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Educación lingüística, herramienta esencial para una emancipación comunicativa*

Hace tiempo que se sabe que un cuerpo es algo más que una anatomía. De igual manera, hace tiempo que se conoce  que el lenguaje es algo más que una gramática. Sin embargo, aún persiste, en los estudios filológicos y en la enseñanza del lenguaje, una mirada forense sobre la lengua que, en vez de entender algo tan obvio como que los usos del lenguaje forman parte de la acción humana y que el objetivo de la educación lingüística es ayudar a las personas a saber hacer cosas con las palabras, sigue insistiendo en la idea de que solo es posible estudiar y aprender una lengua cuando se disecciona a fondo su  anatomía y se identifican con precisión sus células gramaticales y sus estructuras sintácticas.

Afortunadamente esta manera tradicional de entender el estudio del lenguaje y la educación lingüística está en declive desde hace décadas tanto en la investigación lingüística contemporánea como en las cosas que se hacen en las aulas de la enseñanza primaria y secundaria. Los enfoques comunicativos y socioculturales de la enseñanza del lenguaje, de los que Colombia fue pionera en 1984, han abierto las puertas a otras maneras de entender la educación lingüística en las que las prácticas sociales del lenguaje se constituyen en los ejes del quehacer didáctico y de las tareas del aprendizaje lingüístico.

Desde dichos enfoques el objetivo esencial de la educación lingüística no es ya solo el aprendizaje académico (a menudo tan efímero) de los conceptos gramaticales o de las técnicas del análisis sintáctico sino también, y sobre todo, el aprendizaje de un saber qué se dice a quién, cómo y cuándo decirlo, con qué intenciones y efectos, incluso, a menudo, qué y cuándo callar.

Somos palabras

Porque somos lo que decimos y hacemos al decir. Y somos lo que nos dicen y nos hacen al decirnos cosas con las palabras. De ahí que el uso de las palabras no sea inocente ni inocuo ya que el lenguaje no solo nos identifica como seres humanos sino que a la vez contribuye de un modo determinante a la construcción cultural de la identidad de las personas y de sus maneras de entender el mundo. Lo escribió hace tiempo Octavio Paz: “Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento. No podemos escapar del lenguaje”.

Los enfoques comunicativos y socioculturales de la enseñanza del lenguaje, de los que Colombia fue pionera en 1984, han abierto las puertas a otras maneras de entender la educación lingüística en las que las prácticas sociales del lenguaje se constituyen en los ejes del quehacer didáctico y de las tareas del aprendizaje lingüístico.

De ahí la importancia de contribuir desde la educación lingüística a la emancipación comunicativa de las personas fomentando en las aulas la adquisición de las destrezas del habla, de la escucha, de la lectura, de la escritura, del audiovisual o del hipertexto,  que hace posible una conducta comunicativa competente y adecuada a los diferentes contextos y situaciones de la comunicación humana.

Esa emancipación comunicativa no consiste solo en el dominio de los usos y formas de la lengua sino también en la adquisición de una consciencia crítica en torno a los efectos del lenguaje en la vida de las personas y de las sociedades.

Porque el uso de las palabras no es inocente ni neutral. Las lenguas son afortunadamente vehículos de comunicación y de convivencia entre las personas pero también a menudo eficaces herramientas al servicio del menosprecio, de las violencias, del engaño e incluso del silencio. Por ello, el énfasis educativo en la mejora de las habilidades comunicativas del alumnado no debiera disociarse del análisis crítico de los efectos subjetivos y culturales del uso de las palabras, es decir, del modo en que los textos orales, escritos, audiovisuales e hipertextuales contribuyen a la construcción ideológica de determinadas  versiones y visiones de las personas, de los sexos, de los grupos sociales, de las razas y de las etnias… y en definitiva del mundo en que habitamos.

La emancipación comunicativa no consiste solo en el dominio de los usos y formas de la lengua sino también en la adquisición de una consciencia crítica en torno a los efectos del lenguaje en la vida de las personas y de las sociedades.

Cuando hacemos cosas con las palabras (hablamos, leemos, escribimos, vemos las noticias o la publicidad e intervenimos en las redes sociales) intercambiamos significados de un innegable contenido ético. Hacer visible el rostro a menudo oculto de las palabras y arrebatarle así al lenguaje las máscaras que a menudo ocultan su intención última constituye un objetivo esencial de una educación lingüística emancipadora que fomenta una lectura inferencial y crítica de todo tipo de textos, incluidos de manera especial esos usos enmascarados y demagógicos del lenguaje cuya finalidad es la justificación de la desigualdad y de la violencia, la manipulación y, en última instancia, la mentira.

El control de las palabras y la realidad

El filósofo italiano Antonio Gramsci afirmó que "la realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad". Por eso lo lingüístico es político y por eso la enseñanza del lenguaje debiera orientarse al fomento de una ética democrática de la comunicación que ponga el uso de las palabras al servicio de la libertad, de la solución pacífica de los conflictos, de la equidad, del aprecio de la diversidad, de la convivencia armoniosa entre las personas y entre las culturas y del ejercicio del pensamiento crítico. El aprendizaje de competencias comunicativas en las aulas ha de estar al servicio una ética democrática de la comunicación porque, de no ser así, las habilidades lingüísticas adquiridas en los contextos escolares pueden acabar estando, como a veces ocurre, al servicio del menosprecio y de los prejuicios, de las ceremonias de la confusión, de la manipulación política, de la alienación televisiva, de la seducción publicitaria, de la verdad de las mentiras…

El mundo de la educación ha de impulsar la construcción de comunidades acogedoras, igualitarias e igualadoras, abiertas a la diversidad de las culturas e impulsoras del derecho a las utopías de la equidad, de la libertad y de la democracia en estos tiempos de distopías y de barbarie. En este contexto, la lectura de la palabra ha de hacer posible, como escribiera el pedagogo brasileño Paulo Freire,  una lectura del mundo que constituya la antesala de nuestro inalienable derecho a leerlo, a interpretarlo y a escribirlo de otras maneras posibles y deseables.

 

* Este artículo aborda algunas de las principales ideas contenidas en el libro El poder de las palabras. Enseñanza del lenguaje, educación democrática y ética de la comunicación (Santillana. Bogotá, 2017). 

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