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    Cultivo de palma africana redujo el 90% de aves en el Piedemonte llanero

Pájaros coclí, guacamayas, alcaravanes y bisbitas sabaneras, entre otras especies de aves, están siendo afectadas por este monocultivo que se concentra especialmente en los municipios de San Martín de los Llanos y Acacías (Meta). Así lo revela el estudio más completo adelantado hasta ahora sobre avifauna en esta zona del país.

El panorama verde de plantas y arbustos frondosos que visitaban más de un centenar de especies de aves multicolores –incluidas cinco que migraban de Estados Unidos, Canadá, Argentina y Chile– ha sido desplazado paulatinamente. Ahora predominan hileras interminables de palmas de más de 30 metros de altura, en cuyas entrañas hacen sus nidos ratas, ratones, serpientes y aves rapaces.

De pronto los insectos han sido los únicos sobrevivientes de esta transformación que ocurre en el país con el mayor número de especies de aves en el mundo: Colombia.

Ante esta situación, la bióloga Diana Tamaris, doctora en Ciencias - Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UN), lamenta el cambio que se está produciendo y asegura que “estamos acabando con ese patrimonio”.

Ella es la autora de la más reciente y profunda investigación sobre el impacto del monocultivo de palma africana en la biodiversidad y la avifauna de los bosques tropicales colombianos.

Uno de los resultados más concluyentes de su estudio es que el 90 % de las especies de aves que pululaban en el Piedemonte llanero –donde se enfocó su investigación– ya no están. Y mientras en cultivos como cafetales y arrozales el número de especies es de 140 y 150, en el de palma se ha reducido a la tercera parte: 44.

Las aves son fundamentales en los ecosistemas, ya que ejercen un control biológico que evita la proliferación de insectos nocivos para los cultivos agrícolas de la región.

“La ausencia de aves modifica la arquitectura de los bosques y la dispersión de frutos y semillas impidiendo que haya nuevos árboles y generando menos recursos para la explotación forestal”, explica la bióloga.

Incluso indica que “la pérdida de la capa vegetal produce un suelo inestable propenso a la erosión, que provoca deslizamientos de tierra causando afectaciones directas sobre carreteras y sitios poblados, como ya ha ocurrido en muchos lugares del país”.

Además de llenar el vacío en la literatura científica de Colombia sobre el tema, su investigación ratifica el deterioro y empobrecimiento de la avifauna hallado en estudios de países como Malasia e Indonesia, en los que la palma de aceite –como también se le conoce– ocupa una porción muy importante de su territorio.

Eso le permite afirmar que independientemente del lugar donde se siembre, el monocultivo ocasiona “pérdida y reducción de biodiversidad”, por lo que este efecto se puede considerar como “un patrón” de comportamiento.

Sin embargo su interés como bióloga no es que se deje de cultivar la palma, sino que se haga con el menor impacto negativo posible sobre la avifauna. Por eso ofrece una serie de recomendaciones para que se siembre de manera sustentable.

Cultivos en los cuatro puntos cardinales

Colombia es el primer productor de palma africana en América Latina y el cuarto en el mundo, después de Indonesia, Malasia y Tailandia.

El cultivo está presente en cuatro zonas del país (norte, centro, oriente y occidente), en 124 de los 1.122 municipios colombianos y en 20 de sus 32 departamentos.

“Desde que se estableció hace alrededor de 50 o 60 años en Colombia, la palma ha tomado fuerza y es por eso que muchos cultivos tradicionales como el arroz, la yuca, los frutales y el maíz han venido disminuyendo, y con ellos las aves que dependen de estos”, señala la bióloga.

La bióloga midió también la alteración del entorno a causa de los cultivos de palma, con la asesoría de Hugo Fernando López, doctor en Ciencias de la UN.

Los investigadores se adentraron en cultivos de los municipios de San Martín de los Llanos y Acacías (Meta), ya que estos se localizan en la región oriental, donde se registra el mayor número de plantaciones de palma en el país (141.068 hectáreas entre 2015 y 2016).

Su propósito era observar e identificar las especies de aves presentes según tres tamaños diferentes de la palma: “muestreamos cada altura: pequeña (menos de cuatro metros), mediana (entre 4 y 18 metros) y grande (más de 18 metros)”, señala la investigadora.

El trabajo de campo consistía en realizar caminatas de 2,5 kilómetros, al cabo de las cuales el equipo de investigación se detenía unos minutos para observar y anotar qué especies pasaban por el lugar. Después reanudaban la marcha. Este es el método de censo, usualmente aplicado en este tipo de investigaciones, precisó el biólogo López.

