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El futuro de la humanidad no será la catástrofe anunciada

Este último le preguntó a la reina Isabel, de 93 años, quien también tuvo que ser testigo de casi todo un siglo y protagonista de gran parte de él, si creía que había un mundo mejor hoy después de tanto tiempo, y ella le dijo que definitivamente así era, sobre todo por el tema de los derechos humanos.
 

En la reciente película sobre el personaje malvado de la historia de Batman, “el Guasón”, se trata de explicar la conducta antisocial y psicótica de este antagonista a partir de la violencia intrafamiliar de la que fue víctima en la infancia. Pero se insinúa que también por quedar traumatizado por un acto de violencia contra su padre, en esa misma etapa de la vida, fue por lo que Bruce Wayne decidió convertirse en el superhéroe salvador de DC Comics. Algo similar se puede decir de personajes como estos dos Nobel de Paz (Desmond Tutu y el Dalái Lama), quienes fueron víctimas, pero con el tiempo se convirtieron en líderes mundiales de la reconciliación.
 

Y esta no es solo la opinión de dos grandes personajes de la política mundial que son religiosos. El famoso psicólogo Steven Pinker demuestra, desde una óptica agnóstica y con datos irrefutables, que la humanidad jamás ha tenido tanta felicidad, salud, paz, bienestar e ilustración como en el momento actual. Además explica que, a diferencia de lo que dicen los medios de comunicación y muchos intelectuales “progresistas” con tendencia fatalista, los peligros apocalípticos como el calentamiento global o los populismos autoritaristas son sencillamente problemas a solucionar y no realidades inevitables.
 

Conozco personas que han sido víctimas de violencia intrafamiliar en sus primeros años de vida y que lograron construir hogares normales y ser útiles para la sociedad, mientras que otros nunca salen del pantano mental de esos recuerdos. También son multitud los que superan las condiciones de carencia de su familia de origen con creces y viven en la abundancia sin preocuparse de su pasado, pero igualmente a unos cuantos se les nota, por sus actos y su permanente insistencia en ciertos temas, que esa pobreza subjetiva o real de tiempos anteriores los sigue afectando bastante.
 

¿De qué dependen estas diferencias? Es un gran misterio de la sicología que han intentado contestar la ciencia y la religión de maneras muy interesantes pero no del todo convincentes. En otras palabras, ¿por qué el Dalái Lama, expulsado del país del que era el monarca teocrático, y martirizado día a día por el cruel destino de su pueblo, no está lleno de odio sino de “compasión”, como él dice en ese y otros libros? ¿Y por qué Desmond Tutu, quien vio morir asesinados a algunos de sus mejores amigos durante el Aparthaid se refiere a esa época como el tiempo de la oruga fea ahora convertida en mariposa, y a su país, aún con muchísimos problemas, como la nación del arco iris?
 

A las sociedades les sucede algo similar a lo que les ocurre a los seres humanos de la realidad y de la ficción. Hay unas naciones que salen adelante con orgullo luego de haber sido casi destruidas por poderes externos o por sus propios líderes, como le sucedió por ejemplo en diferentes momentos a Japón y a China. Pero hay otros países que parecen cargar el fardo de sus más difíciles tiempos como una maldición sin fin y sin solución, y se recrean en la autocompasión con una sistematicidad apabullante para ellos y para quienes los visitamos o leemos sus autobiografías.
 

Es preferible no decir cuáles nacionalidades tienen esta tendencia, para no ofender a quienes habitan en esos lugares, y por temor a la equivocación en algunos casos. Incluso en nuestro país no se tendría una última palabra en este respecto pues parece que estamos justamente en ese dilema tras el Acuerdo Final de Paz con las FARC firmado en 2016 y la solución parcial de algunos de nuestros problemas sociales en las últimas décadas.
 

Desde aquí, como el psicólogo Pinker y los dos Nobel de Paz, veo un mundo mejor que hace treinta años, y ni qué decir del que se tuvo hace 200 o 700 años, como plantea él en su charla TED. No lo digo solo por la revisión de datos que él presenta y que son de fácil acceso por Internet, sino porque en las tres últimas décadas lo he visto con mis propios ojos luego de visitar más de dos terceras partes de las naciones existentes.
 

Es difícil quitarse de la mente situaciones vividas en lugares como Yemen, Malí o Siria, a las que conocí en paz, y ahora son territorio del miedo y de la desesperación. Pero tampoco se puede desconocer, como dicen este y otros autores, que Europa es un territorio de paz y bienestar para la mayoría de la población, que los chinos con su extraño sistema comunista-capitalista sacaron de la pobreza a cientos de millones de personas, que Centroamérica dejó de ser un territorio de guerra permanente y Latinoamérica una colección de dictaduras, que la democracia ya es mayoritaria en el mundo, y que las guerras son porcentualmente menos frecuentes e intensas que en cualquier otro tiempo.
 

Como afirman el Dalái Lama y Desmond Tutu, es probable que en 100 años la humanidad alcance finalmente su madurez definitiva, ya que ha avanzado mucho en el último siglo, a pesar de las terribles guerras mundiales y las tiranías que padecieron tantos en ese periodo. Ambos se basan en sus concepciones religiosas, que son antagónicas en su base porque en una hay un Dios benéfico y en la otra no hay Dios alguno. Pero surgen sobre todo de una confianza y un optimismo de ambos, que ellos llaman “Esperanza”, respecto del ser humano. Pinker, desde una óptica claramente agnóstica, vaticina algo parecido, pero basado más bien en su creencia de que nuestra apuesta por la razón, la ilustración y el progreso necesariamente nos debe seguir llevando a un mundo cada vez mejor, sin desconocer los problemas reales que hay.
 

El lector puede tomar su propia decisión sobre si estos optimistas del presente están equivocados, solo revisando cifras comparativas en Google sobre cómo era el mundo (y su país) antes y cómo es ahora. Especialmente en lo referente a la difusión de las democracias, a la disminución de la pobreza y de la mortalidad prematura y al aumento de la felicidad global por estos y otros motivos, le quedará difícil y casi imposible encontrar datos en contra de esas aseveraciones.
 

Y eso, como dice Pinker, aunque diferentes medios de comunicación, redes o movimientos ideológicos o religiosos hayan tratado de engañarlo mostrándole una realidad contraria a los hechos. Pero sobre el futuro de su nación y del planeta no hay nada que pueda argumentarse a favor de la esperanza que expresan estos tres autores, a pesar de dicha comprobación de los hechos actuales, porque la conclusión final del lector dependerá de su estructura psicológica particular y de la manera como haya procesado personalmente los avatares de su propia vida.

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