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“El populismo se nutre hoy de aporofobia”

La palabra fue acuñada por la profesora emérita de la Universidad de Valencia (España) Adela Cortina, quien durante 20 años la utilizó en algunos artículos en los que señalaba que se suele llamar xenofobia o racismo al rechazo a los inmigrantes o refugiados, cuando en realidad se trata de una aversión que no se genera por su condición de extranjeros sino porque son pobres.

“Los extranjeros con medios económicos no producen rechazo, sino todo lo contrario, porque se espera de ellos que aporten ingresos y se les recibe con entusiasmo”, afirma la filósofa, quien ante la existencia de esta “lacra social sin nombre” buscó en un diccionario de griego y juntó los términos: áporos (el que no tiene recursos) y fobia.

En el primer capítulo del ensayo Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la democracia (Paidós, 2017), señala que es imposible indicar con el dedo la democracia, la libertad, el totalitarismo o la belleza; como lo es también señalar de forma física la xenofobia, el racismo, la homofobia o la islamofobia.

Por eso “estas realidades sociales necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber de su existencia, para poder analizarlas y tomar posición ante ellas. En caso contrario, si permanecen en la bruma del anonimato, pueden actuar con la fuerza de una ideología, entendida en un sentido de la palabra cercano al que Marx le dio: como una visión deformada y deformante de la realidad, que destilan la clase dominante o los grupos dominantes en ese tiempo y contexto para seguir manteniendo su dominación. La ideología, cuanto más silenciosa, más efectiva, porque ni siquiera se puede denunciar”.

En entrevista con UN Periódico, la docente valenciana ofrece algunos elementos que explican la predisposición de los seres humanos a la aporofobia y propone caminos de superación por medio de la educación o de sistemas fiscales que apuesten por la justicia con equidad social.

 

UN Periódico (UNP): ¿a algunos Gobiernos les interesa que existan territorios inmersos en la pobreza y por eso no invierten en mejorar la calidad de vida de los ciudadanos?

Adela Cortina (A.C.): que los Gobiernos no inviertan en los territorios más pobres es un caso de aporofobia. Los miembros de los Gobiernos, igual que las personas corrientes, benefician a los que pueden darles algo interesante a cambio, sean recursos económicos, apoyo y prestigio para conseguir votos en las elecciones, favores o privilegios. Es lo que se llama el “Principio Mateo”: al que más tiene, más se le da, y al que tiene poco, hasta lo poco que tiene se le quita. Pero esta forma de actuar no solo es injusta, sino también poco inteligente. Los Gobiernos se deben al conjunto de la ciudadanía, sobre todo a los peor situados. Pero además la mejora de los territorios más pobres redunda en beneficio de todos. Es una cuestión de justicia y de prudencia.

UNP: ¿es una utopía pensar en la redistribución de la riqueza?

A.C.: no, es una realidad: la realidad de los sistemas fiscales, que suponen un mínimo de justicia. En sociedades desiguales es de elemental justicia fijar impuestos a quienes tienen recursos para invertir en necesidades comunes y en la promoción de los menos aventajados.

Naturalmente los impuestos deben ser proporcionales al nivel de riqueza. La igualdad de oportunidades es un deber de justicia.

UNP: ¿la educación mitigaría el impacto de la pobreza?

A.C.: por supuesto. Las personas y los países que tienen una mayor cultura aprovechan mucho mejor sus recursos que los que carecen de educación. Como dice Amartya Sen, la pobreza es falta de libertad para poder llevar adelante los planes de vida que se valoran. Una población educada es mucho más libre, y por lo tanto más rica en lo que verdaderamente importa.

UNP: usted afirma que todos los seres humanos son aporófobos, ¿por qué?

A.C.: el ser humano se ha ido desarrollando a lo largo de la evolución como homo reciprocans, como un ser “reciprocador” que está dispuesto a dar con tal de recibir; y como en el cerebro contamos con un mecanismo de disociación por el que ponemos entre paréntesis lo que nos incomoda, invisibilizamos a los que nos parece que no pueden ofrecernos nada más que problemas. Esos son los excluidos.

UNP: ¿existe un concepto similar al de la aporofobia aplicado a la riqueza?

A.C.: mi amigo Agustín Squella, profesor de Derecho en la Universidad de Chile, en Valparaíso, ha propuesto la palabra “plutofilia”, que quiere decir amor a los ricos y poderosos. En efecto es la otra cara de la aporofobia, y como decía Adam Smith con buen acuerdo, uno de los principales males es admirar a los ricos y no a los buenos y sabios.

UNP: ¿cómo se explica que países como Colombia, con tanta desigualdad social, lideren mediciones de felicidad?

A.C.: se puede tener pocos medios económicos y ser feliz, porque se disfruta de bienes sociales como el cariño, la amistad, proyectos de realización personal, solidaridad y riqueza comunitaria. Sigue siendo verdad que la felicidad no depende del número de coches, ordenadores ni siquiera de teléfonos móviles, sino de la cordialidad en las relaciones humanas.

UNP: ¿por qué la aporofobia es el motor del auge de los populismos?

A.C.: estos descansan en la convicción del populista de que hay dos grupos en la sociedad y de que el suyo es superior al otro, que no merece sino desprecio. El populismo de Donald Trump está convencido de la superioridad de los blancos estadounidenses; los de Marine Le Pen, en Francia; la Liga Norte, en Italia; del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán o del partido ultranacionalista Alternativa por Alemania, en la superioridad de franceses, italianos, húngaros y alemanes frente al resto. Lo mismo ocurre en el populismo de Nicolás Maduro o del partido español Podemos, que enfrenta a los que presuntamente tienen la verdad –los suyos– con aquellos que les parecen despreciables.

UNP: ¿cómo han influido los nacionalismos en la profundización de la crisis del Estado de bienestar en los llamados países del primer mundo?

A.C.: el gran reto es construir un Estado de bienestar para un mundo global, porque es un Estado de justicia. Los nacionalismos son un obstáculo para llegar a esa meta porque en vez de priorizar el empleo, la salud, la educación, la acogida de los migrantes pobres y los refugiados políticos, o el empoderamiento de los discapacitados, se enrocan en polémicas identitarias emotivistas y estériles que destrozan la convivencia social.

UNP: ¿qué papel juega la ética frente a los cada vez más sonados casos de corrupción que afectan a las sociedades iberoamericanas?

A.C.: el de prevenir recordando que la meta de la política es construir el bien común, de modo que quien gestiona recursos públicos debe hacerlo por el bien público, sin buscar su interés privado. Y que lo mismo sucede en las empresas, en las universidades y en la vida corriente. Pero también es necesario recordar que la incompetencia es tan nefasta como la corrupción.

UNP:¿el vertiginoso desarrollo de la ciencia y la tecnología obligaría a redefinir la ética?

A.C.: la ética se ocupa de la justicia y la felicidad. Las exigencias de justicia tienen su fundamento en la idea de dignidad humana y seguirán siendo las mismas, solo que habrá que responder a problemas nuevos para defender esa dignidad.

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