La otra técnica fue la de redes de niebla, que consiste en usar mallas tupidas que se extienden hasta 12 metros de altura. Como los pájaros no las ven, los expertos los capturan, miden su forma y estructura, les toman fotografías y después los liberan.

Con esta información, los investigadores hicieron un conteo de las aves que llegaban a los cultivos y compararon este resultado con los inventarios y la literatura existente sobre las especies de la Orinoquia colombiana.

Reducción de la riqueza de aves

Frente a la pregunta de la investigación: ¿cómo afecta el cultivo la avifauna?, el resultado fue contundente: apenas se encontraron 44 especies compuestas por 468 individuos de 23 familias de aves

El cotejo de esta información fue el punto de partida que les permitió a los investigadores comprobar la pobreza del número de aves asociado con el cultivo de palma.

Según Diana Tamaris, la mayoría de las que permanecen son especies comunes “de bajo valor de conservación, amplia distribución, sin categoría de amenaza ni calidad de migratorias”. Son residentes y supremamente tolerantes a las modificaciones del entorno, como el turpial grande, la cocinera, la tigua y algunas aves rapaces.

Solo el 10,6 % de las especies permanece en el Piedemonte llanero

Los investigadores también analizaron qué porcentaje representaban las aves censadas y si se comparaban con las identificadas en la región, el departamento y el Piedemonte llanero. Para ello tomaron como referencia el reporte de aves de la Orinoquia publicado por los profesores Orlando Rangel y Orlando Acevedo, según el cual existen 761 especies, y en el que encontraron que:

  • De las 761 especies contabilizadas en la región, las 44 censadas en los cultivos de palma representan el 5,78 %.
  • De las 683 registradas en el Meta, las 44 corresponden al 6,4 % del departamento.
  • De las 414 especies identificadas en el Piedemonte llanero, esas 44 representan el 10,6 %.

¿Esto significa que el 90 % de las aves del Piedemonte desapareció? La investigadora prefiere hablar de “posibles pérdidas locales, o de que se están refugiando en otras localidades”. Cuando las aves pierden las posibilidades que les proporcionaba el bosque buscan otros sitios donde encontrarlas. Un ejemplo son los cultivos de arroz que predominaban antes en la región donde se hizo la investigación.

Estos sistemas agrícolas “funcionan como humedales, en los que las aves se congregan porque favorecen sus sitios de anidación, de alimentación, de descanso y de reproducción”, explicó la bióloga. Pero como han sido desplazados y se están perdiendo esas formaciones nativas, se afectan seriamente especies como:

  • El coclí (Theristicus caudatus)
  • El alcaraván dara o venezolano (Burhinus bistriatus)
  • La bisbita sabanera (Anthus lutescens)
  • La garza roja (Eudocimus ruber)
  • La cigüeña llanera (Ciconia maguari)
  • La guacamaya de vientre rojo (Orthopsittaca manilata)
  • La lora amazónica (Amazona amazonica)
  • El tucán pechiblanco (Ramphastos tucanus)
  • Y el hormiguero golinegro (Myrmeciza atrothorax).

A estas sea suman aves migratorias que ya no cuentan con esos sitios para descansar, abastecerse de alimentos y continuar su ruta. “Es como si la riqueza de especies se estancara: ese 10 % de aves permanece por 40 años o más, si el cultivo dura más… la riqueza no cambia”, puntualiza el biólogo López.

Así mismo asegura que hay otra pérdida asociada con la del número de especies, y es la de su papel en el bosque: “por ejemplo a las especies que se alimentan de frutos (frugívoras) y a las que polinizan no les queda nada que hacer ahí… entonces se consolidan unas interacciones entre especies que, comparadas con las de bosques y sabanas, son más pobres, más deterioradas…”.

En su investigación comprobó que la tendencia hallada en estudios sobre el impacto de la palma en otros países donde se siembra con preponderancia –como Malasia e Indonesia– es la misma: “pérdida y reducción de biodiversidad”.

Precisamente el estudio corroboró que las condiciones de los bosques son mucho más favorables para las especies de aves que las encontradas en los cultivos de palma africana. Mientras el 84 % de especies permanecía en los bosques, solo el 37,5 % lo hacía en el monocultivo.

Esta tendencia al empobrecimiento de zonas y pérdida de biodiversidad se puede aplicar a otras regiones que tienen el mismo cultivo. ¿Por qué nos atrevemos a decir eso?, plantea la bióloga. Porque en su investigación comprobó que la tendencia hallada en estudios sobre el impacto de la palma en otros países donde se siembra con preponderancia –como Malasia e Indonesia– es la misma: “pérdida y reducción de biodiversidad”. De ahí que considere que sus efectos constituyen “un patrón”, porque registran un impacto similar en diferentes regiones del mundo.

