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Como en 1918, América Latina necesita una reforma general del sistema universitario a tono con el siglo XXI

En Chile fueron en abril, en Perú y Venezuela en junio, en México en julio, en Argentina en agosto y septiembre. Definitivamente entre los signos de este 2018 están las movilizaciones de estudiantes y profesores universitarios en América Latina para solicitar la disminución de los valores de las matrículas, menores intereses de los programas de crédito educativo y aumentos de los presupuestos dedicados a las instituciones públicas.

UN Periódico habló con Julieta Zelicovich, profesora de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, sobre lo ocurrido en Argentina, donde la “Gran marcha universitaria” llenó las calles de varias ciudades de ese país para reclamar un aumento salarial y mayor presupuesto para la educación superior pública.

 

UN Periódico (UNP): ¿Usted encuentra similitudes en esos movimientos de estudiantes y profesores universitarios en Argentina, Colombia y otros países de la región?

Julieta Zelicovich (J.Z.): aunque no son exactamente comparables, tienen similitudes en relación con los desafíos que se le plantean al sistema de educación superior en la región, y diría que en todo el ámbito Occidental: disminución de presupuestos, amenazas a parte de su autonomía, mecanismos de evaluación punitivos antes que orientadores y un movimiento estudiantil que se activa para defender los valores de la universidad que desean: autónoma, pública y comprometida con la sociedad.

Detrás de esa agenda de reclamos muy similar se percibe que hay una amenaza que pareciera estructural y que trasciende Gobiernos de uno u otro color político.

Tiene que ver, desde mi punto de vista, con la llegada al poder de grupos a los les molesta la idea de una universidad pública fuerte, el acceso irrestricto a la educación y el pensamiento crítico de las ciencias sociales.

UNP: las protestas en buena medida tienen que ver con asuntos presupuestales, ¿pero cómo conciliar esas peticiones con las finanzas públicas de países con economías que no siempre están en situaciones boyantes?

J.Z: la educación es un derecho, no un servicio. Y por eso no podemos esconder la garantía de un derecho en asuntos presupuestales que no se corresponden con la realidad. Quiero decir, no debemos olvidar que el presupuesto es una decisión política. ¿Por qué hay dinero para el gasto militar y no para la educación? ¿Por qué hay dinero para el pago de intereses de la deuda y no para el sistema educativo? Cuando dicen “no se puede”, en realidad siempre se puede un poco.

UNP: generalmente las decisiones políticas de aumentar presupuestos comportan un mayor pago de impuestos que los ciudadanos no siempre están dispuestos a pagar ni los políticos a asumir cuando se trata de establecer esa opción.

J.Z.: esa idea me sirve, precisamente, para subrayar algo que con frecuencia se olvida: la universidad pública es el espacio donde más se forman ciudadanos conscientes de que el pago de impuestos es definitivo para el bienestar común.

La educación pública está asociada con la formación de ciudadanos con conciencia de lo público. Los egresados de las instituciones públicas son los más conscientes de que se formaron con dineros provenientes de los impuestos y que, por tanto, como profesionales deben ayudar a formar a otros ciudadanos con el pago de impuestos.

En cualquier caso, la universidad pública es la que tiene el compromiso de cambiar la cultura política que nos lleve a dar un mayor valor a lo público.

UNP: en un ambiente de falta de confianza hacia la política, hacia lo público, por la corrupción, entre otras razones, ¿no es difícil que cale una idea de ese tipo?

J.Z.: claro que es difícil, pero esa es una cuestión que no debemos abandonar porque sea algo difícil. Por el contrario, debemos pensar en qué tanto la comunidad académica está participando en la agenda pública para que estos puntos de vista alrededor de las instituciones públicas tengan más eco.

Soy una convencida de que el simple paso por la universidad transforma la manera de ver el mundo y hace mejores ciudadanos. El punto es de qué modo los egresados y la misma universidad devuelven a lo público eso que el conjunto de la sociedad les dio para estudiar y para funcionar.

UNP: esa parece una autocrítica. ¿Cuáles serían, a propósito, los asuntos que deben mejorar las instituciones de educación superior públicas?

J.Z.: como le acabo de decir, a mí me parece que la universidad debe relacionarse más con la sociedad. Que se haga más evidente su preocupación por los problemas que más atañen a ciudadanos comunes y corrientes.

La universidad debe ser un interlocutor importante en los debates de agenda pública y debe asegurar mecanismos para participar en ellos.

También han hecho falta mayores vínculos con el sector privado. Necesitamos, es el caso argentino, más semilleros de empresa.

