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¿Cómo hacer ciencia en tiempos de Big Data, e-learning y startups?

La rapidez e intensidad con que estas nuevas tecnologías disrumpen nuestra realidad implica cambios sustanciales de la enseñanza científica y tecnológica. Como bien ha advertido el profesor Klaus Schwab, presidente y fundador del Foro Económico Mundial, “los cambios son tan profundos que, desde la perspectiva de la historia humana, nunca ha habido un tiempo de mayor promesa o potencial riesgo.

Sin embargo, mi preocupación es que los encargados de tomar decisiones a menudo se ven atrapados en el pensamiento tradicional, lineal (y no disruptivo) o demasiado absortos en preocupaciones inmediatas para pensar estratégicamente sobre las fuerzas de la disrupción y la innovación que configuran nuestro futuro” (The Fourth Industrial Revolution, 2017, pp.7).

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En este contexto es cuando menos paradójico resulta que el actual Gobierno colombiano –en cabeza del Ministerio de Cultura– haya privilegiado el fomento de empresas creativas ignorando los emprendimientos de base científica y tecnológica, las cuales no se limitan al desarrollo de software, que sí es uno de los ítems financiables dentro las iniciativas de la “economía naranja”. Tales decisiones dan a entender que para el Gobierno la creatividad se limita a las artes y a las empresas del entretenimiento cultural.

Es fácil comprobar que la ciencia es una de las actividades creativas que más ha transformado a la humanidad. Uno de los emprendimientos creativos más famosos fue aquel que iniciara William Shockley –Nobel de Física 1956 por el descubrimiento del transistor–, cuyo desarrollo del primer circuito integrado basado en silicio dio origen a la computación moderna, y con ella nada menos que a la Tercera Revolución Industrial.

Según la visión de Frederick Terman, decano de Ingeniería de la Universidad de Stanford, en los años cincuenta se dio origen al famoso Sillicon Valley, que desde entonces es el polo del desarrollo de innovación tecnológica en el mundo. En gran medida, esta zona del planeta se ha especializado en la creación de emprendimientos que pueden llegar a ser disruptivos, porque allí se han concentrado los esfuerzos de inversión de capital que hacen viable tal ecosistema creativo, todo a partir de las decisiones de directivos académicos comprometidos con el desarrollo científico.

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La idea de implantar un sistema de innovación local implica, por tanto, evaluar la composición presupuestal de nuestro ecosistema de ciencia, tecnología e innovación locales, especialmente en el ámbito académico. Sus protagonistas centrales son los investigadores profesionales –quienes mínimo han recibido el título de Doctorado–, de la mano de los directivos de las respectivas instituciones de educación superior (IES) para las cuales trabajan. Pero los montos de inversión son poco esperanzadores.

Según las cifras registradas por el Observatorio de Ciencia y Tecnología, el aporte a la inversión nacional en I+D (investigación y desarrollo) ejecutada por las IES se redujo a la mitad en menos de 12 años, al pasar del 51 % en 2002 al 25 % en 2018. Todo esto aunque la cobertura se duplicó en el mismo lapso, al pasar del 24 al 52 % en el mismo periodo (SNIES-MEN). Así mismo, el número de estudiantes matriculados en las IES pasó de poco más de 1 millón en 2003 a 2,4 millones en 2018 (SNIES-MEN).

Entonces no parece haber una explicación clara para tal reducción presupuestal en CyT. El monto promedio por IES, como se deriva de los datos de OCyT y del MEN, fue de 669.846 dólares por IES en 2018. Aunque esta cifra parece muy grande, cuando se divide entre el número de docentes de tiempo completo con formación doctoral (9.962 docentes en 2018), se reduce a 66 dólares por docente (Ph. D.) de tiempo completo por año.

A través de sus IES, el país ha aumentado el número de docentes con formación doctoral, pero el rubro destinado a I+D es elocuente en mostrar cuánto le interesa realmente a sus directivas el gasto en el ecosistema nacional de ciencia y tecnología.

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Por lo menos refleja el pensamiento administrativo lineal advertido por el profesor Schwab como una limitante del desarrollo de nuestro futuro. Algo muy relevante es que el dinero de CyT ejecutado por las IES no depende ni del recién creado Ministerio de Ciencia –cuyo presupuesto y funciones específicas aún están por definir– ni del Ministerio de Hacienda, sino del Ministerio de Educación Nacional, entidad llamada a orientar tanto el monto como la destinación del rubro de I+D ejecutado por las IES, un monto que en los establecimientos privados sale directamente de las matrículas.

Frente a la actual crisis en las matrículas de nuevos estudiantes en las IES, la prioridad de estas debe pasar de la infraestructura –por ejemplo nuevas aulas– a la inversión en talento humano, de manera que se eleve la inversión estratégica en innovación, ciencia y tecnología, y se le apueste más al mercado de patentes y a soluciones innovadoras, en las cuales los investigadores universitarios puedan desarrollar todo su potencial creativo.

Por fortuna existen ejemplos locales valiosos que ya han empezado a mostrar frutos importantes en esa dirección, como el MacondoLab de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, el cual es un referente de la manera como las IES pueden aportarle a la sociedad con su talento científico y tecnológico. Sin embargo esto requiere de una adaptación institucional capaz de responder ágilmente a los procesos de desembolso presupuestario y a la formación de nuevos perfiles profesionales.

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