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El mito de los extranjeros en la Independencia

En la batalla de Boyacá participaron unos 100 soldados británicos e irlandeses, la mayoría en el Batallón Rifles, comandado por el coronel Arturo Sandes. Habían sido reclutados por Simón Bolívar entre 1817 y 1818 a través de su agente Luis López Méndez, en Londres, y llegaron a ser parte integral de la histórica victoria de los “patriotas”. Daniel Florencio O’Leary, asistente del Libertador y luego general, diplomático e historiador, dejó en sus Memorias una narrativa célebre de los sufrimientos de los soldados y del sabio liderazgo de su amigo Bolívar.

Por mucho tiempo el “decisivo” papel de la Legión Británica en Boyacá que cuenta O’Leary dominó la narrativa histórica y se conmemoró en desfiles, publicaciones y reconocimientos. Pero vale la pena preguntarse: ¿qué quiere decir “extranjeros” en un conflicto que giraba alrededor de nuevas identidades? ¿Quiénes eran los verdaderos “extranjeros” en una guerra a muerte entre “españoles” y “no-españoles”, y que dejó como herencia una nacionalidad colombiana a la cual todos los hombres libres pudieron acceder, sin importar su nacimiento en tierras lejanas?

En el desarrollo de mi tesis de doctorado –publicada por La Carreta Editores con el título de Aventureros, legionarios y voluntarios en la Independencia de Colombia (2010)– investigué la historia de los británicos e irlandeses en Colombia durante la Independencia y después armé una base de datos on-line con más de 3.000 archivos y demostré la diversidad de los famosos “voluntarios por la libertad”, cuya imagen iba mano a mano con la de Bolívar.

La mayoría venía como inmigrantes sin experiencia militar y tenían que hacerse pasar por soldados para ganarse el derecho a comida, ciudadanía y otros beneficios: “estuve en Waterloo con Wellington”, decían.

Una de las conclusiones principales de este trabajo es que en la década de 1810 llegaron de Gran Bretaña, Irlanda y Alemania más de 7.000 voluntarios extranjeros para combatir al lado de los patriotas (de Estados Unidos y Francia solo se contaba un puñado de oficiales). Sin embargo menos de la mitad se quedaron en el territorio grancolombiano para participar en el conflicto armado, pues cientos de ellos fallecieron en el camino o al llegar a las costas, otros desertaron y muchos más murieron de fiebres y otras enfermedades en los primeros meses.

Otra evidencia es que aunque pocos oficiales y soldados tuvieron alguna experiencia en el Ejército o en la Marina británica durante las guerras napoleónicas, casi todos reclamaban sus impresionantes experiencias y honores ganados en batalla. De hecho, en los archivos militares de la Gran Colombia y de la Gran Bretaña aparecen pocos nombres. La mayoría venía como inmigrantes sin experiencia militar y tenían que hacerse pasar por soldados para ganarse el derecho a comida, ciudadanía y otros beneficios: “estuve en Waterloo con Wellington”, decían.

Con respecto a las mujeres, cientos de ellas formaron parte de las legiones británicas e irlandesas, algunas en condición de esposas, hermanas o hijas, y otras con papeles más activos como llevar mensajes, ejercer la diplomacia, cocinar y apoyar a la tropa. La más célebre fue Mary English, la única de todos los voluntarios cuya imagen se halla en la National Portrait Gallery de Londres, quien se convirtió en agente financiera y luego dueña de una finca de cacao en Cúcuta. El papel de las “voluntarias” fue decididamente desconocido por la historia durante casi dos siglos.

Un extranjero olvidado

Por lo general las realidades cotidianas del conflicto armado no pasaron a la historia de la Independencia porque los historiadores del siglo XX prefirieron investigar heroísmos masculinos, estrategias militares y ejemplos de abnegación, sacrificio y martirio. Por eso la historia de los bravos voluntarios británicos en la batalla de Boyacá –demostrándoles a los colombianos con su ejemplo sólido y su bayoneta fija cuál era el camino patriótico a seguir– cuadraba bien con un modelo que veía en el momento de la Independencia un pasado dorado nunca igualado con el presente.