Aunque muchas empresas están conformadas por egresados de universidades públicas, la universidad parece alejada de las empresas de tecnología de punta. Ese paulatino distanciamiento de las universidades con el sector privado y la sociedad general tiene mucha relación con la lógica de indicadores y rankings que se ha impuesto.

 

UNP: no parece estar muy de acuerdo con estos sistemas...

J.Z.: Los rankings son intencionales, como las agencias calificadoras de riesgo del sistema financiero: hay intereses detrás.

La masividad y la infraestructura son asuntos en los que las universidades públicas quedan mal ubicadas en esas clasificaciones. Pero la masividad no siempre es algo malo. Perfectamente puede hacer más ricas las discusiones, al menos en las ciencias humanas y sociales. Quizá sean un problema en medicina y en áreas afines. La masividad va ligada a un elemento que constituye un valor importante a las universidades públicas y que los rankings lo minimizan: la diversidad. Para las democracias es fundamental el reconocimiento de las diferencias.

En cuanto a las publicaciones, hemos visto que las revistas del ámbito anglosajón no están siempre interesadas en publicar temas que corresponden a la agenda latinoamericana. Si se sigue con la idea de solo pedir máquinas de publicar papers, ¿dónde queda el tiempo para pensar y dónde queda el tiempo para devolverle al entorno donde nos movemos el conocimiento que estamos produciendo?

UNP: ¿hay autocrítica sobre la docencia en las universidades públicas?

J.Z.: la docencia ha estado golpeada y tiene recursos limitados. Además no podría generalizar. Yo creo que no todos los docentes son conscientes de que somos disparadores de transformaciones y de que debemos estar muy pendientes de actualizarnos en nuestras prácticas pedagógicas.

El docente, además, creo que tiene que estar a la par del estudiante en la defensa de la universidad pública. Si docentes y estudiantes no generan una agenda en común, la cosa no va para ningún lado.

UNP: en Colombia el peso de la universidad privada con respecto a la pública es muy grande, en comparación con Argentina. ¿Cómo lograr que convivan estas dos formas?

J.Z.: me parece que el trabajo debe llevar a construir redes de investigación, de docencia, de trabajo de las universidades con la ciudadanía.

La universidad pública tiene un espacio que comparte y seguirá compartiendo con las universidades de élite, que no son exactamente competencia de las públicas (sus estudiantes quizá no piensen en estudiar en una universidad pública por una serie de razones de diverso orden) y con esas otras instituciones que yo llamo “de mercado”, que buscan establecer relaciones tipo “clientes” con estudiantes y familia antes que relaciones docente-estudiante.

Lo importante es que en ese trabajo mancomunado no se le entreguen los recursos públicos a las universidades privadas. Eso ha pasado y ha agravado una situación que ya se venía dando, cuando vimos que el abandono estatal que llevó a un deterioro de sus instalaciones hizo que la universidad pública fuera descartada por los estudiantes y que muchos docentes fueran captados por la universidad privada; al final de cuentas también son personas que deben dar de comer a sus familias.

UNP: pero digamos que es muy difícil que las universidades públicas logren absorber todos los estudiantes que pueden ir a la universidad…

J.Z.: el modelo neoliberal impuso la idea de que todos deben ser profesionales e ir a una formación universitaria, en detrimento de las escuelas técnicas y de oficio.

En realidad es claro que no todos los ciudadanos tienen que ser universitarios. Por eso necesitamos instancias de formación que provean una educación terciaria, técnica, para el trabajo. En esos espacios también pueden llegar las universidades públicas, que tienen la infraestructura y la experticia para hacerlo.

UNP: en 1918, en Córdoba (Argentina) ocurrió esa especie de gran revolución que involucró a la comunidad universitaria de América Latina y prácticamente originó el modelo de universidad que conocemos hoy. ¿Cómo debería ser ese modelo un siglo después?

J.Z.: hay que volver a los principios de la reforma de estudiantes de 1918, pero pensando en el Siglo XXI.

Necesitamos la apropiación de las tecnologías de la información, educar en nuevas agendas y en capacidades blandas. Necesitamos más transparencia, una mayor cultura de accountability.

Es necesario que desde la docencia, la investigación y la extensión podamos trabajar para acabar con los problemas más graves de la región, como por ejemplo la inequidad en la distribución de la riqueza, para buscar sociedades más sustentables.

Se debe consolidar la idea de que la educación es un derecho y no un bien transable. Ahí, entonces, hablamos de una universidad pensada contra el elitismo y contra las jerarquías sociales, que está planteada, también, para hacer efectiva la igualdad de género.

También en este especial

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