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Cambio climático amenaza cultivos del piedemonte Andino-Amazónico

Caquetá, zona rural, año 2050: después de resistir el incremento paulatino de la temperatura, los pobladores de la región ya no pueden cultivar maíz y plátano, alimentos esenciales para su supervivencia...
 

Aunque hipotético, aquel podría ser uno de los desalentadores escenarios provocados por la vertiginosa variación climática en el piedemonte Andino-Amazónico, que abarca desde el surocci­dente de Colombia hasta el sur de Perú y es considerado como uno de los sitios con mayor diversidad de plantas y animales. Por ejemplo, es el hogar del oso andino y de la danta de montaña, además de 977 especies de aves, 101 de reptiles y 105 de anfibios.

La investigadora explica que según las proyecciones climáticas realizadas, la temperatura se incrementaría de los 2 oC en 2050 a los 4 oC en 2080. “Solo la yuca se podría adaptar a este escenario, mientras que el maíz y el plátano no resistirían”. Por otro lado, utilizó estaciones climáticas de la zona para medir temperatura y precipitación –o lluvias–, y recopiló información meteorológica entre 1981 y 2010. Posteriormente se apoyó en aplicaciones estadísticas para cruzar toda la información obtenida. Lo anterior le permitió evidenciar que para 2050 será prácticamente imposible cultivar maíz y plátano, los alimentos de consumo tradicional.
 

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Esto significa que los niños que nacen hoy en aquellos hogares rurales afrontan serias dificultades para continuar con su dieta base cuando tengan 30 años.

Fincas con poca actividad


Para medir el grado de vulnerabilidad de las comunidades al cambio climático, durante cinco años Lucila Marcela Beltrán Tolosa, estudiante del Doctorado en Agroecología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, recopiló datos sobre los diversos aspectos que conforman la calidad de vida de los habitantes de Belén de los Andaquíes, San José de Fragua, Morelia y Albania (Caquetá), y de 27 centros poblados rurales del distrito de Yurimaguas (Perú).
 

Con dicho propósito, la investigadora desarrolló una serie de talleres con las comunidades; después organizó grupos focales y realizó encuestas para identificar la vulnerabilidad de los pequeños agricultores (basándose en sus medios de subsistencia) y el conocimiento que tienen del manejo de insectos.
 

Al respecto señala que los 256 hogares de Caquetá y 306 de Yurimaguas –las dos áreas de estudio– se clasificaron en tres grupos: medianamente diversificados, poco diversificados y no diversificados. Los primeros tienen ganadería, algo de agricultura y otras actividades como cría de cerdos, pollos y abejas, y piscicultura. Los segundos tienen ganadería, muy poca agricultura y casi no cuentan con otras prácticas agrícolas. Y los últimos no tienen ganadería, cuentan con pocos cultivos y no realizan ninguna otra actividad agrícola.
 

Identificó que el 36,12 % de las fincas se encuentran en el segundo grupo y el 44,48 % en el tercero. “Estos son los más vulnerables ante los retos de cambio climático que se vislumbran; por ejemplo, tienen menos ingresos económicos y hectáreas de tierra, las estructuras de sus casas están en condiciones más precarias, algunos viven en condición de hacinamiento y no tienen acceso a servicios de saneamiento básicos”, afirma.
 

Por otro lado, estableció que el conocimiento que tienen sobre los insectos es muy bajo, especialmente en Santa Lucía, una comunidad rural del distrito de Yurimaguas, en el departamento de Loreto en Perú. Tienen una percepción negativa de ellos y suelen pensar que todos son dañinos, por lo que no aplican técnicas que contribuyan a la preservación de insectos, sino que, por el contrario, se inclinan más por el uso de agroquímicos.
 

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“Los agroquímicos no solo eliminan fauna benéfica (los polinizadores, por ejemplo) sino que contaminan el suelo y el agua, afectando la salud humana. Por eso las estrategias se deben enfocar hacia un manejo integrado de plagas”, dice la investigadora Beltrán.
 

Cultivos alternativos, políticas y formación agroecológica


Los caqueteños y yurimagüinos, a pesar de que no cuentan con cifras y cálculos específicos, sí han tenido sus propios indicadores de que algo está cambiando: los recuerdos de su infancia y las de sus abuelos y padres. “Ahora el clima es más caliente que antes”. Saben que el hecho de que en la mañana haga un sol muy fuerte y de repente caiga un aguacero es un indicador de que algo no va bien, y tampoco está bien que esas lluvias intensas amenacen con arrasar sus cultivos, es lo que varios entrevistados le relataron a la estudiante Beltrán.
 

Para ella su viaje a la ruralidad del piedemonte no tenía el propósito exclusivo de señalarles a los pobladores un futuro incierto: su estudio estuvo encaminado hacia la búsqueda de estrategias de adaptación. Una de ellas es rescatar esas variedades locales de plátano y maíz, que ellos tienen en sus fincas pero que como no son apetecidas comercialmente se están perdiendo. En el caso del plátano las comunidades caqueteñas han empezado a identificar las variedades pelipita, píldoro y popocho, y en Yurimaguas el manzano, sapino y felipino; en maíz se mencionan el shishaco y canchita.
 

Por otro lado, se resalta la importancia de trabajar en la diversificación de los hogares, pues solo así podrían enfrentar mejor el futuro. Si una finca tiene ganado, cultivos, peces y cerdos, entre otras actividades agrícolas, y más adelante un evento climático extremo afecta a una o dos de estas, entonces tendrán opciones para mantener al menos una fuente de alimento o de ingresos económicos.
 

Sin embargo, en este punto es importante llamar la atención sobre la necesidad de una mayor presencia del Estado. El campesino del piedemonte afronta históricos problemas relacionados con la tenencia de la tierra y con el acceso a necesidades básicas, vivienda y educación.
 

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También es urgente adelantar esfuerzos en la capacitación de los pequeños y medianos agricultores con respecto a la percepción y el manejo de insectos y plagas, lo que les permitirá optimizar sus recursos naturales, reducir costos, y, en suma, optar por un manejo más agroecológico para sus fincas.
 

Según la investigadora, las comunidades y autoridades locales del piedemonte Andino-Amazónico deben entender que un incremento en las temperaturas y una mayor sequía tendrían efectos devastadores que incluyen aumento de la erosión, degradación de los sistemas de agua dulce, pérdida de suelos ecológicos y agrícolas valiosos, pérdida de biodiversidad, aumento de insectos y propagación de enfermedades infecciosas, además de los efectos negativos sobre el paisaje forestal del Amazonas. En ese sentido, la búsqueda de alternativas es un deber, no solo para buscar adaptación, sino para reducir el impacto negativo en el medioambiente.

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