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“El presente es una fabricación de la historia”, Philip Roth

A los 85 años murió el escritor estadounidense Philip Roth el pasado 19 de mayo. Es una noticia que ya muchos conocen y que tal vez resienten. El que fue definido por algunos como el último gran escritor y el más valiente de su país, nació en 1933 en Newark, al otro lado del Huston, frente a Nueva York, en una familia judía americana.

Roth vivió en Nueva York hasta que en 1972 el éxito que tuvo Portnoy’s Complaint (El mal de Portnoy, en la versión española) lo obligó a refugiarse en el campo huyendo de una fama que lo agobiaba y le arrebataba la intimidad. En sus palabras, la gente empezó a pensar en él y a verlo no como el escritor que produjo al personaje sino como a Portnoy mismo. Esta identificación con uno de sus personajes más reconocidos de la novela –que llegó a vender cinco millones de ejemplares– lo impulsó a trazar una línea entre el público y su vida privada.

Curiosamente una de las preguntas favoritas de sus entrevistadores era sobre la relación entre su obra y su propia vida. El hecho de evitar responderla con frecuencia no ha impedido que algunos estudiosos de su obra hayan sido capaces de afirmar que, en efecto, en la obra de Roth es posible leer una biografía en clave, juego con el público en el cual la negación de esta forma parte de las reglas.

Para sustentar dicha afirmación, aseguran que Nathan Zuckerman, personaje de muchas de sus novelas, puede ser comprendido como su alterego. Pero incluso la relación que se construye en su obra entre la vida y las novelas adquiere dimensiones evidentes cuando en uno de sus libros (Operation Shylock: A Confession, 1993) conviven dos personajes, ambos llamados Philip Roth.

En efecto, es difícil imaginar que un novelista use como material algo completamente ajeno a su propia vida para construir su obra. En la obra de Roth hay, en consecuencia, algunas preocupaciones recurrentes.

  • La primera es la referencia al judaísmo, que le valió ser acusado de antisemita por la comunidad judía estadounidense.
  • La segunda es la sexualidad, atributo remarcable de Nathan Zuckerman, “el judío norteamericano amante de las mujeres”.
  • La tercera es la relación entre la historia y la vida íntima de los individuos, sobre la que claramente exploran varias de sus novelas, entre ellas Trilogía americana.
  • Y por último la enfermedad, que se encuentra en sus últimas novelas, entre ellas Némesis (2010), con la que se despidió del público argumentando que ya no tenía suficiente energía física para enfrentar la escritura de una más.

Según Elisabeth Phillipe, crítica literaria y muy cercana al escritor, sobre la pantalla de su computador había un papel que decía “la lucha contra la escritura ha terminado”. En Nemesis se narra la historia del señor Cantor, entrenador deportivo en el barrio judío de Weequahic, en Newark, durante un muy caluroso verano en el que se desata una arrasadora epidemia de polio.

La enfermedad, cuya vacuna no ha sido descubierta aún, empieza a cobrar víctimas entre los menores. Para mantenerlos en orden y siguiendo una rutina física ajustada a las recomendaciones, Eugene “Bucky” Cantor los hace jugar en el centro deportivo del barrio hasta que la dolencia empieza a cobrar víctimas entre sus alumnos.

Esta última novela, además de ahondar en la enfermedad y en el cuerpo, se adentra profundamente en la vergüenza y en la dualidad permanente que resulta del esfuerzo por controlar el caos y la evidente incapacidad para lograrlo. Al respecto el narrador dice: “Unas veces tienes suerte y otras no. Toda biografía está sujeta al azar y, empezando por la misma idea, el azar –la tiranía de la contingencia– lo es todo”.

El hecho de que hubiera dejado de publicar muchos años antes de su muerte habla de la enorme conciencia acerca del poder de la literatura como una manera de comprender (iluminar se antoja decir) la vida. Y para hacerlo, Roth asumía jornadas completas trabajando de pie en sus manuscritos, frente a un atril que sostenía la máquina de escribir.

La experiencia de la escritura como una actividad básicamente orgánica permite entender, en parte, la recurrencia de ciertos elementos temáticos en su obra como el sexo y la enfermedad, y también, de cierta manera, la historia y la forma en que los grandes acontecimientos definen la vida de los seres humanos, como ocurre, por ejemplo, en Pastoral americana, novela por la que recibió el Premio Pulitzer en 1997. Esta forma parte de la Trilogía americana y cuenta la historia del suizo Lebov, un judío fabricante de guantes cuya hija participa en un atentado a la Oficina de Correos en protesta por la guerra de Vietnam, y en el suceso muere una persona.

El hecho de que hubiera dejado de publicar muchos años antes de su muerte habla de la enorme conciencia acerca del poder de la literatura como una manera de comprender (iluminar se antoja decir) la vida. Y para hacerlo, Roth asumía jornadas completas trabajando de pie en sus manuscritos, frente a un atril que sostenía la máquina de escribir.

En una entrevista extensa acerca de esta obra en France Culture, el autor asegura que es precisamente la guerra de Vietnam la que hace el tránsito histórico entre la esperanza del sueño americano y el derrumbamiento de la Pastoral americana. La imposibilidad de continuar aferrado a la idea de grandeza de un país que se ha revelado con esta guerra como un imperio –e incluso como el imperio del mal– es lo que propició, según el autor, la movilización juvenil en contra de la guerra e incluyó como forma de protesta la lucha armada. El personaje de Marry, la hija de Lebov, está inspirado en un grupo clandestino armado de mujeres que operó durante los años setenta.

Para terminar esta breve nota, baste mencionar dos de sus novelas más escandalosas, El mal de Portoy y El teatro de Sabbath, comprendidas en algunos casos como las dos caras de la misma moneda. En una, el personaje intenta resolver su afición desmedida por el sexo a través de sicoanálisis, mientras en la otra no intenta hacer nada distinto que expresar su deseo y tratar de realizarlo. En las dos está latente la preocupación por el reconocimiento de las fuerzas del caos que dominan la vida humana, de los innumerables asuntos sin explicación que la conforman, y en consecuencia de la literatura, porque en sus palabras “las novelas reflejan el mundo”.

Su muerte, que no es la muerte del autor que nos había abandonado hace años, es una gran pérdida para el pensamiento lúcido y crítico sobre la cultura estadounidense y una ocasión para revisitar o conocer la obra del que sin duda es uno de los más grandes escritores contemporáneos en lengua inglesa

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