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El Perú en su laberinto

La implementación de la “mano militar” tuvo resultados mezclados que destruyeron parte del ordenamiento colonial, y como destruyeron y no construyeron, ese vacío fue llenado por las acciones de Sendero Luminoso, una organización que, al igual que Pol Pot en Camboya, pensaba que había que convertir en cenizas al Perú moderno para que emergiera la luz.

El japonés Alberto Fujimori los derrotó en el marco de un gobierno que duró toda la última década del siglo XX, y aprovechó esa popularidad para poner las bases de una política económica neoliberal a ultranza, que estabilizó la economía, sustrajo al país de su ostracismo financiero e implementó obras públicas necesarias en el país. Esos logros, además del control político y de los sobornos ejercidos por el Servicio de Inteligencia Militar a cargo de su alter ego Vladimiro Montesinos, explican la popularidad de su gobierno, heredado por su hija Keiko Fujimori (actualmente en prisión preventiva) quien en las elecciones de 2016 perdió la elección presidencial por una mínima diferencia.

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En 2010, después de renunciar a la Presidencia –desde el exterior y por carta– ante los escándalos de corrupción y por su deseo de continuar en el poder, Fujimori fue reemplazado por Alejandro Toledo (2001-2006), a quien siguieron como presidentes Alan García Pérez (2006-2011 por segunda vez), Ollanta Humala (2011-2016) y Pedro Pablo Kuczynski, quien renunció el 28 de marzo de 2018 antes de cumplir dos años en el cargo.

Ninguno de ellos alteró un ápice la política neoliberal inaugurada por Fujimori; fueron además presidentes de “todos los colores”, y todos están presos, salvo el presidente del Partido Aprista Peruano, García Pérez, quien se suicidó el 17 de abril de 2019 ante la orden de su arresto. Que esos mandatarios estén presos despierta admiración por la justicia peruana, pero habría que admirar más bien cómo esa comparsa de líderes accedió a la cúspide del poder político.

La situación con Vizcarra

La fascinación por el espectáculo peruano continúa en estos días por la disolución del Congreso, ordenada la semana pasada por el presidente Martín Vizcarra, ante la oposición de una Cámara dominada por los “fujimoristas” y ante el clamor popular por su cierre.

Pero no era la primera vez que esto ocurría: el 5 de abril de 1992 Fujimori fue aclamado por hacer lo mismo y además por reemplazar a los integrantes del Ministerio de Justicia. Los que los reemplazaron son los ancestros de los actuales, lo que reivindica lo dicho por el joven Tancredi a su tío Fabrizio en la célebre novela de Lampedusa Il Gattopardo: “si vogliamo che tuto rimanga como è bisogna che tuto cambi [si queremos que todo permanezca como está, debemos cambiarlo todo].

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Los miembros del Congreso disuelto no aceptan la legitimidad del cierre, interesados no en la institucionalidad sino en utilizarlo como un paraguas de protección para evitar ser condenados por su potencial complicidad ante los actos de corrupción locales, o los implementados a escala planetaria por el célebre empresario brasileño de Odebrecht, Jorge Barata. El Gobierno, ciertamente, defiende lo que hizo, de tal suerte que se abre un amplio espacio para que los abogados encargados presenten de uno y otro lado sus más excéntricos argumentos. Y mientras tanto, ¿qué pasa con el país?

Pero antes también ocurrió un evento importante que marcó al país. El Perú despertó otra vez la fascinación internacional cuando entre 2006 y 2008 su economía creció a la tasa de un 9 % anual. Ese sueño fue efímero y ahora está en un 2,5 % porque la alucinación de los años anteriores no tuvo nada que ver ni con la habilidad ni con la inteligencia de sus gestores de política económica, sino porque ese crecimiento fue el resultado de la acción de fuerzas externas que escapan al control del Gobierno.
 

Al igual que desde el siglo XVI, la economía peruana crece o decrece por el entorno cambiante del mercado internacional, y en los últimos años por la demanda de minerales por la India, China y Brasil, de modo que al apagarse estas chispas de crecimiento la bonanza dio paso al estancamiento, con el agravante de que la clase política ni siquiera fue capaz de utilizar esos breves ciclos de expansión para implementar políticas alternativas menos fortuitas.

Lo que se avecina
 

Comprender y explicar lo que ahora ocurre en el Perú –y en otros países de la región– implica ir más allá de la coyuntura y analizar la estructura o, en términos más coloquiales, tener la capacidad de mirar más allá de sus narices. No es posible hacerlo en un contexto de ignorancia, de exclusión, de intolerancia y de racismo.
 

Como contexto se puede leer el libro de Marie Arana, Bolívar: Libertador de América (Bogotá: Random House, 2019) que permite constatar cómo las advertencias formuladas por el Libertador Simón Bolívar hace dos siglos sobre la fractura entre el formalismo y la increíble realidad nuestra se mantiene hasta la actualidad. Esto afecta no solo la consabida división de poderes sino la estructura y el funcionamiento de los partidos políticos, “partidocracias” las llamaba Fujimori, que proclaman hacia afuera lo que no practican hacia adentro.
 

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En el ejercicio de la política solo un iluso puede creer que sus protagonistas lo hacen en función del bienestar público: desde la “colonia” es una práctica patrimonial para privatizar esa función y utilizarla para fines personales, tanto más que los recursos del Estado son los únicos favorables en el marco de una economía profundamente deprimida.
 

Y como los aspirantes a los puestos públicos son “pobres de solemnidad” (salvo casos contados), y como el pago de la publicidad cuesta millones, no existe otra alternativa que recurrir a la ayuda de padrinos nativos o foráneos, quienes lo hacen a cambio de beneficios una vez que sus protegidos (camuflados) accedan al Gobierno.
 

Tampoco existe un colectivo civil vigoroso por la desarticulación espacial, por la heterogeneidad étnica, por la abismal diferencia entre ricos y pobres, por el “desborde popular”, es decir por la masiva migración del campo a la ciudad que produjo los ghethos de heterogeneidad de los cuales habla García Canclini. ¿Se puede cambiar esta situación en el Perú? Sin duda en el largo plazo, pero primero se deben identificar sus causas y establecer un consenso sobre la necesidad de su cambio.

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