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“El Estado le sigue incumpliendo a los campesinos”

Para intentar hacer frente a esta situación, el Estado impulsó recientementemente la creación de zonas de interés de desarrollo rural económico y social (Zidres), como la forma clave para que finalmente despegue el desarrollo agropecuario, según lo plantea la Ley 1776 de 2016, que crea las Zidres y que recibió el aval de la Corte Constitucional en mayo de este año.

El trabajo de la investigadora Tatiana Lote, magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia (UN), señala, sin embargo, que esta puede ser  una ocasión en que otra vez se repita lo que ha sucedido hasta ahora con más frecuencia: “el Estado no les ha cumplido a los campesinos”.

La investigación de Lote analiza la situación de dos zonas de reserva campesina (ZRC), en dos regiones diferentes: Cabrera (Cundinamarca) y el valle del río Cimitarra. En este segundo caso, el análisis se efectuó a partir del estudio de los municipios de Yondó y Remedios (Antioquia) y Cantagallo y San Pablo (Bolívar).

La principal conclusión del trabajo de Lote es que la economía campesina se transforma debido a su articulación a las lógicas y circuitos de acumulación de capital. Sin embargo este proceso no es lineal, pues por un lado puede seguir múltiples trayectorias según los procesos histórico-regionales en los que se desenvuelva; y por otro está mediado por tres fuerzas que lo aceleran o ralentizan: la acción del Estado, la violencia y la organización del campesinado.

De esa manera, el trabajo cuestiona el planteamiento de lo inexorable de la “descampesinización”, es decir que los campesinos dejen de serlo, por razones de supervivencia. De su experiencia en los municipios que analizó, Lote observa las formas de vida campesina y sus lugares de habitación para concluir que hay una forma de desarrollo propia de los campesinos que no ha sido impulsada adecuadamente por el Estado.

Las reservas campesinas

Por ejemplo, “en el municipio de Yondó (Antioquia), zona de reserva campesina, está el caso de Puerto Matilde, donde las casas campesinas son similares entre sí, como resultado del trabajo de la comunidad y la inversión de los recursos de cooperación internacional”.

Las zonas de reserva campesina son una figura creada por el Estado colombiano por medio de la Ley 160 de 1994, con el fin de fomentar la pequeña propiedad rural, regular su ocupación sobre las tierras baldías de la nación y eliminar la concentración de la tierra, para así prevenir la descomposición de la economía campesina. Precisamente fue en dos de esas zonas en las que la investigadora Lote realizó su trabajo de maestría “Trans-formaciones campesinas. A propósito de la economía campesina en las zonas de reserva campesina de Cabrera y del valle del río Cimitarra”.

Antes de superar la violencia de 1948 a 1957, en Cabrera era fundamental la fuerza de trabajo familiar, pero cuando entraron la Caja Agraria, la Umata y la revolución verde, los jóvenes empezaron a migrar a Fusagasugá o Bogotá, mientras que en la zona del valle del río Cimitarra se mantuvieron en el campo.

Contrario a las predicciones hechas a partir de planteamientos de teóricos como el ruso Karl Kautsky –estudioso de la economía agraria en los inicios del imperio soviético, al inicio del siglo XX–, tampoco en el caso de Colombia los campesinos serán empresarios ni proletarios.

Y en parte por no tener en cuenta esa situación de su desarrollo propio, es que no hay políticas que acometen una situación crítica:  se están extinguiendo, como lo ha venido reportando las estadísticas oficiales. En sus cifras, el DANE señaló que los cerca de 5 millones de campesinos que se contaban en 2015, significaban 2 millones menos que de los que había una década atrás.

Vivir en la casa campesina

La investigadora Lote se ha dedicado a comprender la economía campesina, cruzando variables teóricas y contrastando con el trabajo de campo realizado en municipios de los departamentos de Antioquia, Cundinamarca y Bolívar. Para ella “el campesino sigue siendo campesino y no un trabajador rural, lo cual se debe al fenómeno de la violencia y a las formas de organización campesina, junto con el rol que puede jugar el Estado”. Uno de los aspectos que ha analizado en sus estudios es el de las casas de los campesinos.

Las condiciones de vivienda en el campo han sido evaluadas por el DANE: la vida en el campo no es la mejor, ya que el 16 % de las viviendas no cuenta con servicios públicos y 17,8 % permanecen desocupadas.

“Cabrera es un municipio entre frío y templado mientras que el valle del río Cimitarra es cálido. En este se usan maderas locales, propias del Magdalena Medio, mientras en Cabrera las casas son más antiguas, de bahareque, y las nuevas empiezan a incorporar el ladrillo. Ahora hay pocas casas en madera.

Normalmente en las casas campesinas el baño está fuera de la casa. “En el valle del río Cimitarra se usan los dormitorios y la cocina, mientras el baño está en la parte exterior de la casa porque es compartido por todos los miembros de la familia, no hay la lógica del baño privado, sino un servicio para todos los miembros de la familia”, describe la investigadora Lote sobre sus observaciones en el territorio.

La autogestión de la vivienda campesina se realiza por medio de la organización del campesinado. En los municipios organizados hay autogestión y autonomía por medio de las juntas de acción comunal. A los niños y jóvenes se les enseña cómo sembrar una mata de yuca o una mata de maíz.

Para gestionar el agua, el campesinado tiene su bocatoma y resuelve organizar el acueducto, la escuela, el centro de salud, la construcción de su casa. A medida que entra el Estado, se le dice a la población que presente proyectos para pedir los recursos, en vez de autogestionarlos. Esto hace que las relaciones monetarias empiecen a primar, en vez de las tradicionales relaciones no monetarias, como el trueque, entre otros. Otro factor que incide en la forma de vida es el clima.

Desde la promulgación de la Ley 160 no hay cambios fundamentales de la situación de la economía campesina porque el Estado no ha cumplido sus compromisos. En el punto 1 –de reforma rural integral– de los Acuerdos de La Habana, se quiere dar fuerza justamente a las zonas de reserva campesina.

No es rentable, por ejemplo, sembrar yuca porque en zonas remotas no se puede sacar la producción, por lo cual los campesinos se ven obligados a cambiar su estructura productiva.

En definitiva, “es necesario comprender el campesinado en su existir, sin llegar a definirlo como clase social o como cultura”, considera la investigadora, tras haber trabajado de la mano de sus directores de tesis, los profesores William Chavarro y Darío Indalecio Restrepo, en el Laboratorio de Economía, Espacio y Poder, un grupo de estudio interdisciplinario de la UN.

 

Para consultar la tesis completa, visite este enlace:

http://bdigital.unal.edu.co/54950/

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