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El Caribe y otras regiones marginadas

El 20 de julio 2010 se celebró el Bicentenario de la Independencia de Colombia, evocando los hechos de esa fecha como la máxima expresión que llevó al país a ese logro. En 2019 se retoma esta conmemoración para darle un nuevo significado a la batalla de Boyacá de 1819, con el propósito de extenderla hasta 2021 para representar la inauguración de la República de Colombia en 1821. Pese a sus mínimos cambios, estas celebraciones siguen reproduciendo los propósitos de los Gobiernos que conmemoraron el primer centenario de la Independencia entre 1910 y 1919.

En todo sentido se sigue magnificando la invención del 20 de julio y del 7 de agosto como fechas de la Independencia nacional, y con ello se exaltan los hechos del interior del país y se definen como los más importantes en la construcción de la República colombiana. Así, se repite la marginación de los acontecimientos y símbolos representativos de otras regiones, por ejemplo del Caribe.

A principios del siglo XIX el Caribe neogranadino –compuesto por las gobernaciones de Santa Marta, Cartagena y los territorios de La Guajira–, además de lograr conexiones directas con Santafé de Bogotá, alcanzó niveles de autonomía importantes. Cartagena, la ciudad más significativa de esta zona, se constituyó en uno de los centros de poder de la Nueva Granada –en paralelo con la capital y con Popayán–, preponderancia que provenía de su condición de puerto y de fortaleza militar. Desde finales del siglo XVIII recibía ingresos sustanciales para su funcionamiento, que se multiplicaban con los flujos económicos provenientes del comercio.

Tal importancia le permitió jugar un papel clave en el proceso de la Independencia y la creación de la República; basta señalar que fue en Cartagena desde donde se desafió la autoridad del virrey neogranadino en 1810, creando una Junta de Gobierno autónoma, y un año después se erigió en Estado independiente de España.

Aunque la historiografía colombiana soslayó esta primacía, los resultados de recientes investigaciones permiten comprender la causa de esta discriminación en el discurso histórico y discutir las razones que engrandecieron los acontecimientos de la Región Andina como fundacionales de la República de Colombia.

Construcción histórica centralista

Entre las explicaciones para entender por qué se ignoraron los acontecimientos del Caribe en la historia colombiana, sobresalen las confrontaciones políticas y militares entre las élites de Cartagena y de otras ciudades de la región y de los grupos económicos y políticos que entre 1932 y 1955 controlaban el poder del Estado de manera centralizada.

Durante el siglo XIX esas confrontaciones desencadenaron rivalidades para consolidar una hegemonía regional en el naciente Estado, que solo se conseguiría en el siglo XX, cuando la Región Andina –en cabeza de Bogotá– y Antioquia lograron el control político y económico del país.

La construcción ideológica, con profunda connotación racista, hizo inferiores a los habitantes de tierras calientes, catalogándolos incluso de bárbaros y salvajes; además produjo tensiones en el imaginario nacional, y desde entonces funciona como un instrumento para priorizar la inversión estatal en los territorios.

Antes de alcanzar tal hegemonía política y económica, las élites andinas realizaron varios esfuerzos para derrotar en el plano político-militar, económico y simbólico a las localidades de la Costa; basta señalar la imposición en Cartagena de gobernadores provenientes de la Región Andina durante la década de 1830. Incluso relatos históricos del siglo XIX ensalzaron los acontecimientos ocurridos en Cundinamarca y Boyacá, y sus protagonistas por encima de los de otras zonas.

La construcción ideológica, con profunda connotación racista, hizo inferiores a los habitantes de tierras calientes, catalogándolos incluso de bárbaros y salvajes; además produjo tensiones en el imaginario nacional, y desde entonces funciona como un instrumento para priorizar la inversión estatal en los territorios.

La marginación sigue siendo tan evidente que la conmemoración del Bicentenario por parte del gobierno de Iván Duque incluye una inversión de 3,6 billones de pesos en obras de alto impacto que, con el nombre de “Pacto Bicentenario”, contempla la construcción de siete corredores viales para conectar a Arauca, Casanare, Boyacá, Santander y Cundinamarca, departamentos que “hicieron parte de la Ruta Libertadora”.

