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El cruce de conflictos en Siria

Si todos los actores que hoy hacen presencia en la guerra de Siria estuvieran peleando en un pueblo del sur de Europa, así fuera poco conocido, hace tiempo se estaría hablando de la tercera guerra mundial.

La participación de actores tan disímiles no es un asunto de números de soldados desplegados en el terreno, ni de millones de dólares entregados a sus aliados locales, sino de algo más preocupante: la existencia de agendas reales a ser impuestas a la fuerza en Oriente Medio, en particular para definir el futuro de Siria, cuyo conflicto suma ya siete años.

Infortunadamente se puede afirmar que Siria no es un país que esté solo; lo ideal es que así fuera, que sus agendas internas fueran en efecto eso, que tuviera la posibilidad como proyecto político de tener derecho a la autodeterminación –esa que menciona el derecho internacional–, pero no es así. En su proceso reciente, la nación no solo ha sufrido una rápida militarización a los pocos meses del comienzo de las protestas, sino también una acelerada internacionalización con diferentes intereses.

Impedir posicionamiento de Irán desde Siria

En el caso de Irán, en la memoria de los iraníes todavía pesa, y mucho, el respaldo de Siria a su país durante la Guerra del Golfo Pérsico (1980-1989), por eso es muy difícil que en este trance abandonen el apoyo al Gobierno del presidente Bashar al-Ásad. Sin embargo, si Siria cayese bajo control estadounidense sería la cabeza de playa ideal para una ofensiva de Washington contra Irán, por eso el Gobierno iraní, liderado por el ayatolá Alí Jamenei, se ha volcado por completo en el conflicto sirio y ha empujado a las milicias libanesas de Hezbolá a participar de manera activa.

Los demás vecinos tampoco se han quedado quietos. Turquía, uno de los Estados más maquiavélicos de la región, tomó partido rápidamente a favor de la oposición siria en armas, como lo había hecho a favor de la oposición en el curso de las revueltas árabes, en los casos de Egipto, Libia y Túnez.

Lo que subyace a la postura turca es el oportunismo político de querer convertirse en el defensor del mundo árabe en medio de las revueltas que empezaron a finales de 2010. Pero además Turquía se adentra en la guerra siria para golpear militarmente a las expresiones del pueblo kurdo –la minoría étnica sin Estado propio más importante de Oriente Próximo–. Es tanta su persecución, que en la batalla de Kobane (2014-2015) prefirió favorecer al Estado islámico.

Otro actor del conflicto sirio es Israel, debido a la tensión crónica entre los dos países. En 1948, 1967 y 1973, Siria participó en las guerras árabes contra Israel, y ha servido como correa de transmisión entre Irán y las milicias libanesas de Hezbolá. Es importante recordar que en 2006, desde la frontera sur de Líbano, estos grupos provocaron una de las mayores derrotas a las fuerzas armadas israelíes; por eso, desde allí se suele bombardear territorio sirio con la excusa de debilitar al enemigo.

Las monarquías del golfo Pérsico, lideradas por Arabia Saudita, también han declarado su rechazo a las acciones de Irán en Siria. Las tensiones son históricas; de hecho el Consejo de Cooperación del Golfo –creado en 1981– es una respuesta de tales gobiernos de credo suní contra el ascenso al poder de los chiíes en Irán en 1979.

La confrontación entre suníes y chiíes existe desde el origen mismo del islam, pero ahora tiene una nueva manifestación en la Guerra Fría entre Irán y Arabia Saudita, que se ha materializado en diferentes contextos tales como Yemen, Baréin e Irak. En el caso de Siria, mientras Irán apoya al Gobierno de Bashar al-Ásad (de corriente chiita), Arabia Saudita y sus aliados respaldan especialmente a los grupos islamistas radicales.

Reino Unido y Francia, artífices de la fragmentación del mundo árabe

Desde finales de 2010 Estados Unidos no ha conseguido leer la nueva coyuntura de Oriente Medio, a pesar de que los amantes de la “teoría de la conspiración” insisten en que toda ella fue planeada en un cuartel de la CIA, sin que hubiera agendas locales que justificaran las protestas en el mundo árabe.

Si se observa con cuidado, se ve que Estados Unidos no ha tenido una estrategia clara en la región, más allá de lo que le ordena Israel. Las acciones militares desarrolladas por el Gobierno estadounidense en territorio sirio, tales como apoyo militar a los kurdos, labores de inteligencia, bombardeos esporádicos, rechazo al uso de armas químicas, entre otras, no son más que reacciones no integradas en una estrategia clara y que obedecen, principalmente, a la preocupación por mantener influencia en el área ante el avance de Rusia.

Con respecto a la Unión Europea, como suele decirse, es un gigante económico pero un enano político. Dos de sus miembros, el Reino Unido y Francia, integrantes permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, también están involucrados en el conflicto sirio. Para comprender su papel es necesario verlos en perspectiva histórica, ya que precisamente en 2017 fueron los creadores del Acuerdo Sykes-Picot, que redefinió todo Oriente Medio con la creación de nuevos países y la fragmentación del mundo árabe.

El pasado colonial del Reino Unido y Francia, más su complacencia con las aventuras militares de Estados Unidos, y también su oposición a Rusia, explican buena parte de la agenda franco-inglesa en Siria.

Guerra en tierra de otros

Con Vladímir Putin, Rusia recuperó su visión expansionista heredada de Pedro el Grande y de Catalina la Grande. Así lo demuestran las guerras de Osetia del Sur (2008) y la de Donbáss, o del este de Ucrania (2014-actualidad). En este último caso, más que la minoría de habla rusa que vive en dicho territorio, jugó un papel fundamental la base militar de Sebastopol: desde allí el Kremlin mira al mar Negro, y desde 1970 lo hace hacia el Mediterráneo desde la base militar de Tartús, ubicada en territorio sirio, y, como ya demostró hace ocho años en territorio ucraniano, una base militar bien vale una guerra.

Por otra parte, si bien es cierto que China no tiene un papel activo, su postura en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha tenido dos constantes: su acompañamiento permanente a las decisiones rusas y, por ende, su rechazo a la política estadounidense en la región.

En todo caso, en Siria se expresan otras guerras, podría decirse pendientes: Rusia contra Estados Unidos; Irán contra Arabia Saudita; Turquía contra el pueblo kurdo; los suníes contra los chiíes; Israel contra Irán; la Unión Europea contra Rusia; e Israel contra Hezbolá. A pesar de esta complejidad, Siria tampoco es un plato tan apetecible que justifique una tercera guerra mundial. Todo hace pensar que estos diferentes actores seguirán enfrentándose por medio de grupos sirios, en lo que se conoce como guerras proxy –o subsidiarias–, en las que las víctimas las ponen sobre todo los sirios; por el momento se contabilizan alrededor de medio millón de muertos, millón y medio de heridos, y unos cinco millones de refugiados.

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