Cientos de mujeres formaron parte de las legiones británicas e irlandesas, algunas en condición de esposas, hermanas o hijas, y otras con papeles más activos como llevar mensajes, ejercer la diplomacia, cocinar y apoyar a la tropa.

El momento actual que viven Colombia y Gran Bretaña debe hacernos reflexionar sobre nuestras realidades. Por un lado, en Colombia el prospecto de una paz sostenible está amenazada por los grupos y sectores que no quieren reconocer las memorias del conflicto armado como verdades; y por otro, el modelo de brexit en Gran Bretaña –que fomenta aislamiento y xenofobia sobre la base de su ignorancia sobre la historia– hace más que necesaria una revisión histórica.

Aunque la batalla de Boyacá duró menos de un día, los veteranos de ambos bandos tuvieron que vivir como vecinos durante varias décadas más sin importar su lugar de nacimiento o el idioma que hablaran. Las historias que compartían lejos de los campos de batalla, los diálogos que tenían sobre cómo llegar a términos con el conflicto armado, forman parte de mi segundo libro, El Santuario: Historia global de una batalla (Editorial Universidad Externado de Colombia, 2016).

El papel de los extranjeros que se ha mitificado en Colombia ha sido precisamente eso: un mito. Paso a paso, los historiadores han podido descubrir y descifrar los otros relatos que, en algunos casos, llegaron a permanecer escondidos en los archivos durante casi dos siglos. Un ejemplo es el de John Runnel, un voluntario británico que no estuvo en la batalla de Boyacá y que nunca fue al brindis de honor en ninguna reunión militar o política.

En una breve anotación de su estudio sobre el conflicto social en Cauca en este periodo, el historiador Germán Colmenares, filósofo de la Universidad Nacional de Colombia, estableció que el británico Runnel llegó a Cali y Popayán en plena guerra de la Independencia y se estableció como líder de grupos de bandidos y esclavos fugados, a veces aliados con los patriotas, a veces en defensa de sus derechos y su bienestar.

En 1820 Runnel fue capturado por las tropas independentistas y enviado a Bogotá para una sentencia militar, pero al parecer nunca llegó; nunca más apareció en los diarios militares ni en los periódicos oficiales y no oficiales, nunca se supo de su arribo a la capital ni de su exilio ni de cualquier castigo ejemplar que hubiera recibido: desapareció, o fue desaparecido. Fue un extranjero, un soldado que pasó los últimos años de su vida luchando por la libertad en Colombia, pero que no encontró lugar en la historia nacional (tampoco en la británica) porque no cuadraba con el mito de los extranjeros en el proyecto grancolombiano.

El papel de los extranjeros que se ha mitificado en Colombia ha sido precisamente eso: un mito. Paso a paso, los historiadores han podido descubrir y descifrar los otros relatos que, en algunos casos, llegaron a permanecer escondidos en los archivos durante casi dos siglos.

En ese sentido, la historia nunca ha sido la reproducción fiel de lo que ocurrió en el pasado. Siempre ha sido la versión del pasado que nuestros antepasados han dejado para las generaciones posteriores. Hoy, en los momentos difíciles de la búsqueda de la paz a través de las memorias del conflicto armado, las verdades y la reconciliación, vale

la pena recordar que la historia se hace día a día, a base de las vidas y las memorias de los seres humanos. Los que siguen trabajando por la verdad y la memoria son los verdaderos héroes.

*Actualmente dirige el proyecto de investigación de Colciencias/Newton Fund “Memorias desde las márgenes” (2018-2021) en colaboración con la Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá y sus colegas María Teresa Pinto Ocampo, Fabio López de la Roche, Andrei Gómez Suárez, Martín Suárez y Julia Paulson.

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