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Carga laboral de más de 18 horas, una realidad de las mujeres campesinas

Las desigualdades entre hombres y mujeres se presentan en todo el mundo, y Colombia no es ajena a estas. El informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2018 indica que la tasa de desempleo de las mujeres pobres del país es del doble que la de los hombres en el mismo nivel de riqueza; con respecto a la diferencia salarial, revela que una mujer pobre puede ganar la mitad que un hombre en las mismas condiciones laborales. Se trata de una situación concordante con la toma de decisiones políticas, pues apenas uno de cada cinco políticos del ente legislativo del país es una mujer, igual que en la rama ejecutiva, las alcaldías y gobernaciones, pues son primordialmente masculinas.

Aunque se ha dicho muchas veces, es necesario repetirlo: de todas las mujeres, las indígenas y campesinas son las más postergadas. Ellas son las encargadas de desempeñar las labores del hogar –cocinar, limpiar, cuidar a los niños y a las personas mayores–, además de las actividades que vincula todo el sistema agroalimentario, desde el cuidado de los recursos naturales y de los animales hasta el cultivo, la cosecha, la comercialización, la preparación y la distribución de los alimentos. Por estas actividades que realizan a diario no reciben ningún tipo de remuneración económica, y en muchos casos ni reconocimiento familiar o social de la contribución que realizan tanto a la seguridad alimentaria y nutricional (SAN) como al sostenimiento económico y social de su hogar y comunidad.

Según el Informe nacional de desarrollo humano2011:Colombia rural, razones para la esperanza, ellas se enfrentan a una doble discriminación por ser mujeres y ser campesinas, afro o indígenas, ya que en Colombia resulta difícil conceptualizar y estimar el número de campesinos que habitan el territorio nacional, pues el término como tal no aparece en las estadísticas censales.

Los resultados de la Encuesta nacional del uso del tiempo (ENUT) realizada por el DANE en 2017 indican que en un día promedio las mujeres rurales colombianas mayores de 10 años dedican alrededor de 7 horas y 52 minutos a tareas no remuneradas tanto para su casa como para otros hogares.

Específicamente en los municipios de Sibaté y Sopó, y en la localidad número 20 de Bogotá, que es Sumapaz, las secretarías de Agricultura y Desarrollo Económico de las alcaldías municipales informan que en 2016 no existían organizaciones de mujeres productoras o procesadoras de alimentos formalmente constituidas.

Dicha situación –sumada al desconocimiento o la subvaloración del rol de las mujeres– desfavorece el desarrollo local, la producción de alimentos, la cadena de valor local, la equidad y la SAN, ya que, como se señaló en la Conferencia Internacional sobre Nutrición realizada en Roma en 1992, “las mujeres y las organizaciones de mujeres productoras constituidas formalmente son a menudo más eficaces, eficientes y fundamentales para mejorar la seguridad alimentaria de los hogares”, pues se ha demostrado que si el papel de las mujeres se potencia y se invierte en actividades que aumenten significativamente su productividad, el hambre y la malnutrición se reducen y los medios de vida se mejoran beneficiando no solo a las mujeres sino a la población en general.

Con estas preguntas, y a partir de la labor del Observatorio de Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional de la Universidad Nacional de Colombia (OBSSAN-UN), se adelantó el trabajo final para la Maestría en Seguridad Alimentaria y Nutricional de la UN. En este se caracterizaron los procesos de empoderamiento desde la asociatividad de las mujeres campesinas como una contribución al logro de la SAN, mediante un análisis comparativo de tres organizaciones de hombres y mujeres campesinas productoras y procesadoras de alimentos:

  • Asociación Municipal de Usuarios Campesinos de Sibaté (AMUC Sibaté)
  • Asociación Municipal de Usuarios Campesinos de Sopó (AMUC Sopó)
  • Red campesina productora de vida y paz de Sumapaz.

El estudio se realizó a través de encuestas y entrevistas dirigidas a las mujeres que forman parte de estas organizaciones, y los principales resultados indican que para ellas asociarse ha significado la oportunidad de fortalecer una serie de habilidades y capacidades que individualmente no habían conseguido desarrollar, como la cooperación mutua, la solidaridad, el trabajo en equipo, el liderazgo, la toma de decisiones y la autonomía económica.

Lea también. El empoderamiento de la mujer campesina como contribución al logro de la seguridad alimentaria y nutricional: Caso Bogotárural y Cundinamarca.

