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Condiciones de la Iglesia para apoyar la Independencia

En 1808, cuando el rey de España Fernando VII fue tomado prisionero por Napoleón Bonaparte, multitud de voces se alzaron para condenar ese hecho. La Iglesia católica, tanto en la Península como en sus colonias, no fue la excepción. Afirmaba que ese acto atentaba contra la soberanía del monarca, la cual provenía de Dios –explicación que se daba desde por lo menos el siglo xvii– es decir que era de origen divino.

Sin embargo con el paso del tiempo lo que parecía una actitud monolítica comenzó a presentar fisuras. En las colonias americanas fue creciendo el número de quienes cuestionaban no solo la soberanía del monarca, sino que esas colonias siguieran unidas a España, con lo que se ponía sobre el tapete una posible independencia. Aunque la jerarquía de la Iglesia católica y buena parte del clero secular y regular estaban en contra de la separación de las colonias de su metrópoli, sectores de esa institución vieron con buenos ojos que se diera la separación.

Quienes se oponían lo hacían argumentando que se vulneraba flagrantemente el orden natural y el derecho divino, en el que se afirmaba que la soberanía del monarca provenía directamente de Dios. Por su parte, quienes la respaldaban indicaban que España no había cultivado una buena relación con sus colonias, y por lo tanto se justificaba la independencia; uno de ellos fue el clérigo Juan Fernández de Sotomayor con su célebre catecismo político de 1814.

Para ventilar la discusión se emplearon mecanismos religiosos como sermones, catecismos, pastorales, oraciones, rogativas y plegarias, entre otros. La controversia fue latente desde finales de la primera década del siglo XIX hasta cuando la Independencia era un hecho consumado, es decir en los primeros años de la década de 1820.

Para ventilar la discusión entre quienes respaldaban una posible independencia y quienes se oponían a ella, se emplearon mecanismos religiosos como sermones, catecismos, pastorales, oraciones, rogativas y plegarias, entre otros.

En esencia la jerarquía tendía a oponerse a cualquier alteración del orden existente, por lo que criticó con vehemencia todo intento independentista. Un ejemplo de ello es el del reconocido obispo de Popayán Salvador Ximénez de Enciso, de origen español, quien se opuso a la Independencia, pero cuando esta se consumó se convirtió en un fuerte aliado del proyecto republicano encabezado por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander; incluso desde el púlpito –como lo harían muchos eclesiásticos.

Aceptación con condiciones

La Iglesia católica aceptó la Independencia con la condición de que ella y la religión católica mantuvieran prevalencia e importancia en el naciente país. Esa fue una de las condiciones que puso el papa Gregorio XVI para darle visto bueno a la emancipación, lo que ocurrió en 1835, convirtiendo a la Nueva Granada –actual Colombia– en la primera república resultante de la Independencia en ser aceptada por la Santa Sede.

Lo que pretendía la Iglesia católica era que en la naciente república se aplicara el mismo principio que en la colonia: la intolerancia religiosa, es decir que solo se profesara la religión católica, apostólica y romana, lo que se puede ver con claridad en la Constitución Política tanto de 1830 como de 1843. Sin embargo desde la misma Independencia se propusieron tres escenarios que durante la dominación española estaban restringidos:

*la libertad económica,

*la libertad política y

* la libertad religiosa.

Así, desde la década de 1820 se buscó la manera de que denominaciones religiosas diferentes a la católica tuvieran cabida en el país, sobre todo por cuestiones prácticas, ya que muchas de las personas que llegaban como diplomáticos o en función de negocios no eran católicas. Esto, como era de suponerse, generó fuertes tensiones no solo con la Iglesia como institución sino también con sus más fuertes defensores.

Después de consumarse la Independencia, la Iglesia y la religión católicas siguieron siendo preponderantes en la sociedad colombiana, aunque con el paso del tiempo perdieron el exclusivismo que poseían. Por ejemplo la religión ha sido vista por élites políticas, independientemente de sus filiaciones partidistas, como factor fundamental no solo de cohesión e identidad sino también de control social.

A mediados del siglo XIX, cuando reformas liberales buscaron cuestionar el poder de la Iglesia católica y los privilegios de la religión, esta respondió indicando que los legisladores no deberían elaborar leyes que atentaran contra los intereses de un pueblo católico, como lo era el colombiano.

Desde los primeros años después de la Independencia se buscó que la religión católica fuera entendida como un elemento de identidad nacional. A mediados del siglo xix, cuando reformas liberales buscaron cuestionar el poder de la Iglesia católica y los privilegios de la religión, esta respondió indicando que los legisladores no deberían elaborar leyes que atentaran contra los intereses de un pueblo católico, como lo era el colombiano.

Pero fue en la Regeneración, con la Constitución Política de 1886, y con el Concordato firmado entre Colombia y la Santa Sede en 1887, que el nivel de identificación del colombiano con el catolicismo alcanzó un punto alto.

En el artículo 38 de dicha Constitución se indicaba que la religión de la nación era la católica, apostólica y romana, y que ella era elemento fundamental del orden social. En el citado Concordato, el Estado colombiano le cedió a la Iglesia católica funciones como la vigilancia de la educación pública, el registro de la población y el manejo de las fronteras por medio de las misiones religiosas.

Y para reforzar el simbolismo, en 1902 el país fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, con lo que se pasó a afirmar, popularmente, que “Colombia es el país del Sagrado Corazón”, sobre todo para hacer alusión a aspectos paradójicos, contradictorios y anecdóticos que pasaban en el territorio nacional. Sin embargo este aspecto que se considera exclusivo del país no lo es, ya que en 1899 el papa León XIII consagró a toda la humanidad a aquella devoción, y por lo menos 12 países también fueron consagrados, entre ellos Ecuador (1874), Venezuela (1900), México (1924) y Perú (1954).

Aunque en el artículo 19 de la Constitución Política de 1991 se estipula la libertad religiosa en el país –la cual se reglamenta en la Ley 133 de 1994–, en la actualidad tanto la Iglesia como la religión católica siguen siendo las preponderantes. Con cifras del Anuario Pontificio 2019 y del Annuarium Statisticum Ecclesiae 2017 se puede afirmar que Colombia es el séptimo país con mayor cantidad de católicos, equivalentes al 90 % de la población, lo cual no significa que todos ellos sean practicantes y que cumplan con los preceptos de la religión. Aunque no es posible cuantificar, muchos de esos católicos son nominales, es decir que fueron bautizados pero no cumplen con lo ordenado por la Iglesia. Aun así, el solo hecho de que la mayoría de la población siga siendo católica le da bases a la Iglesia, como institución, de participar activamente en la vida pública del país opinando sobre asuntos que le competen a toda la sociedad.

* Investigador del Grupo de Estudios Sociales de la Religión, de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNAL. Su más reciente trabajo se presenta en el libro La batalla de los siglos: Estado, iglesia y religión en Colombia en el siglo XIX. De la Independencia a la Regeneración, publicado por Editorial UN.

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