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El Asilo de Locas de Bogotá: de la locura a la enfermedad mental femenina

El Asilo de Locas funcionó por primera vez a comienzos del siglo xx cerca de la Plaza de Bolívar, en la tradicional calle de San Miguel, donde todavía funcionan algunas de las sombrererías frecuentadas por los “cachacos” de la época.
 

Era una institución de la Beneficencia de Cundinamarca para mujeres recluidas en el Asilo de Mendigas, el Hospital San Juan de Dios, la Casa Refugio y la Casa de Locos, cuyo propósito era ofrecerles una atención diferenciada a la de los varones locos y enfocada en el cuidado de aquellas que parecieron perder la cordura.
 

Puedes escuchar: “En Colombia hay muchas barreras para acceder al servicio de salud mental”.

 


En 1937 se traslada a Ningunaparte, una vieja casona que sirvió de polvorería en la época de la Colonia, ubicada en la calle quinta con carrera doce, donde permaneció hasta 1980, cuando las internas fueron reubicadas en el hoy conocido como Centro Femenino Especial José Joaquín Vargas, ubicado en Sibaté (Cundinamarca).
 

En este espacio imperaba el hacinamiento y la suciedad; allí llegaron mujeres campesinas o tejedoras analfabetas de bajo estrato socioeconómico, que en algunos casos eran consideradas criminales por tirar a sus hijos al río luego de parirlos solas. También ingresaron mujeres que presentaban “depresión posparto”, que en la época se asociaba con el imaginario de la locura; y otras mujeres solteras que eran abandonadas por sus familias por no cumplir con los roles sociales de matrimonio, maternidad y el papel de la mujer.
 

Según los informes del médico Julio Manrique, de la Universidad Nacional de Colombia (unal) y exdirector del Asilo, “durante el día las mujeres que habitaban el lugar estaban distribuidas en cuatro patios: el más grande estaba ocupado por enfermas en estado de excitación maníaca, otro por pacientes calmadas, el tercero por epilépticas e idiotas, y el cuarto por dementes reputadas incurables”.
 

Otros datos de aquella institución muestran que unas 750 mujeres dormían de a dos o tres en camas sencillas que eran catres de hierro, vestían batas grises sucias y desgastadas, y andaban descalzas por patios y pasillos insuficientes para la cantidad de enfermas. En 1941 la cifra de acogidas ascendió a 949, y en 1946 llegó a 2.131 mujeres, que por las malas condiciones higiénicas muchas veces morían en brazos de las hermanas de la caridad que las cuidaban.
 

Estos aspectos, unidos al carácter doméstico que adquiría la locura femenina en la época, llamó la atención de Luz Alexandra Garzón Ospina, doctora en Ciencias Humanas y Sociales de la UNAL.
 

“Era la Colombia de la violencia bipartidista (liberales contra conservadores) que prevalecía en extensas áreas del Viejo Caldas, Tolima, Boyacá, Cundinamarca o Valle del Cauca, e impactaba las familias, generaba migraciones y posiblemente afectaba la salud mental de quienes la vivieron”, señala la investigadora, y agrega que de estas regiones provenía la mayoría de las pacientes.
 

Además: “En Colombia la depresión está subdiagnosticada”.

 


En su opinión, detrás de esas mentes enfermas habitaban mujeres emotivas, que sentían y tejían afectos, que sufrían las consecuencias en sus cuerpos y se resguardaban en la  locura” de sus compañeras para abrazarse, darse calor mutuo y entender la razón de su reclusión en el Asilo de Locas.
 

Por eso, a partir de sus voces, se propuso revivir la cotidianidad y las prácticas asociadas con tratamientos y discursos médicos que se convirtieron en la génesis de los enfoques psiquiátricos en el país.

Del cuidado a los procedimientos científicos


La reconstrucción histórica del Asilo de Locas entre 1930 y 1950 es posible gracias a los informes tanto de los médicos y síndicos a la Junta General de Beneficencia como de la Secretaría de Asistencia Social; las actas del Asilo de Locas de Bogotá; la compilación de leyes y ordenanzas de la Beneficencia y Asistencia Social de Cundinamarca; las resoluciones y cartas dirigidas al síndico del Asilo; y las historias clínicas encontrados en el Archivo de Bogotá.
 

