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Diversidad genética, clave para conservar pastos marinos

Thalassia testudinum, nombre científico de una especie de pasto marino –también conocido como “pastos de tortuga”– se ha vuelto el centro de un estudio por medio del cual se rastrean individuos con información genética similar utilizando marcadores, es decir segmentos de ADN.

La importancia de este proyecto, titulado “Diversidad genética y conectividad entre poblaciones de Thalassia testudinum en ambientes insulares y continentales colombianos”, radica en el hecho de que esta especie de pastos marinos son la base de un ecosistema muy importante para el sostenimiento de peces, aves marinas, tortugas, mamíferos e invertebrados marinos.

Además provee otros servicios ecosistémicos como captura y secuestro de carbono atmosférico en una proporción mayor que la del bosque amazónico, y evita la erosión costera.

Dichos servicios se traducen en mitigación del cambio climático, mayores recursos pesqueros para el sustento y economía de las comunidades, mejor calidad del agua, más turismo y bienestar, entre otros.

Sin embargo, por ser costeros y de aguas poco profundas, estos ecosistemas están expuestos a muchas presiones antrópicas que han reducido significativamente su cobertura y han menguado su resiliencia. Además, la falta de conocimiento en este campo en el país dificulta su adecuado manejo y conservación.

De ahí que investigaciones como la que adelanta el biólogo Miguel David Barrios Amaya, de la Maestría en Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia (UN) Sede Caribe, en ambientes oceánicos de San Andrés, Providencia, Cayo Bolívar y Cayo Albuquerque y ambientes continentales de Isla Barú, Isla Palma, Isla Fuerte e Isla Tortuguilla, sirven para establecer estrategias de manejo efectivas y que se acoplen a las condiciones de cada región del país donde se encuentra este ecosistema. Esto, a mediano plazo, tendría efectos positivos para la supervivencia de otras especies y para el desarrollo sostenible de las comunidades, con lo que se favorecen actividades económicas como la pesca responsable y el turismo.

Con su estudio, para el cual ha recolectado más 320 muestras de pasto marino en ocho lugares del Caribe, busca conocer a fondo la diversidad genética y la conectividad entre las poblaciones de pastos marinos en el Caribe colombiano, con el apoyo del Grupo de Biodiversidad y Conservación Genética, liderado por el profesor Mario Vargas Ramírez.

En este momento tiene 14 marcadores moleculares, que son “pedacitos” de ADN ubicados en un cromosoma, y que se pueden rastrear. Su plan es utilizar al menos 10 para identificar similitudes y diferencias empleando software y análisis estadístico que arma “clústeres” con las características de los organismos en cada una de las poblaciones.

Seguimiento de una especie marina

“Todos los organismos vivos sobre la Tierra tienen la información genética codificada, se encuentra en los cromosomas y la mitocondria. Ahí está la historia evolutiva de la especie”, señala Miguel David, cuya historia con los pastos marinos empezó desde que estudió con el profesor José Ernesto Mancera Pineda, de la UN, durante el pregrado.

“El seguimiento de una especie marina no es como el de una especie grande: usted puede marcar un tigre y encontrar que se parece a otro que ya había marcado. Con las especies marinas es diferente. ¿Cómo seguimos una semilla de pasto? Para eso usamos la genética, y así podemos identificar el flujo y los trayectos de una especie”, explica.

A la hora de interpretar las muestras, las poblaciones funcionan como conjuntos matemáticos que presentan patrones comparables. Ahora va a comparar entre islas oceánicas y continentales para determinar si las diferentes condiciones de los ambientes repercuten en la diversidad genética y la conectividad de las poblaciones de T. testudinum, y además identificar el impacto de las actividades antrópicas sobre la especie.

“Es importante que las personas, en general, tengan conciencia de cuidar el medioambiente, porque la presencia del ser humano genera “presiones antrópicas”, es decir una serie de factores que se alteran cuando contaminan, modifican la vegetación o afectan el entorno, por ejemplo con la sobrepesca, la minería y la deforestación, entre otros”, dice el biólogo de la UN, quien ha pasado largas temporadas investigando en la zona de San Andrés, Providencia y los cayos.

La comunidad académica y quienes toman decisiones tienen la misión de enfocar esfuerzos para reducir las actividades antrópicas que generan impactos significativos en los ecosistemas, proteger la biodiversidad marina y entender la mejor manera de preservar áreas estratégicas como la reserva de biosfera, incluyendo la naturaleza como principal fuente de bienestar de las comunidades.

Productor de blue carbon

El conjunto de pastos o praderas marinas son plantas angiospermas, es decir que tienen semillas, raíces y flores de color blanco verdoso o rosado, que se adaptaron a vivir sumergidas. Además son uno de los “sumideros” más importantes de carbono atmosférico en el planeta.

El carbono azul, o blue carbon, es el término con el que se conoce al carbono que capturan y almacenan los ecosistemas costeros de manglar, pastos marinos y marismas, el cual representa una cantidad mayor que ecosistemas terrestres por unidad de área, debido principalmente al carbono orgánico que se acumula en el suelo.

“Los ecosistemas de carbono azul cubren menos de 0,5% de la superficie marina mundial, pero capturan carbono a una tasa anual de dos a cuatro veces mayor que la de los bosques tropicales maduros, y almacenan entre tres y cinco veces más carbono por área”, según Invemar.

Es por esto que los pastos marinos son esenciales para reducir la concentración del gas de efecto invernadero más abundante en la atmósfera y mitigar el cambio climático.

Además esta vegetación evita la erosión de las playas y ayuda a reducir las energías de las olas, previniendo catástrofes naturales. Cuando la erosión se “come” la playa es difícil recuperar este ecosistema. Sin embargo, con el pasto marino se genera estabilidad para el sedimento, algo clave para contener este fenómeno.

Con respecto al trabajo del investigador, que ha recibido apoyo internacional de organizaciones como NatGeo, su profesor Mario Vargas, comenta: “Miguel David se enamoró de los pastos. Es importante que los jóvenes elijan el camino de la ciencia. En Alemania, donde he estudiado y vivido, se han encargado de que los niños tengan cada vez más científicos para admirar. Esto es clave para el desarrollo de un país”, destaca el líder del Grupo de Biodiversidad y Conservación Genética, del Instituto de Genética.

Miguel ha estado en la Universidad de Manchester y en las sedes Bogotá y Caribe de la UN analizando en laboratorios las muestras que ha recolectado en el mar Caribe. Con sus hallazgos contribuye a valorar los ecosistemas marinos del Caribe, como patrimonio de la humanidad. De hecho, la Unesco reconoció en 2000 el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina como Reserva de Biosfera, bajo el nombre de Seaflower.

La genética de poblaciones permite entender las dinámicas evolutivas de una especie, y así explicar cómo se ha dispersado en los diferentes lugares donde se encuentra y determinar qué procesos pueden influir para que permanezcan a lo largo del tiempo o desaparezcan. “Si las poblaciones se aíslan, es decir que no hay intercambio de individuos entre ellas (flujo génico), el riesgo de que se extingan es mayor”.

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