera que aceptó ese cargo porque quiere ser presidente de la República. Como todo político ambicioso, parecería que no tiene problemas en seguir utilizando al Esmad contra la ciudadanía, si eso le sirve para reforzar sus credenciales de presidenciable en las filas del uribismo.

Quienes marchamos debemos tener un horizonte muchísimo más amplio. Insistamos en acuerdos previos entre los organizadores del paro y las autoridades para evitar los desmanes y la represión posterior. Demandemos las correspondientes responsabilidades jurídicas y políticas a las autoridades por el uso arbitrario y desproporcionado de la fuerza.

Sancionemos socialmente a quienes quieren radicalizar a la ciudadanía con sus actos violentos y respaldemos la acción de las autoridades en su contra. Y hagamos un ejercicio adicional: humanicemos a los miembros del Esmad; recordemos que marchamos también por ellos y sus familias, que lo hacemos por un país más justo para todos los colombianos. El tema no es el Esmad. El tema es la construcción de un país más justo, emprendedor y solidario.

Puedes ver:

La noche del ‘miedodio’.

Producir conocimiento de calidad o desaparecer como especie.

Para matar de nuevo a las víctimas.

 

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