Así mismo, asociarse les ha permitido participar en espacios a los que antes solo accedían los hombres, como la asistencia técnica, los insumos agrícolas, la financiación en proyectos productivos, el acceso a procesos de formación que han fortalecido la producción de alimentos, el trueque y el autoconsumo, y les ha servido para recibir ingresos económicos propios y tener autonomía para decidir libremente cómo gastarlo, situaciones que favorece la SAN.

Al respecto, en 1995 la experta Agnes Quisumbing, del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), señaló en el libro Mujeres, la llave de la seguridad alimentaria, que “las mujeres invierten mucho mejor los ingresos del hogar, porque ellas destinan una parte importante a la alimentación de la familia y en cubrir otros gastos que influyen favorablemente en la SAN, como la salud y la educación, mientras que los hombres, por el contrario, dedican una parte significativa de sus recursos económicos a cubrir sus gastos personales, antes que cubrir las necesidades del hogar”.

Aunque las tres organizaciones estudiadas están conformadas por un número importante de mujeres, llama la atención que las decisiones las siguen tomando principalmente los hombres, pues son ellos quienes ocupan los cargos directivos.

Sobrecargadas de trabajo

En relación con la SAN, la investigación también evidenció que en los tres casos analizados se siguen presentando condiciones de desventaja y desigualdad, pues en un día habitual son ellas quienes participan en toda la cadena agroalimentaria, ya sea custodiando semillas, sembrando, cosechando, criando animales, ordeñando, procesando o transformando los alimentos. En el hogar ellas son las responsables de mantener el orden y aseo del lugar, el cuidado, la salud y la educación de los hijos y nietos; y a nivel reproductivo, ellas son las encargadas de seleccionar, almacenar, conservar, preparar los alimentos, distribuirlos, servirlos y verificar su consumo por parte de todos los miembros del hogar, vigilando siempre su calidad e inocuidad. No obstante, la mayoría de las mujeres realiza a diario estas actividades sin ayuda de sus compañeros sentimentales o de los demás integrantes del hogar.

Es así como se identificó que la participación de las mujeres en dichas asociaciones ha incentivado procesos de empoderamiento, pero a su vez ha generado una carga laboral adicional, puesto que estas mujeres pasan más de 18 horas diarias dedicadas a su hogar, a su familia, a producir y procesar alimentos, y también a participar en las reuniones, capacitaciones, en los mercados campesinos y demás actividades programadas por su asociación.

Tal situación se puede confrontar con los resultados de la última Encuesta nacional del uso del tiempo (ENUT) realizada por el DANE en 2017, la cual indica que en un día promedio las mujeres rurales colombianas mayores de 10 años dedican alrededor de 7 horas y 52 minutos a realizan tareas no remuneradas tanto para su casa como para otros hogares, mientras que los hombres dedican solo 4 horas 50 minutos a este mismo tipo de actividades.

En los municipios de Sibaté y Sopó, y en la localidad número 20 de Bogotá, que es Sumapaz, las secretarías de Agricultura y Desarrollo Económico de las alcaldías municipales informan que en 2016 no existían organizaciones de mujeres productoras o procesadoras de alimentos formalmente constituidas.

La investigación permite inferir que el aumento en la carga laboral de las mujeres campesinas de estas tres asociaciones se presenta porque a ellas no se les reconoce su contribución al desarrollo de la asociación, no se visibiliza ni dignifica su labor, es una lucha no reconocida, y no se redistribuyen las cargas dentro del hogar, aunque ellas traigan más recursos a la familia. Así mismo, la mayoría de las mujeres aún considera que esos triples roles están presentes porque todavía afirman en sus testimonios más que personales que “para una mujer es peor dejar a sus hijos que para un hombre”, que “el rol más importante de las mujeres es cuidar de su hogar y cocinar para sus familias”, y “que cambiar pañales, bañar los niños y alimentarlos es una responsabilidad exclusiva de las mujeres”.

El estudio plantea que estas asociaciones promueven el empoderamiento individual y colectivo de las mujeres, pero es necesario fortalecer los procesos asociativos mediante un enfoque de género transversal, que vaya más allá de instrumentalizar a la mujer. Es necesario generar espacios donde hombres, mujeres, jóvenes y niños cuestionen los roles tradicionales dentro del hogar, se construya una auténtica visión compartida de estos, se generen espacios en los que se busque transformar el pensamiento y las relaciones de desigualdad e inequidad entre hombres y mujeres, pues el empoderamiento no depende solo de las mujeres sino también de su entorno y de las posibilidades de transformación en los ámbitos personal, social, económico y cultural.

Leer más. Análisis de la gobernanza, el territorio y la soberanía alimentaria en Colombia. Editorial UN.

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