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Auge de populismos en Europa: ¿hacia la desintegración regional?

Desde las elecciones europeas de 2014, los países de la Unión Europea (UE) experimentan un auge de partidos populistas, euroescépticos y antiinmigración en el Parlamento Europeo que reflejan una tendencia de cierta parte de los ciudadanos hacia el nacionalismo y los partidos más extremos.

Por ejemplo en 2017 el triunfo inédito de Alternativa para Alemania en las elecciones regionales estremeció la política germana; ese mismo año en Holanda, el Partido de la Libertad fue la segunda fuerza del Parlamento, y en Francia, Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional,  llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. El año pasado en Italia se conformó una coalición de corte euroescéptico entre los populistas del Movimiento Cinco Estrellas y la ultraderechista Liga, para instaurar el  “Gobierno del cambio”, y el nacionalista Viktor Orbán, del partido ultraconservador Fidesz, se convirtió en primer ministro de Hungría. La crítica a la UE, la inmigración y el liberalismo, son algunos de los elementos comunes del discurso de estas nuevas fuerzas políticas.

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                                               “El populismo se nutre hoy de aporofobia”

El 20 % del Parlamento está dominado hoy por partidos populistas, desde el Reagrupamiento Nacional de Francia a La liga italiana, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP por sus siglas en inglés), pasando por los tradicionales partidos del grupo Visegrád (alianza de Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia), parece que todos los países están concernidos. Así mismo, el reciente auge de los Demócratas Suecos, el partido populista de extrema derecha en Suecia, hizo temblar el continente.

Según el académico checo Jini Pehe, el común denominador de los movimientos populistas es su aprovechamiento de la “ola del nerviosismo” actual, apelando a quienes buscan protección, precisamente aquellos más afectados por la crisis sistémica europea.

En mayo de 2019 tendrán lugar nuevas elecciones, y Bruselas teme la presencia cada vez más importante de estas corrientes políticas en el Parlamento Europeo. Algunos analistas, como Sylvain Kahn, profesor e investigador asociado al Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po Paris), afirman que esas elecciones se definirán entre “euroescépticos” y “pro-europeos”, lo que hace que el riesgo de fragmentación de la Unión sea muy fuerte.

Lo que aquí se quiere plantear es que el auge de los populismos en Europa es una muestra de la crisis de la Unión Europea y plantea un desafío mayor a su unidad y eficacia como proyecto de integración regional.

¿Vuelta al nacionalismo?

En efecto, desde la crisis de la deuda soberna (2010-2014), que desembocó en crisis financiera y social, los países más afectados han conocido un florecimiento de partidos “populistas”, nacionalistas y euroescépticos; movimientos políticos que, desde la extrema izquierda hacia la extrema derecha, han puesto “en jaque” la solidez del edificio europeo.

Se hace referencia a los populismos porque no es una tendencia homogénea en todos los países, aunque el fenómeno tiene rasgos comunes. Se tratan de partidos “anti-establishment” que nacen de un malestar en la sociedad y expresan la crisis de representación de las democracias liberales y el debilitamiento de los partidos tradicionales.

Sus líderes son outsiders o novatos de la política y llegan como salvadores del pueblo, promoviendo un ejercicio de la política no convencional. Estos movimientos se basan en un rechazo a la globalización, haciendo un llamado al retorno de las naciones e insistiendo en los peligros de la integración europea.

Los países del centro serían los que tradicionalmente han tomado las decisiones que afectan sobre todo a los países de la periferia, quienes ya no soportan el “diktat” o imposiciones del tradicional dúo Francia-Alemania.

Así, el sentimiento nacionalista se ha visto exacerbado por la crisis migratoria que atraviesa el continente en los últimos años. Tales partidos promueven el rechazo al extranjero en la opinión pública, generando posiciones cada vez más extremas. Su respuesta a todos los males de la sociedad es la defensa feroz de la identidad nacional.