Creando referentes de identidad nacional

En paralelo con el proceso poco sólido de construcción de una “historia nacional”, la ausencia de consensos políticos y las luchas por el control del Estado condujeron a cambios constantes en los credos constitucionales en el siglo xix –más de siete Constituciones precedidas de guerras lo evidencian– y a la imposibilidad de cimentar un pasado común sobre el cual definir un proyecto político para el futuro.

La Guerra de los Mil Días (1899-1902) y la separación de Panamá (1903) hicieron evidente que el proyecto político de la Regeneración –engendrado en 1886 por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro– fracasó en su objetivo de centralizar al país y buscar la unidad de la nación.

Entonces lo que se le ocurrió al Gobierno central, en cabeza del presidente Reyes (1904-1909), fue elaborarle a la nación un pasado común alrededor de la fecha del 20 de julio. Detrás de ese objetivo estaba la intención de crear una hegemonía regional, haciendo que Bogotá apareciera como la ciudad fundadora de la República, además de atribuirse la guía de esta, lo que permitió que el poder legislativo y el ejecutivo se asentaran definitivamente allí.

Para consolidar ese propósito, a finales del siglo XIX se crearon:

  • un himno
  • un escudo nacional y
  • una bandera, y
  • se instituyó con la Ley 39 del 15 de junio de 1907, sancionada por la Asamblea Nacional, que “el 20 de julio de 1910, primer centenario de la memorable fecha inicial de la Independencia nacional, será celebrado con la correspondiente solemnidad”.

La marginación sigue siendo tan evidente que la conmemoración del Bicentenario por parte del gobierno de Iván Duque incluye una inversión de 3,6 billones de pesos en obras de alto impacto que, con el nombre de “Pacto Bicentenario”, contempla la construcción de siete corredores viales para conectar a Arauca, Casanare, Boyacá, Santander y Cundinamarca, departamentos que “hicieron parte de la Ruta Libertadora”.

Entre el 16 y el 27 de julio de 1910 se conmemoró el 20 de julio como día de la Independencia, se invitó a representantes de varios países, incluyendo España, y se organizó una Junta del Centenario, presidida por el ministro de Relaciones Exteriores, que les impuso a las Secretarías de Instrucción Pública de las capitales departamentales la realización de actos alusivos a esta conmemoración.

De esta manera se consiguió el despliegue de una pedagogía de la nación que utilizó la escuela, el espacio público (estatuas, placas, banderas, marchas, etc.) y la enseñanza de la historia como elementos imprescindibles para disciplinar la memoria social en Colombia y la invención de una serie de tradiciones patrióticas que solo exaltaban acontecimientos de la Región Andina, relegando otras fechas relevantes como el 11 de noviembre de 1811, día de la Independencia de Cartagena.

La intención de centralizar se hizo todavía más evidente cuando en 1913 el Congreso de la República escogió el 7 de agosto como la fecha para conmemorar el primer centenario de la Independencia definitiva de Colombia, marginando de nuevo acontecimientos como los ocurridos en Magdalena.

En estos diez años de conmemoraciones bicentenarias es muy poco lo que se ha innovado:

el 20 de julio y el 7 de agosto siguen siendo las fechas fundacionales de la nación, y los acontecimientos regionales siguen estando al margen, a pesar de los esfuerzos por incorporar a las regiones distantes en los protocolarios.

La cíclica historia colombiana hace que todo parezca ocurrir como hace cien años: grandes confrontaciones entre partidos, visiones diferentes sobre el modelo estatal, una búsqueda aparente de la paz que genera violencia y diferencias regionales por la distribución de los recursos; es evidente que en doscientos años se ha avanzado muy poco.

 

*Autor del libro Celebraciones centenarias: La construcción de una memoria nacional en Colombia, publicado por Editorial UN.

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