Empobrecimiento de los suelos

El uso de los suelos para sembrar palma africana implica su limpieza, que no es otra cosa que remover toda la capa vegetal. Según la investigadora Tamaris, “son cientos de hectáreas que se remueven sin cuantificar las pérdidas de biodiversidad frente a ese acelerado proceso de plantación”.

Por ejemplo en la región analizada esa capa corresponde a bosques de galería, es decir que están asociados con circuitos de agua y con una riqueza en matas de monte, vestigios de vegetación nativa y morichales, formación característica de los llanos orientales.

De esta manera se prepara el terreno para unificar el entorno en palmas que inicialmente son pequeñas pero que después empiezan un ciclo de vida de más de 30 años, un tiempo demasiado prolongado para el periodo de vida de las aves.

Interés económico vs. interés ambiental

El principal aliciente para incrementar los cultivos de palma africana es su productividad, pues dos o tres años después de que su semilla se ha sembrado y trasplantado a terreno, “el cultivo empieza a producir, producir y producir”, explica Diana Tamaris.

Cuando aparecen las primeras flores se convierten en frutos parecidos a racimos que se multiplican rápidamente después de la polinización, y así se continúa cosechando una y otra vez.

La palma se puede explotar hasta los 30 años, pero no porque el cultivo se extinga o porque acabe su vida útil, “sino porque su cosecha se dificulta, pues ha crecido tanto que finalmente tienen que reemplazarla”, aclara la bióloga.

A esto se suma que en el país hay incentivos –como facilidades de créditos– para que los pequeños y medianos productores extiendan el cultivo, que resulta muy atractivo porque sus productos y subproductos se utilizan, entre otras industrias, en:

  • Alimentos
  • Cosmética
  • Farmacéutica
  • Tabacalera

Margarinas, aceites líquidos, helados, cremas, concentrados para animales, jabones y productos biodiésel provienen de algún proceso que ha utilizado la palma africana.

Cambio de la cadena alimentaria

El efecto de este uso intensivo ha sido el cambio paulatino de la cadena alimentaria nativa. El cultivo de palma africana implica tumbar hojas y dejarlas arrumadas, además hay frutos que se caen. Esta nueva dinámica propicia el alimento, la caza y el hábitat perfectos para los roedores que, según el biólogo Hugo López, encuentran allí todo lo que necesitan.

Después vienen las serpientes que consumen roedores, y detrás de estas o de su carne descompuesta (porque la gente las mata y dejan sus restos) llegan las aves carroñeras y otros que también se alimentan allí: “entonces hay nuevas relaciones que es necesario que empezar a entender”, agregó.

El biólogo señala que “lo que estamos tratando de hacer con estas investigaciones es dar más evidencia y decir ¡oiga, pensemos qué estamos haciendo! porque el Llano tiene muchos potenciales para volverlo un cultivo que no existía”.

Por su parte, Diana Tamaris es consciente de que su investigación no constituye “ningún freno para esta locomotora del desarrollo”. Lo constata cada vez que va a terreno. Pese a que reconoce la buena intención de muchos palmeros por minimizar el impacto del cultivo, también ha visto propietarios que remueven hasta la vegetación de ríos por cultivar la palma. Es en esos momentos cuando siente que “el panorama es muy desalentador”.

Recomendaciones del estudio

El estudio de la Universidad Nacional de Colombia hace las siguientes recomendaciones para hacer sustentable el cultivo de palma africana y reducir su impacto en la avifauna de la región:

  • Cultivos mixtos. Sembrar palma junto con otros cultivos para fomentar la heterogeneidad y aumentar la asociación de la diversidad.
  • Circuitos de vegetación. Los lotes de palma deben tener límites de vegetación con arbustos nativos para garantizar la permanencia de la biodiversidad nativa y favorecer la movilidad de las especies de todo tipo, no solo de aves.
  • Lotes más pequeños. Cultivar en lotes más pequeños y de diferentes tamaños para favorecer la biodiversidad, según lo han encontrado otros estudios.

Para el grupo de investigación estas prácticas pueden fomentar la protección de la biodiversidad y generar un entorno más amigable tanto para las aves como para otros grupos de especies nativas de la región.

Así llegó la palma africana a Colombia

  • Es originaria de Nueva Guinea (Oceanía).
  • En 1932 llegó al Valle del Cauca, cuando fue sembrada con fines ornamentales.
  • En 1945 aparecieron las primeras plantas en el Magdalena.
  • La United Fruit Company fue la primera empresa bananera que sembró la palma con fines comerciales, según la investigación.
  • Desde entonces inició su cultivo y su paulatina expansión por cuatro regiones de Colombia: norte, centro, oriente y occidente.
  • Hasta 2016 se habían identificado 58 núcleos palmeros en todo el país.

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