Según el académico checo Jini Pehe, el común denominador de los movimientos populistas es su aprovechamiento de la “ola del nerviosismo” actual, apelando a quienes buscan protección, precisamente aquellos más afectados por la crisis sistémica europea. Ellos parecen ser los únicos capaces de responder a las demandas de pueblos desesperados y angustiados, que necesitan una renovación de la oferta política, ya que los partidos tradicionales no la pueden ofrecer. Sin embargo, según los recientes resultados electorales en Europa, los partidos populistas no solo seducen a los sectores más vulnerables de la sociedad, sino también a una franja cada vez más grande que se siente decepcionada por la política actual. 

Dicha tendencia se ha extendido: si bien al principio los populismos eran vistos como un peligro bastante lejano que solo tocaba a los países del Este, con democracias más frágiles (Austria, Hungría, Polonia, Eslovaquia…), ahora están creciendo en países de larga tradición democrática, lo que representa un peligro notable a la integración de los 28 países de la UE.

Crisis estructural

Pero los populismos no nacieron de la nada y no son solo una respuesta a elementos coyunturales. Por el contrario, el fenómeno tiene sus raíces en problemas estructurales de la UE, los cuales se vieron reforzados por la crisis económica de 2008, y constituyen la base de las críticas de los populistas.

El euroescéptismo característico de la mayoría de los partidos populistas se basa sobre todo en una desconfianza hacia la UE. Según una encuesta del Euro barómetro de 2017, solo el 41 % de los europeos dice confiar en las instituciones de la Unión.

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Los partidos populistas cabalgan sobre esta desconfianza para enfatizar en los grandes males del proyecto europeo desde sus inicios. Insisten en el déficit democrático de las instituciones europeas, acusándolas de formar un sistema político gobernado por una “élite” que no representa al pueblo. Se denuncia también su carácter tecnocrático señalándolo de alejar a los ciudadanos de las tomas de decisiones y haciendo incomprensible el funcionamiento de la política europea. Así, para esos partidos, la UE representa un doble peligro, tanto para la soberanía nacional como para los intereses del pueblo.

Más recientemente las críticas apuntan a las desigualdades entre los países del centro y de la periferia del viejo continente. Los países del centro serían los que tradicionalmente han tomado las decisiones que afectan sobre todo a los países de la periferia, quienes ya no soportan el “diktat” o imposiciones del tradicional dúo Francia-Alemania.

Así mismo, los efectos diferenciados de la crisis de 2008 hicieron estallar las disparidades en la zona comunitaria. Los países más afectados fueron los de la periferia, mientras el centro logró pasar la crisis relativamente bien. En términos económicos, la Unión enfrenta varios problemas, en tanto zona monetaria carece de mecanismos de ajustes para resolver los desequilibrios; también se enfrenta a una falta de solidaridad económica y social entre los países de la UE.

En el tema de inmigración, la crítica es la misma: existe una incapacidad de formular una respuesta común, que sea satisfactoria para todos los países miembros. Unos se sienten más desfavorecidos que otros, lo que ha alimentado las reticencias a la acogida de migrantes en países que ya se encontraban debilitados por las crisis, como en el caso de Grecia.

En principio este conjunto de problemas ha fomentado la frustración de las clases populares, y, más recientemente, de una parte más amplia de la sociedad, precisamente aquella que no vio su situación mejorarse con la entrada a la UE. Los factores coyunturales de diversas crisis combinados con los factores estructurales que explican las debilidades de la Unión han provocado grandes fracturas, explotadas por los partidos populistas. El auge de los partidos nacionalistas y populistas se está propagando a casi todos los países del continente, lo que muestra que el escepticismo acerca de la UE y de sus respuestas frente a las diversas crisis se ha vuelto un problema global.

En términos económicos, la Unión enfrenta varios problemas, en tanto zona monetaria carece de mecanismos de ajustes para resolver los desequilibrios; también se enfrenta a una falta de solidaridad económica y social entre los países de la UE.

En síntesis, todo ello conduce a una preocupante paradoja: la presencia de los partidos populistas euroescépticos está creciendo en las mismas instituciones europeas que critican. El riesgo en el mediano plazo consiste en que se forme una coalición de partidos antieuropeos que obstaculice el propio funcionamiento de la UE, y termine por desintegrar el proyecto comunitario europeo, ello con graves consecuencias no solo para los países y los ciudadanos europeos, sino para el orden mundial.  

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