Uno de los elementos identificados en el estudio es que las diversas denominaciones a lo largo de los años –Casa de Locas, Asilo de Locas, Manicomio de Mujeres, Frenocomio de Mujeres y Hospital Neuropsiquiátrico– correspondieron a los cambios de infraestructura, administración y servicios internos, pero especialmente al avance científico que se gestaba en su interior.
 

“Se podría decir que la designación de Hospital Neuropsiquiátrico obedeció al ingreso pleno de los discursos y prácticas que consolidaron la psiquiatría entre 1930 y 1950”, señala la doctora Garzón.
 

Durante dichas décadas, el imaginario sobre el avance científico se perseguía con la aplicación de la terapéutica psiquiátrica desde cuatro tratamientos: con el uso de insulina y cardiazol se provocaban convulsiones en el paciente para que luego despertara calmado; el electrochoque consistía en aplicar una corriente eléctrica a través del cuero cabelludo con el mismo fin; y la lobotomía era un tratamiento quirúrgico en el cerebro que se realizaba a través del globo ocular a las mujeres que no mostraban ninguna mejoría con los otros procedimientos.
 

Puedes escuchar: Sistema educativo no está preparado para tratar enfermedades relacionadas con el autismo.

 

Un ejemplo de lobotomía realizada en 1942 a una mujer originaria de Zapatoca (Santander) encontrado en los archivos médicos del Asilo demuestra que la cura a las enfermedades mentales estaba relacionada con lo que se consideraba debía ser el papel de la mujer. El informe dice:

por tercera vez reingresó y pasó a ser candidata para la lobotomía prefrontal a fines de 1943, después de un tratamiento por electrochoques. Luego de la operación fue llevada por su esposo a casa, en donde se mostró descuidada enormemente en su persona y con los niños; de comportamiento pueril con un cierto grado de irresponsabilidad, en cuanto a sus deberes de esposa y de madre se refieren. Eufórica y con accesos fáciles de excitación psicomotriz, que el esposo encontró incompatibles con sus condiciones de vida, y resolvió devolverla al Asilo en donde continúa estacionaria.


De Bogotá a Sibaté


Mirar hacia el pasado y entender cómo se ha manejado la enfermedad mental femenina –que corresponde a lo que la historia ha ido demandando del rol de la mujer– abrió la posibilidad de entender la génesis de la psiquiatría en Colombia y de la manera en que los discursos médicos tomaron fuerza convirtiendo a la mujer en objeto de experimentación y señalamiento.
 

Las mujeres que estuvieron en Ningunaparte hasta 1980 luego se reubicaron en Sibaté para conformar la Colonia de Mujeres en el municipio, con el diagnóstico de “enfermedad mental”, el cual se trata desde otras lógicas, sin terapia de choque o lobotomía, tratamientos que se usaron hasta los años cincuenta. Según datos de la Beneficiencia de Cundinamarca, este espacio alberga en la actualidad a 657 pacientes vulnerables, con discapacidad cognitiva y mental. Cada una de ellas cuenta con su propio servicio de EPS a través del cual recibe tratamiento psiquiátrico. Además se les brinda terapia ocupacional, fisioterapia y terapia respiratoria.
 

Desde los años sesenta las enfermedades mentales se empezaron a tratar farmacéuticamente, es decir que –según un diagnóstico psiquiátrico– a los pacientes se les medica sin experimentar quirúrgicamente sobre sus cuerpos, y se deja de lado el concepto de que alguien “loco” no es dueño de sí mismo, lo que promueve una ética del cuidado que refleja cómo nuestra sociedad concibe a aquellos que por padecer enfermedades de la mente son más vulnerables.
 

Si bien los enfermos mentales siguen siendo estigmatizados, no todos deben ser recluidos en instituciones psiquiátricas y pueden, según su enfermedad, llevar una vida normal y tranquila.

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