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Consecuencias negativas de la Ley 30 de Educación Superior

Aunque la crítica a los artículos 86 y 87 de dicha Ley –referidos a la financiación de la educación superior– es muy conocida, mucho menos conocidos y analizados son otros efectos sobre la organización y la interacción de los diversos tipos de instituciones que conforman la educación superior (ahora denominada “educación terciaria”): las universidades académicas tradicionales, las mal llamadas “instituciones universitarias” y las técnicas y tecnológicas, en las que recientemente se introdujeron los programas del SENA.

Es necesario que el análisis de la educación superior integre siempre a los diversos tipos de instituciones que la conforman, pues se trata de un “sistema” y no solo de la hegemonía política de las universidades académicas tradicionales. Tan importante como el Sistema Universitario Estatal (SUE), que representa a unas pocas universidades, es la Red de Instituciones Técnicas Profesionales, Tecnológicas y Universitarias Públicas (REDTTU).

Un buen ejercicio analítico es preguntarse cómo estaría ahora la educación superior colombiana si hace 26 años, cuando se emitió la Ley 30, se hubieran tomado las siguientes decisiones:

1. Se hubieran creado instituciones de investigación y experimentación en diversos campos de la tecnología moderna (como los MIT, CalTechs, Politécnico de Cataluña, Universidades Tecnológicas, etc., comunes en la experiencia internacional), y si las facultades de Ciencias e Ingenierías de muchas universidades hubiesen fortalecido la investigación tecnológica.

2. No se hubiera definido la educación tecnológica como “formación ocupacional intermedia”, lo que la define como un poco más que un técnico y menos que un ingeniero, y que genera la continua crisis de identidad del “tecnólogo”.

3. Si la conjunción, que arbitrariamente ha asociado la formación técnica y tecnológica, no hubiera generado el imaginario de que la segunda es un poco más que la primera, lo que a su vez sustentó el esquema de formación “por ciclos”: de técnico a tecnólogo y luego a ingeniero o profesional, con las graves carencias de formación básica que este esquema implica.

4.  Si se hubiera creado y consolidado un sistema público de educación técnica postsecundaria, de calidad referida a estándares internacionales, como los community colleges, los technical colleges, hosgescholen, y tantas otras experiencias internacionales de educación técnica postsecundaria de calidad, para un alto porcentaje de egresados del nivel secundario.

5. Pero la creación de este sistema hubiera requerido una mayor financiación de la educación pública postsecundaria, a niveles internacionales del 1,5 o 2 % del PIB, en lugar de su continua desfinanciación generada por la Ley 30.

6. Si la formación profesional extraescolar, o la mal llamada “formación para el trabajo” hubiera dejado de ser el monopolio del gigantismo burocrático del SENA y en su lugar se hubiera creado un “Fondo Nacional de Formación para el Trabajo” que programara y financiara múltiples y diversos programas de formación, en todo el país, en un esquema competitivo en el que participaran instituciones públicas y privadas, colegios con media técnica, instituciones técnicas, centros de formación del SENA, y aun universidades. Conviene recordar que esta propuesta fue elaborada desde 1999 por la misión de Educación Técnica, Tecnológica y Formación Profesional.

26 años más tarde…

1. Al día de hoy tendríamos instituciones de educación superior especializadas en investigación y experimentación en diversos campos de las tecnologías modernas (universidades tecnológicas, institutos de investigación tecnológica…), y mayor desarrollo de la investigación tecnológica en facultades de Ciencias e Ingenierías. Algunas de estas nuevas instituciones tendrían alto estatus académico y social, y serían consideradas por muchos estudiantes como alternativas legítimas y deseables a la universidad tradicional. Como sucede actualmente en muchos países y en los rankings internacionales en los que cada vez hay mayor número de este tipo de instituciones en los más altos niveles.

2. Colombia tendría hoy mayores capacidades de investigación y adaptación de nuevas tecnologías a las necesidades y particularidades de su población y de su entorno. Tendríamos un sistema productivo más moderno y competitivo.

3. Este tipo de formación tecnológica, basado en investigación, por tanto con fuertes bases científicas, nunca habría sido asociado con la formación técnica. El conjuntivo nunca hubiera sido utilizado.

4. Un fuerte sistema de educación técnica postsecundaria, con aportes nacionales y locales, le hubiera ofrecido oportunidades de formación de calidad a un alto porcentaje de los más de 625.000 jóvenes que hoy egresan del nivel medio, muchos de los cuales ni pueden ni quieren acceder a la educación universitaria tradicional, pero carecen de oportunidades de formación. En este sistema de educación técnica postsecundaria se hubiera logrado un aumento significativo de la cobertura, la que no necesariamente debe darse en las universidades académicas tradicionales. Este hubiera sido un importante efecto de inclusión social, de disminución del desempleo y el subempleo, aporte a la “paz social”, a la reducción de la delincuencia, al narcotráfico, etc. La mayoría de los jóvenes colombianos no “tienen futuro” por ausencia de oportunidades de formación técnica moderna y de calidad.

5. No estaríamos asistiendo hoy a la lamentable desaparición de la educación técnica, con continua reducción de la matrícula, y ahora reconvertida con la nueva denominación de educación “tecnológica”, gracias al juego irresponsable de palabras y denominaciones, y a la manipulación de expectativas laborales de los estudiantes.

6. La formación y capacitación laboral para numerosos oficios y ocupaciones que no requieren formación teórica ni desarrollo de competencias intelectuales generales, y que es ofrecida tanto a jóvenes como a la población adulta con necesidades de calificación, tendría un gran desarrollo y expansión mediante el “Fondo Nacional de Formación para el Trabajo” ya mencionado, en cuyas convocatorias competitivas podrían participar todas las instituciones competentes, formales y no formales, y los centros de formación del SENA que sean competitivos.

7. Este esquema de promoción y financiación de la formación para el trabajo haría innecesaria e irrelevante la propuesta del Sistema Nacional de Educación Terciaria (SNET) cuya principal falacia conceptual es pretender integrar la formación para el trabajo a la formación de índole universitaria. Falacia similar a la que asimila la formación del SENA a la formación universitaria.

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